Emilio Calatayud, juez de menores / Alfredo Aguilar - IDEAL FOTO: ALFREDO AGUILAR DIARIO IDEAL DE GRANADA TFGP.
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El juez Calatayud: «Si los hijos son propiedad del Estado, que los críen ellos»

Al juez Emilio Calatayud el confinamiento le sorprendió «ya confinado». Cuando se decretó el estado de alarma estaba de baja médica. Unos días antes de que entrase en vigor, el juez de Menores de Granada se había sometido a una revisión quirúrgica del cáncer de próstata con el que convive desde hace más de un lustro. Esta cuarentena le ha ayudado a recuperarse aunque ha estado poco tiempo sin trabajar. Él, que a lo largo de su dilatada carrera (es el magistrado de menores más veterano de España), ha «encerrado» a miles de niños y adolescentes, afirma que este periodo de excepción le ha servido para valorar, más aún si cabe, la importancia de la libertad. Un juez al que adjetivan como «mediático» o «juez estrella», algo que a él no le gusta. Se define simplemente como «libre» y, además, «duerme tranquilamente» cada noche. Dice lo que piensa, lucha por sus compañeros y defiende sus ideales. También pide perdón cuando se equivoca, pero considera que lo más honesto es decir la verdad desde el sentido común.

—¿Cómo ha pasado la fase del confinamiento?

—Lo he pasado bien. El inicio del confinamiento me coincidió con la baja por la operación, así que me ha servido para terminar de recuperarme. Yo no he teletrabajado. La Justicia no está preparada para ello. Hemos estado a un nivel más bajo, pero he ido tres o cuatro veces por semana a celebrar juicios, los urgentes. En la Administración, los únicos que teletrabajan son los de Hacienda [se ríe]. No estamos en condiciones de teletrabajar, eso está claro.

—¿Y durante toda esta cuarentena ha echado mucho de menos a su nieta? ¿La ha visto ya?

—Sí, la he visto, pero a distancia. No nos hemos acercado ni abrazado. Ella vive en un pueblo de Granada y nos hemos visto con mascarilla. No por mí, sino por ella.

—¿Y cómo le parece que han vivido los niños, la infancia en general, el confinamiento?

—Los niños se amoldan a todo y van a tener menos trauma del que parece. Ahora, eso sí, los niños de la edad de mi nieta, que tienen unos meses y hasta un año y medio, no han socializado durante este tiempo. Van a necesitar convivir con otros niños, con la gente… porque ahora mismo solo son conscientes del aislamiento. Pero no hay que preocuparse, los niños tienen muchos mecanismos de autodefensa y se amoldarán rápidamente. Lo que sí es peligroso es la adolescencia. Los adolescentes han estado horas «pegados» a los ordenadores para estudiar. Algo que yo siempre he criticado porque no todo el mundo tiene ordenador ni posibilidades de conexión a la red. Pero es que lo preocupante es que además de las clases virtuales, los trabajos, los correos… han hecho el ocio a través de las redes sociales. Más de 15 o 20 horas frente al ordenador o las tablets que va a acarrear muchos problemas.

—¿Son un problema las «pantallas»?

—Las pantallas, sobre todo el móvil, son una droga. Ojo, para los menores, pero también para los mayores. Si te fijas, hasta en las sesiones del Congreso, el propio vicepresidente (Pablo Iglesias), se pasa la sesión parlamentaria pegado a su teléfono. Y te diré más, además de una droga, el móvil es un instrumento para cometer delitos: acoso escolar, bulling, violación de intimidad… y además un instrumento para ser víctima de ellos; amenazas, extorsiones… Date cuenta de que a través de las pantallas, y me refiero también a las redes sociales, son un expositor donde la gente cuelga su intimidad. Niños de 12 años muestran sus fotos en ropa interior (y también sin ella) en un alarde erótico festivo. No tienen derecho a la intimidad porque ellos mismos la exponen.

—¿Tienen los padres «derecho» a controlar los dispositivos de los hijos para impedirlo, o al menos orientarles en estas cuestiones?

