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Rincón Litúrgico

El Hijo amado

«Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1, 11)

Señor Jesús, sabemos que esas palabras estaban dirigidas al Siervo del Señor, al que se dedican los cantos que encontramos en la segunda parte del libro de Isaías.  Leídas en aquel contexto nos parecen una figura literaria con la que se reconoce la figura y la misión de un profeta.

Pero el evangelio las recuerda con motivo de tu bautismo. Ahora ya no constituyen la alabanza escrita por un poeta de otros tiempos. Ahora son una voz que desciende de los cielos y que tú oyes al salir de las aguas del Jordán. No son un elogio humano, seguramente merecido. Son un reconocimiento divino.

Estamos tan acostumbrados a leer esta voz celestial que bajó sobre ti el día de tu bautismo, que ya no resulta sorprendente a nuestros oídos. Sin embargo, en esa declaración se nos revela el misterio de Dios, tu propia identidad y la grandeza de la misión que te había sido confiada.

La voz que desciende de lo alto nos  dice que Dios no es uno de los ídolos de siempre, que tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen boca, pero de ella no sale jamás una palabra. El Dios que te habla tiene sentimientos. Dios es Padre. Es tu Padre y te ama. Es más, Dios es amor. Dios se complace en ti y en tu quehacer.

Esta manifestación celestial nos sumerge en el ámbito de lo eterno. Tú has sido engendrado antes del tiempo. Desde siempre, tú eres hijo. Desde siempre, compartes el misterio del amor. Pero es precisamente el amor lo que te sitúa en el ámbito de lo temporal, de lo histórico, de los días que discurren como las aguas del Jordán.

 Además, esa revelación nos invita a mirar hacia el futuro. Tú habías de saber que, a pesar de las apariencias, la complacencia de tu Padre nunca te iba a abandonar. Y nosotros sabemos que aquella declaración de amor paternal abre nuestro corazón a la esperanza. Creemos que el Hijo del Dios amor siempre estará con nosotros. Amén.



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