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Rincón Litúrgico

El lamento, por José-Román Flecha

Señor Jesús, no nos interesa solamente conocer lo que decías. Queremos saber o imaginar cómo te sentías. No es una tarea imposible. Los evangelios nos ayudan a percibir tus sentimientos y tus estados de ánimo.

Es interesante el discurso que pronunciaste en la sinagoga de Cafarnaún, después de la distribución de los panes y los peces. Tú querías presentar aquel episodio como la revelación de tu existencia. Deseabas que fuera comprendido como la parábola de tu identidad y de tu misión.

Aquel gesto era la manifestación de tu misericordia. Era evidente que te compadecías de las pobres gentes que esperaban de ti una palabra de aliento y un socorro en su penosa situación. Pero tú no solo repartías unos panes. Tú te presentabas como el pan de la vida.

¿No pensaste que escandalizarías a tus críticos, al decir que tu pan era mejor que el maná y que tú eras superior a Moisés? Te asombraste al ver que muchos de tus discípulos decidieron aquel día alejarse de ti. No solo habías defraudado sus ilusiones. Es que ahora te veían como un loco.

Pero aquel abandono continúa. Hace casi un siglo escribía san Maximiliano María Kolbe: “En la actualidad se da una gravísima epidemia de indiferencia, que afecta, aunque de modo diverso, no sólo a los laicos, sino también a los religiosos”.
Yo no puedo olvidar tu lamento: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Creo que esa pregunta la pronuncias por mí. Tú conoces mi camino. Yo me he dejado afectar por la epidemia de la indiferencia. Muchas veces he ignorado tus gestos y olvidado tus palabras. Y no he buscado en tí el pan para mis hambres.

He olvidado que eres tú quien me ha elegido. Hoy me duele ver que te has lamentado por mí. Y me avergüeza pensar que otros discípulos tuyos han justificado su abandono, al ver que yo me alejaba de ti. Señor mío, hoy solo puedo implorar tu compasión y tu perdón. Amén.

José-Román Flecha Andrés



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