—¿Derecho, dices? ¡Lo que tienen es obligación de «violar la intimidad de sus hijos en el móvil»! Pero vamos a ver… ¿quién les paga el móvil a los chavales de 12 años?, ¿sus padres, no? Pues los mismos padres son los responsables de los delitos que pueda cometer el hijo a través de su dispositivo. Es preferible que te denuncie tu hijo por mirarle el móvil que un juez te involucre en un delito mucho mayor que ha cometido el niño a través de él. ¿Qué hace una criatura de 8 o 9 años con un móvil? Perdóname, pero la culpa en este punto es de los padres, que permiten que el regalo estrella de las comuniones sea el «dichoso» teléfono. Son inconscientes e inmaduros y tienen toda la red al alcance de su mano y los padres, «que están a otra», no saben ni lo que miran sus hijos. Mientras los padres respondan por ley de lo que hacen sus hijos, los padres son responsables de lo que han hecho ellos con el móvil. Ahora, eso sí, si la ministra (Isabel Celaá) dice que los hijos son del Estado y no de los padres, la cosa cambia, que le imputen los delitos de los hijos a ella, que se los lleve a su casa o al Ministerio.

—El proyecto de Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia presentada el 9 de junio en el Consejo de Ministros volvió a dar protagonismo a esas declaraciones de la ministra a las que acaba de aludir. ¿De quién son los hijos entonces?

—Mira, para empezar yo no me fío del Gobierno ni de un «anteproyecto» de ley. Hasta que no esté publicada, este Gobierno «donde dice digo, luego dice Diego». En el espíritu de todas estas leyes que están aprobando flota ese propósito del que habló la ministra. Los hijos no son propiedad de nadie, pero sí son responsabilidad de los padres, de la misma forma que somos responsables de su educación. Si no es así, el Estado debería asumir claramente la responsabilidad de los hechos que cometan los menores. Que los críen y los eduquen ellos. Mientras que no sea así, dentro de los límites legales yo tengo que tener la libertad de educar a mis hijos como yo quiera, ni más ni menos.

—En el anteproyecto se habla del «coordinador de bienestar y protección» que dependerá directamente del Ministerio de Derechos Sociales. Esto ha despertado cierta inquietud entre los centros y docentes.

—¿Y dices que va a depender directamente de Pablo Iglesias? Ah, pues me dejas mucho más tranquilo [Nótese el tono irónico del juez]. Te digo lo mismo. Hace unos días la educación iba a ser mixta: presencial y online. Hoy han dicho que solo presencial. No me fío de ninguna figura promovida por una ley que no ha sido aprobada y que tiene flecos que ni ellos mismos han explicado. Ahora, si finalmente resulta, será una manera más de «controlarlo todo».

—Desde mi punto de vista, estas leyes y figuras no ayudan a reforzar el papel de los padres en la educación de sus hijos y genera problemas familiares, como sucedió cuando se hizo público la posibilidad de pasar de curso con asignaturas suspensas.

—Lo que generan son problemas de convivencia. Además este tiempo en las casas ha sido un periodo muy intenso. ¿Cómo alientas a un chaval a estudiar cuando en la televisión dicen que podrán pasar de curso con las asignaturas suspensas? Eran problemas latentes antes del confinamiento y que se han agravado durante el mismo. Malos tratos de hijos a padres, que es un delito que viene desde que los padres han perdido la autoridad sobre sus hijos. Como dices, las leyes no acompañan a reforzar esa autoridad, sino todo lo contrario. Los padres no saben decir «no» y se han convertido en «amigos» de sus hijos y claro, los hijos «se vienen arriba». El padre que pone límites es «el malo de la película». A todo esto añádele las separaciones y los criterios dispares de los padres a la hora de educar a sus hijos, que hacen que el niño sea el «sheriff» de la casa.

—¿Hemos perdido valores?

—Eso por supuesto. El padre es el padre, el maestro es el maestro y la autoridad es la autoridad. Y no es autoritarismo, sino un estado democrático y de derecho. Pero aquí nos hemos querido igualar con los niños con el mantra de que «somos todos iguales», y tenemos unos chavales que no reconocen la autoridad ni la admiten. Cometen constantemente faltas de respeto que se manifiestan en maltrato a padres, maestros e incluso a parejas. Es un machismo por parte de chicos y también de chicas. Lemas que lanzan desde la televisión como «no hay que arrepentirse de nada» o «tenemos derecho a todo» y «pienso lo que me da la gana» nos da como resultado la juventud que tenemos. A esto súmale un aumento del consumo de drogas y sustancias que hace que florezcan «las manadas», que además de cometer el delito, «son tan tontos de grabarlo». Y eso tiene su efecto llamada. Yo he tenido menores, de 14 años, que agreden sexualmente en grupo a una cría de 12.

