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El Informe McCarrick, una dolorosa página de equivocaciones por las que la Iglesia pide perdón

«En el momento del nombramiento del arzobispo en Washington Theodore McCarrick en 2000, la Santa Sede actuó sobre la base de información parcial e incompleta». Así lo ha publicado la Santa Sede en un informe que ha visto la luz este martes 10 de noviembre. Elaborado durante dos años por la Secretaría de Estado a petición del Papa Francisco, el documento con casi 500 páginas, lamenta que «se cometieron omisiones y subestimaciones, se tomaron decisiones que después se evidenciaron equivocadas, entre otras cosas porque, en el curso de las verificaciones solicitadas por Roma en su momento, las personas interrogadas no siempre dijeron todo lo que sabían».

El secretario de Estado, Pietro Parolin, ha explicado en un comunicado que este Informe sobre el conocimiento institucional y el proceso de toma de decisiones de la Santa Sede en relación con el ex cardenal Theodore Edgar McCarrick, «es un texto exhaustivo, que ha requerido un cuidadoso examen de toda la documentación relevante en los archivos de la Santa Sede, la Nunciatura en Washington y las diócesis de los Estados Unidos involucradas de diversas maneras».

La compleja investigación se ha integrado, además, «con la información obtenida de los coloquios con los testigos y las personas informadas de los hechos, a fin de obtener un panorama lo más completo posible y un conocimiento más detallado y preciso de las informaciones pertinentes». Parolin reconoce que este informe «aflige por las heridas que el caso ha provocado en las víctimas, en sus familias, en la Iglesia en los Estados Unidos, en la Iglesia Universal». Como hizo el Papa, «yo también he podido examinar los testimonios de las víctimas contenidos en las Actas en las que se basa el Informe y que están depositados en los archivos de la Santa Sede. Su contribución ha sido fundamental. En su Carta al Pueblo de Dios de agosto de 2018, el Santo Padre Francisco escribía a propósito de los abusos de menores “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas”».

Como se desprende del tamaño del informe y de la cantidad de documentos e información que contiene, «hemos ido en búsqueda de la verdad, ofreciendo material útil para responder a las preguntas planteadas por el caso». La investigación parte de «la visión global y del conocimiento, en su totalidad, de lo reconstruido de los procesos de toma de decisiones concernientes al ex cardenal McCarrick, será posible comprender lo que ha sucedido».

En los dos últimos años, mientras se realizaba la investigación que ha desembocado en este Informe, «hemos dado pasos significativos para asegurar mayor atención a la protección de los menores e intervenciones más eficaces para evitar que se repitan ciertas decisiones tomadas en el pasado». La normativa canónica «se ha enriquecido con el Motu proprio Vos estis lux mundi, que prevé la creación de mecanismos estables para recibir los avisos de abusos y establece un procedimiento claro para investigar las denuncias contra los obispos que hayan cometido delitos o hayan protegido a sus responsables. Y al Motu proprio se añaden los instrumentos creados tras el Encuentro de febrero de 2019 sobre la protección de los menores».

Parolin alude a las palabras que escribía el Santo Padre en la Carta al Pueblo de Dios: «Nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado» y asegura que «nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse».

El dolor de las víctimas y sus familias «es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad».

Todos los procedimientos, «incluido el nombramiento de obispos, dependen del compromiso y la honestidad de las personas interesadas», insiste el secretario de Estado. «Ningún procedimiento, incluso el más perfeccionado, está libre de error porque involucra las conciencias y las decisiones de hombres y mujeres. Pero el Informe repercutirá también en esto: en hacer que todos los involucrados en tales cuestiones sean más conscientes del peso de sus decisiones u omisiones. Son páginas que nos empujan a una profunda reflexión y a preguntarnos qué más podemos hacer en el futuro, aprendiendo de las dolorosas experiencias del pasado».

Por último, concluye diciendo que el dolor «va acompañado de una mirada de esperanza». Para que estos fenómenos no se repitan, además de normas más eficaces, «necesitamos una conversión de los corazones. Necesitamos pastores creíbles anunciadores del Evangelio, y todos debemos ser muy conscientes de que esto sólo es posible con la gracia del Espíritu Santo, confiando en las palabras de Jesús: “Sin mí nada podéis hacer”».

Un resumen del informe

Andrea Tornielli publica en Vatican News un resumen del Informe, que responde puntualmente al compromiso asumido por el Papa Francisco de investigar a fondo el caso McCarrick y de publicar los resultados de la investigación. El Informe representa también un acto de solicitud y cuidado pastoral del Papa hacia la comunidad católica estadounidense, herida y desconcertada por el hecho que McCarrick haya podido llegar a ocupar roles tan altos en la jerarquía. La investigación, llevada adelante en estos dos años, se inició a finales del verano de 2018, durante semanas de evidente tensión tras la intervención del ex nuncio apostólico en Washington, Carlo Maria Viganò, quien a través de una operación mediática internacional, llegó pedir públicamente la renuncia del actual Pontífice.

