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El joven rico, ¡pobre joven!, por César Franco, obispo de Segovia

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El joven rico, ¡pobre joven!, por César Franco, obispo de Segovia

Es propio del hombre sabio y prudente poner los medios para alcanzar los fines que anhela. Lo hacemos en muchos órdenes de la vida: Ganar un premio en el deporte, aprobar unas oposiciones importantes, lograr ser el primero en determinada ciencia. Incluso llegamos a arriesgar la vida cuando se trata de alcanzar un bien sumamente deseado. Decía un filósofo que «quien tiene un porqué para vivir encontrará casi siempre el cómo».

Viktor Frankl, que cita esta frase al inicio de su libro El hombre en busca de sentido, sobrevivió en un campo de concentración nazi porque tenía un porqué para vivir. El joven rico es la antítesis del sabio y prudente. Anhela la vida eterna, le pregunta a Jesús qué debe hacer para alcanzarla y, cuando recibe la respuesta, da la espalda a Jesús y se marcha triste. El evangelista nos da la razón de su modo de actuar: era muy rico y Jesús le había pedido que vendiera todo, diera el dinero a los pobres y le siguiera. Prefirió la arena al oro puro y puede decirse que vendió la vida eterna por sus tesoros, como hizo Esaú con su primogenitura por un plato de lentejas.

¿Qué tienen las riquezas para dar al traste con la vida eterna? Dice Jesús que difícilmente un rico entrará en el Reino de los cielos. Y, cuando los discípulos se asombran ante semejante afirmación, Jesús aclara que difícilmente entrará en el Reino de Dios quien pone su confianza en las riquezas. En sí mismas, las riquezas no son malas. Pero tienen un poder esclavizante y dominador. Las riquezas dan seguridad, acrecientan el orgullo y la soberbia, empujan a la injusticia y la corrupción y endurecen el corazón hasta el punto de olvidar y despreciar a los pobres, como en la famosa parábola del rico epulón y el pobre Lázaro. Quien posee riquezas tiene el peligro de convertirlas en su seguridad y, en último término, en su ídolo. En sus Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola invita a meditar en el proceso que sigue el hombre, enredado en las trampas del maligno, cuando desde la riqueza sube el peldaño del vano honor del mundo hasta escalar la cima de la soberbia, que conduce a todos los demás pecados. Y, al revés, quien sigue a Cristo, experimenta la llamada a la pobreza hasta ponerse el mundo por montera y alcanzar la humildad, fundamento de toda virtud.

El Papa Francisco ha dicho, desde el inicio de su pontificado, que quiere una Iglesia pobre y para los pobres. Muchos, creyentes o no, lo han aplaudido y vitoreado. Y se citan estas palabras como revolucionarias. Pero es muy posible que, si escuchamos en primera persona la palabra de Jesús —vende todo y dalo a los pobres— pensemos: esto no va conmigo. Porque, en una u otra medida, todos somos ricos y hemos depositado nuestra confianza en aquello que nos da confianza, seguridad y prestigio. Y cuanto más tenemos, más esclavos somos de nuestras posesiones. Una Iglesia pobre y para los pobres comienza cuando cada uno de nosotros acoge la palabra de Cristo en su corazón y descubre que le ofrece la libertad, la vida plena, la riqueza absoluta. Algunos han comprendido esto de manera inmediata y definitiva. San Antonio Abad escuchó en la Iglesia estas palabras dirigidas al joven rico y las puso en práctica de inmediato. San Francisco lo dejó todo y se desposó con la dama pobreza. Y así tantos otros, que se han enriquecido de pobreza y han inundado al mundo con su alegría. Quizás estas decisiones no las pide el Señor a todos cuantos le siguen. Pero la exigencia de poner las riquezas a los pies, desconfiar de ellas y evitar que nos esclavicen es para todo el que aspire a la vida eterna, que, aunque se nos ha dado gratis por la redención de Cristo, sólo se alcanza cuando el hombre comprende que no se puede servir a Dios y al dinero.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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