Rincón Litúrgico

El juicio

«Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed…?» (Mt 25, 37-44)

Señor nuestro Jesucristo, aunque la haya leído muchas veces, la profecía del juicio universal no deja de sorprenderme una y otra vez.

Se dice que la moral de los católicos no tiene por qué afectar a los no católicos. Pero tú nos vas a juzgar a todos. Vas a separar a los buenos de los malos. Pero el criterio de la separación no será la lengua, ni la nacionalidad, ni la religión de cada uno.

El criterio para la separación, o el «protocolo» para pronunciar la sentencia, no serán las verdades de la fe, ni los actos de piedad. Ni siquiera contará el amor, ese sentimiento tan ambiguo que parece justificar todo lo injustificable.

El criterio será la práctica de la cercanía, de la ayuda y del servicio prestado a los más desgraciados de la sociedad. Parece que todo lo demás son abalorios o esos adornos de papel con que envolvemos nuestros regalos.

Pero hay otro detalle que me inquieta. Tanto los buenos como los malos se sorprenderán por tu sentencia. Los buenos serán bendecidos por haberte visto. Y los malos serán maldecidos por no haberte visto. Así que al final lo que importa es la vista.

Con ellos, también yo me pregunto cuándo te has dejado ver. Tú nos dijiste que siempre estarías con nosotros. Pero no logramos verte. Y con todo, tú nos dices que nos juzgarás por haberte visto o ignorado… ¡A ti, el gran ausente de nuestras vidas!

 No dejo de pensar si tienes derecho a repartir premios y castigos en correspondencia con algo que ignorábamos. ¿Quién iba a saber que estabas precisamente ahí, en la persona de los hambrientos y de los sedientos, de los perseguidos y de los esclavos de hoy?

Necesito verte. Abre tú los ojos de mi corazón para que te descubra donde realmente estás. Perdona mi distracción y  mi indiferencia. Y dame la esperanza de poder ser admitido aquel día entre los bendecidos por tu Padre.

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