El Informe muestra que en el momento de la primera candidatura al episcopado (1977), así como en el momento de los nombramientos en Metuchen (1981) y luego en Newark (1986), ninguna de las personas consultadas para obtener información dio indicaciones negativas sobre la conducta moral de Theodore McCarrick. Una primera «verificación» informal de algunas acusaciones sobre la conducta del entonces arzobispo de Newark contra seminaristas y sacerdotes de su diócesis se hizo a mediados de los años 90, antes del viaje de Juan Pablo II a dicha ciudad de Estados Unidos. Fue el cardenal arzobispo de Nueva York, John O’Connor, quien la llevó a cabo: pidió información a otros obispos estadounidenses y luego concluyó que no había “impedimentos” para la visita papal a la ciudad de la que McCarrick era el pastor en ese momento.

Es importante destacar, a este respecto, la decisión tomada inicialmente por Juan Pablo II. El Pontífice, de hecho, pidió al nuncio de verificar la validez de estas acusaciones. La investigación escrita, una vez más, no condujo a ninguna prueba concreta: tres de los cuatro obispos de Nueva Jersey consultados proporcionaron informaciones definidas en el Informe como «no exactas e incompletas». El Papa, que conocía a McCarrick desde 1976 tras uno de sus viajes a los Estados Unidos, acogió la propuesta del entonces Nuncio Apostólico en los Estados Unidos, Gabriel Montalvo, y del entonces Prefecto de la Congregación para los Obispos, Giovanni Battista Re, de retirar la candidatura. Incluso, en ausencia de elementos consistentes, no se debía correr el riesgo de que, trasladando al prelado a Washington, las acusaciones, aunque consideradas carentes de fundamento, pudiesen resurgir causando vergüenza y escándalo. Por lo tanto, McCarrick parecía destinado a permanecer en Newark.

Un nuevo hecho cambió radicalmente el curso de los acontecimientos. El propio McCarrick, después de conocer evidentemente su candidatura y las reservas sobre él, escribió el 6 de agosto de 2000 al entonces secretario personal del Pontífice polaco, el obispo Stanislaw Dziwisz. Se proclamó inocente y juró que «nunca había tenido relaciones sexuales con ninguna persona, hombre o mujer, joven o viejo, clérigo o laico».

Hasta el momento del nombramiento en Washington no había habido ninguna víctima – adulto o menor de edad- que se hubiera puesto en contacto con la Santa Sede, o con el nuncio en los Estados Unidos, para hacer una denuncia por comportamiento impropio atribuido al arzobispo. Cuando en 2005 resurgieron acusaciones de acoso y abuso de adultos, el nuevo Papa, Benedicto XVI, pidió rápidamente la renuncia al cardenal estadounidense, al que acababa de conceder una prórroga de dos años de su mandato. Por lo tanto, en 2006 McCarrick dejó la conducción de la diócesis de Washington para convertirse en obispo emérito.

En los años siguientes, a pesar de la petición que le hizo la Congregación para los Obispos de llevar una vida más apartada y renunciar a los frecuentes eventos públicos, el cardenal siguió viajando de una parte del mundo a otra, incluida Roma. Estos desplazamientos eran generalmente conocidos y, al menos, tácitamente aprobados por el nuncio. Se ha discutido mucho sobre el alcance real de esta petición de llevar una vida más retirada, dirigida a McCarrick por la Santa Sede.

En el momento de la elección del Papa Francisco, McCarrick tenía más de 80 años y, por lo tanto, estaba excluido del cónclave. Sus hábitos de viaje no habían cambiado, y al nuevo Papa no se le entregó ningún documento o testimonio que le hiciera consciente de la gravedad de las acusaciones, aún sólo respecto de adultos, contra el ex arzobispo de Washington. A Francisco se le dijo que había habido “rumores” y acusaciones sobre “comportamientos inmorales con adultos” antes de la nominación de McCarrick en Washington. Pero considerando que las acusaciones habían sido analizadas y rechazadas por Juan Pablo II, y bien consciente de que McCarrick había permanecido activo durante el pontificado de Benedicto XVI, el Papa Francisco no vio la necesidad de cambiar “lo que sus predecesores habían establecido”, por lo que no es cierto que haya eliminado o aliviado las sanciones o restricciones al arzobispo emérito. Todo cambió, como ya se ha mencionado, con la aparición de la primera acusación de abuso de un menor. La respuesta fue inmediata. La medida, gravísima y sin precedentes, de la destitución del estado clerical llegó tras la conclusión de un rápido juicio canónico.

La imagen que aparece tras el cúmulo de testimonios y documentos ahora publicados es, sin duda, una página dolorosa en la historia reciente del catolicismo. Son tristes acontecimientos de los que toda la Iglesia ha aprendido. De hecho, a la luz del caso McCarrick, es posible leer algunas de las medidas adoptadas por el Papa Francisco después de la cumbre para la protección de los menores en febrero de 2019. El motu proprio Vos estis lux mundi, con sus indicaciones sobre el intercambio de información entre los dicasterios y entre Roma y las Iglesias locales, la participación del Metropolitano en la investigación inicial, la indicación de que las acusaciones sean verificadas con prontitud, así como el fin del secreto pontificio, son todas decisiones que tuvieron en cuenta lo sucedido, para aprender de lo que no funcionó, de los mecanismos que se atascaron, y de las subestimaciones que desgraciadamente se hicieron a varios niveles. En la lucha contra el fenómeno de los abusos, la Iglesia sigue aprendiendo, también de los resultados de este trabajo de reconstrucción, como se vio también en julio de 2020 con la publicación del Vademécum de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que invita a no considerar automáticamente como sin fundamentos una denuncia anónima.

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