Firmas

El infierno en la escatología de Ratzinger, por Fidel García Martinez

Por Fidel García Martinez

Hablar de las postrimerías tradicionales, muerte, juicio, infierno y gloria, tal como la ha planteado siempre la Iglesia Católica en su  Teología Dogmática y Pastoral, no es grato a los oídos del hombre postmoderno, incluso para algunos cristianos,  quienes han perdido el sentido de los grandes relatos para refugiarse en el  infierno del nihilismo existencial y del relativismo inmoral: nada espera ni bueno malo después de esta breve vida, pero sigue pensando como decía el ateo Sartre  que el infierno está aquí y ahora y son los otros. Contra estas seguridades del hombre actual: somos nada y vamos a la nada, porque nada hay que esperar fuera del aquí y ahora, que es donde están todos los infiernos que se pueden vivir (los infiernos sacrílegos, los de la droga, de la explotación sexual y asesinatos de inocentes por poderosas empresas que se dedican al tráfico de personas y otros muchos infiernos que destrozan todas las fuentes de la vida, humana, animal y vegetal porque el dios salvaje del dinero lo pervierte todo, reduciéndolo todo al vil estiércol del diablo; el infierno del poder político basado en la mentira y en el mal como armas para conseguirlo y mantenerlo por encima de todo y contra todo.

El gran teólogo que es Ratzinger en su aún actual gran tratado de Escatología al hablar del Infierno como realidad definitiva afirma: No se puede  andar nadie con sutilizas, porque la idea de condenación eterna está firmemente  arraigada en la doctrina de  Jesús, tal como aparece en los escritos del Nuevo Testamento. El dogma del infierno esta enraizado sobre terreno firma. Reconoce Ratzinger que este dogma choca con nuestras ideas de Dios y del hombre. Pero siempre hubo tendencias en la teología como fue el caso de Orígenes, quien sostenía que al final de los tiempos habría una reconciliación universal. No pudo renunciar totalmente a la esperanza de que en este sufrimiento de Dios, la realidad del mal fuese sujetada, dominada y perdiese su validez definitiva.

Para Ratzinger la realidad del  infierno ha adquirido una  importancia  y una forma realmente nueva en los últimos siglos con  los santos: para el gran teólogo que es Benedicto XVI, en la religiosidad carmelita, representado especialmente por San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Lisieux. Para ellos-afirma el Ratzinger- no se trata el infierno, de una amenaza que lanzan contra los demás, cuanto más bien, de una exigencia de sufrir profundamente  en la oscura noche  de la  fe la comunión con Cristo, precisamente como comunión con lo oscuro de un descenso a la noche. Para los dos santos carmelitas descalzos representa la exigencia de acercarse a la luz del Señor compartiendo la oscuridad y de servir  a la salvación del mundo dejando atrás su propia salvación por los demás. En esta religiosidad afirma: no se quita nada de la terrible realidad del infierno. Es tan real que se adentra en el propio ser. La única posibilidad que hay de mantener la esperanza frente a esa realidad es la de apurar el sufrimiento de su noche al lado de Aquel que vino a transformar con su sufrimiento la noche de todos nosotros. La esperanza no proviene de la lógica fría del sistema, de no tomar en serio al hombre, sino de la renuncia a construir bagatelas y de hacer frente a la realidad al lado de Jesucristo. El dogma  mantiene su contenido real. La idea de misericordia que lo acompañó en una u otra forma durante la historia no se convierte en teoría sino en oración de la fe que sufre y espera.

 

Crisis de la escatología según Ratzinger, por Fidel García Martínez

 

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