Iglesia en España Última hora

El juez de la diócesis de Salamanca, tras superar el COVID: «Este virus es una cruz impuesta desde fuera»

El pasado mes de abril, Dionisio Parra Sánchez, sacerdote y juez de la diócesis de Salamanca, de 88 años, contrajo el coronavirus y tuvo que ser hospitalizado en el Complejo Asistencial de Salamanca. Lo cuenta la diócesis en su página web. «Si recibimos de Dios los bienes, ¿por qué no aceptar los males?», así respondió Job a su mujer que se mofaba: necia (Job 2, 10). “¿Simple aceptación? ¿Resignación?”, se plantea este presbítero después de haber superado el COVID-19. “Para un cristiano, el panorama difiere y mucho”, añade, y asegura que ante el mal, “como lo es la pandemia del coronavirus, no sólo se nos pide paciencia, resignación, sino hacer cuanto esté en nuestras manos para superarla si la padecemos y ayudar a los que pasan por el mismo trance, pero hay más, y aquí entra la fe”.

Dionisio Parra insiste en que lo dice san Pablo en Romanos 8,28: “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman”. Eso se llama “convertir el mal en bien”, o lo que es lo mismo: “El que quiera ser mi discípulo, tome su cruz y me siga”, y con más razón en este caso, “que es una cruz impuesta desde fuera, que sorprende a hombres, mujeres, ricos, pobres”. Si en todas las cosas interviene Dios, “también lo es en la salud y en la enfermedad…”. Un test confirmó el positivo en covid-19 de Dionisio Parra, y admite que las experiencias “son intransferibles por personales y subjetivas, aún para los que las sufren con más razón para los que han tenido la suerte de no padecerla”.

Este presbítero recuerda algunos de los síntomas: dolores de piernas, calambres, insomnio,… “y al paso de los días, tras empeorar, me trasladaron al Hospital Clínico, y el diagnóstico no puede ser más desalentador: coronavirus con neumonía en ambos pulmones”. Dionisio Parra también recuerda el confinamiento absoluto con otro compañero; “los cuidados médicos y asistenciales excelentes, pero con gran distanciamiento y con razón, por temor al contagio, no conoces a nadie, las mascarillas, gorros, guantes, gafas,… te impiden ver la cara de quienes te atienden y yo mientras tanto: vómitos, diarrea, y sin poder tomar más que líquidos, sin hablar con nadie, fuera de una voz amiga que desde la puerta, y a media tarde, dice: ¡Dionisio, soy Fernando, soy José Vicente! Capellanes del hospital“.

Para él, escuchar sus voces era un pequeño alivio, “y yo respondía desde la caverna con la voz apagada: “¡Gracias! Pues mi lengua desmesuradamente grande no me permite hablar con claridad, y así siete días y noches”. Y el único vínculo con el exterior: “el móvil, con llamadas muy escasas de familiares y la de don Carlos, obispo, que estando en parecidas circunstancias me llamaba con frecuencia”, recuerda. Recuerda de forma especial el día cuatro de abril, cuando a media tarde entró un sanitario o “samaritano”, como él lo define, “y me dice sin más: “Prepárese usted que se marcha”. ¿A dónde? Me decía a mi mismo ¿a recuperarme o a morir?”.

Print Friendly, PDF & Email