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El hijo pródigo

Domingo IV Cuaresma. C. 2013

A estas alturas, si vivimos con seriedad la cuaresma, estaremos en el momento de la sinceridad y de la decisión, el momento del “me levantaré, iré y le diré…”. No nos han faltado ayudas y El divino viñador sigue trabajando para que demos fruto. Hoy la Iglesia nos regala un texto evangélico bellísimo, es el modelo de la misericordia divina, donde podremos ver el proceso de conversión, de penitencia y del «Padre misericordioso» (Lc 15,11-24). El Padre se nos da a conocer misericordioso y humilde, que sabe esperar y hacer una fiesta por el regreso de su hijo. La alegría del encuentro es lo que propicia la fiesta, el gozo del corazón y la misericordia de Dios te devuelve al sitio que dejaste. Dios busca y salva. 

El evangelio de este domingo nos enseña la diferencia entre dos tipos de actitudes humanas: Por una parte, los “publicanos y pecadores”, que se les considera malos; por otra, “los escribas y fariseos”, que pasan por ser buenos. En la parábola de hoy aparecen las dos: se presenta a un hijo malo, que se marcha, se lleva lo suyo y se olvida, dejándose llevar por sus pasiones, vive perdidamente; y el otro hijo mayor, que parece bueno y se queda en casa. Aquí nos hace pensar el Señor que uno, que positivamente hemos catalogado como malo, es capaz de cambiar radicalmente, de arrepentirse de su mala vida y buscar humildemente el perdón, aunque crea que no se lo merece, ni siquiera su condición de hijo, porque se portó mal con el padre. El otro hijo, que hace profesión de bueno, que se quedó, ayuda, obedece… externamente bien, pero no desvela las cosas que guarda en su interior: su envidia, sus celos, creerse el mejor y despreciar… actitudes que le denuncian no ser tan bueno y que también necesita de la misericordia. En ambos se da la condición de la fragilidad humana, en uno de una manera abierta y en el otro, oculta.

 

Pero Dios conoce hasta lo más intimo de nuestra intimidad y cura y sana. Dios nunca se ha apartado de ninguno, no ha estado lejos de ninguno, sino que ha estado trabajando el corazón de cada uno para que, incluso estando en la esclavitud del pecado, podamos abrirle la puerta al arrepentimiento. El bálsamo que ha utilizado Dios ha sido el del amor y la misericordia entrañable, que cura y purifica.

+Mons. Lorca Planes

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