Rincón Litúrgico

El maná de la nueva vida, por José-Román Flecha

“Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná –que tú no conocías ni conocieron tus padres- para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios” (Dt 8,3). Según el Deuteronomio, tanto el hambre como el maná entraban en el proyecto educativo de Dios hacia su pueblo.

El hambre lo llevaba a reconocer su indigencia, mientras que el maná le había de recordar para siempre que Dios se cuidaba de él. La humildad y la gratitud habían de quedar en la conciencia de Israel como virtudes fundamentales.

Por otra parte, san Pablo recuerda a los fieles de Corinto que la unidad de la comunidad viene exigida por el hecho de participar en el mismo pan y en el cáliz de la acción de gracias, es decir de la eucaristía. El pan que partimos y compartimos nos une a todos en el Cuerpo de Cristo (1 Cor 10,16-17).

LA VIDA DEL MUNDO

La multiplicación y distribución de los panes y los peces se encuentra reflejada en los cuatro evangelios. Pero solo el evangelio de Juan recoge el discurso que Jesús pronuncia después en la sinagoga de Cafarnaúm.

En el texto que hoy se proclama (Jn 6,51-58) Jesús manifiesta su identidad y su misión: ˝Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Seguramente, sus oyentes podían reconocer que el Maestro saciaba el hambre que los movía a seguirle. Como ellos, también nosotros andamos buscando lo que ha de mantenernos en vida. No solo el pan material que sostiene nuestra vida biológica sino también el otro pan espiritual que da sentido a nuestra vida biográfica.

Con todo, el pan del Señor no solo sostiene nuestra vida personal, que no es poco, sino que nos impulsa a abrir nuestros ojos a las necesidadess de nuestros hermanos. El Señor nos da su carne para la vida del mundo, es decir para que el mundo tenga vida y sentido para ella.

EL PAN DE LA PROFECÍA

“Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron. El que come este pan vivirá para siempre”. Esa frase con la que se cierra el texto evangélico de hoy era profética y lo será siempre.

  • “Este es el pan que ha bajado del cielo”. Esta primera parte incluye la revelación del peresente. Jesús es alimento para quienes le siguen y le escuchan. Un alimento celestial, que supera el ámbito de nuestras aspiraciones terrenas y de nuestras previsiones inmediatas.
  • “No como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron”. La segunda parte se refiere al pasado. Hay que agradecer todo lo que mantuvo la vida de los que nos precedieron. Pero reconocemos que no pudo satisfacer su anhelo de una vida sin límites.
  • “El que come este pan vivirá para siempre”. La tercera parte orienta nuestra mirada al futuro que Dios nos ha prometido. Esperamos una vida en la que participaremos de su misma vida, es decir de su amor eterno y defnitivo.

– Señor Jesús, tú conoces nuestra hambre y nuestra insatisfacción, nuestra nostalgia y nuestra búsqueda. Nosotros creemos que solo tu pan y tu palabra nos hacen presente tu memoria, nos dan fuerzas para el camino y alientan nuestra esperanza. Que tu cuerpo y tu sangre nos reúnan en comunidad de amor y de servicio. Amén.

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