—Ni hablar de valores cristianos, claro…

—¡Qué valores! Mira, yo se lo digo a mis amigos curas. Si yo fuese la Iglesia, cerraba durante tres meses todos los centros, comedores y colegios. Así el pueblo español se daría cuenta de la labor que hace la Iglesia. Los pobres a los que les da de comer Cáritas, a los servicios sociales; los enfermos a los que atiende la Orden de San Juan de Dios, a los hospitales públicos; los colegios concertados que tanto critica este Gobierno, cerrados, a los colegios públicos. Toda la labor asistencial de la Iglesia, cerrada. Y ya verás si los ayuntamientos, las comunidades autónomas y sus consejeros entendían de una vez lo que hace la Iglesia. La Iglesia tiene que vender bien lo que hace, y hace muchas cosas bien. No tiene que tener tantos complejos ni entrar en el juego de dejarse intimidar. En todas las organizaciones, instituciones, hay gente mala [el juez utiliza otro adjetivo más duro]; en la Iglesia hay pocos pero los hay, y por estos complejos no vende bien lo que hace. Si cerrara como te digo, solo tres meses, nos íbamos a enterar de lo que hace la Iglesia. Pero es que ahora mismo todo lo que viene de la Iglesia católica parece criticable… ahora bien, aprovecharse de su labor, eso sí, y todos callados. Pero es que la Iglesia pone la otra mejilla siempre. Lleva veinte siglos funcionando así y por mucho que se empeñen «no se la van a cargar». El problema de quien va en contra de la Iglesia es que tiene un discurso intolerante y es imposible llegar a un diálogo. Pero de esto la culpa la tiene la Conferencia Episcopal Española. ¡Cerrad tres meses! Yo soy católico, poco practicante, pero colaborador. Y mucha gente más de la que pensamos, porque solo tienes que fijarte en lo que ha aumentado la audiencia de la misa en TRECE durante la pandemia. Aquí, al final, todos rezan «por si acaso», y cuando estamos enfermos todavía más, que hasta «los modernos no creyentes» cuando están delante de los médicos rezan por «si las moscas».

—Hablando de los médicos… ¿Quién debería recoger el Premio Princesa Asturias a la Concordia que ha sido otorgado al personal sanitario?

—Pues lo que yo no quiero es que lo recoja un político de turno. Estos premios son más de cara a la galería y los médicos lo que necesitan son contratos dignos y medios en condiciones. Además, yo dejaría que lo recogieran los familiares de las víctimas, de los fallecidos. Porque… ¿quién es el personal sanitario? ¿No lo son además de los médicos —tanto de la sanidad pública como de la privada—, las enfermeras, los auxiliares, los limpiadores, los celadores, conductores de ambulancias? ¿Y a dónde va a ir el dinero del premio? Son reconocimientos de cara a la galería pero que donde tendría que verse es el próximo colapso sanitario, que a mis dos hermanos médicos les hicieron las pruebas dos meses después de que empezara la pandemia. Ambos son neurocirujanos y tienen una lista de espera de más de mil personas. Esos enfermos que se van a morir también son víctimas del coronavirus, porque no les han podido atender. Son cuestiones de marketing, gestos que están de moda. Lo que deberían es preocuparse por dotar a ese personal sanitario de medios para que cuando venga la siguiente crisis estén preparados y no les pille el toro como ahora.

—Porque además la crisis que viene no solo será sanitaria…

—Claro que no, va ser económica, social, judicial… Y ahí ya te digo yo que quien va a estar de nuevo es la Iglesia. Pero como siempre bajito, muy bajito. Si tú puedes transmitir mi mensaje a «quien mande», hazlo. Hay que pegar un puñetazo en la mesa y decir, ¿somos tan malos? Pues cerramos todo. Y a ver qué pasa. La Iglesia no solo hace esa labor asistencial: apoya al turismo con la Semana Santa, con su patrimonio; ayuda con los colegios; ayuda con los enfermos; da de comer a los pobres… La Iglesia moviliza. La Iglesia hace y hace muy bien.

—Ha resumido usted la Memoria de Actividades de la Iglesia.

—No hace falta ninguna Memoria para que se reconozca la labor de la Iglesia. Si se cierra la Iglesia y se deja de hacer todo lo que se hace durante tres meses, salimos hasta en el New York Times.

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