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El grito de las víctimas de abusos es eco y reflejo de la ira de Dios – editorial Ecclesia

El grito de las víctimas de abusos es eco y reflejo de la ira de Dios – editorial Ecclesia

Han sido cuatro días impresionantes, durísimos, estremecedores y también esperanzadores. Sin trampa, ni cartón, ni edulcorantes, transmitidos en vivo y en directo. Han sido cuatro días que marcan un antes y un después en el compromiso inexcusable de toda la Iglesia, con Pedro y bajo Pedro, para afrontar la monstruosidad de los abusos y buscar vías efectivas para su reparación, sanación, prevención y erradicación. Tras la misa del Papa del domingo 24 de febrero, conclusión del encuentro histórico y sin precedentes, solo concluyó esta altísima cumbre eclesial. Porque es ahora, es a partir de aquel momento, cuando hemos de emprender una nueva y definitiva ruta de conversión, penitencia, purificación, valentía y determinación.

Pastores y fieles hemos de asumir la culpa, la que corresponda, y buscar, en comunión con todo el Pueblo de Dios y armonía y lealtad y coherencia entre obispos, sacerdotes y consagrados, respuestas concretas y eficaces. Es evidente que ni la Iglesia ni la sociedad ni la misma Justicia o el Estado tienen la varita mágica para erradicar esta lacra tan sangrante y abominable. Pero es también evidente que, como cristianos –“la inhumanidad del fenómeno a escala mundial es todavía más grave y más escandalosa en la Iglesia, porque contrasta con su autoridad moral y su credibilidad ética”, afirmó Francisco-  estamos a llamados a una acción renovada, decidida y determinante.

¿Cómo proceder? Asumiendo, con humildad y contrición, la realidad pavorosa de los abusos en el seno mismo de la Iglesia, no teniendo miedo a la verdad, ni a la humillación. Porque, no lo olvidemos, “el que se humilla, será ensalzado”; porque solo en el fondo de esta pena y herida, tan inmensas y abyectas, podremos encontrar la gracia y la salud.

Priorizar, escuchar, acoger, comprender a las víctimas ha de ser asimismo otro compromiso incuestionable. Aunque nos horroricen sus relatos, y a pesar de todos los pesares y eventuales “peros” habidos y por haber. “En la justificada rabia de la gente, la Iglesia –afirmó también Francisco- ve el reflejo de la ira de Dios. Tenemos el deber de escuchar atentamente este grito silencioso”.

En tercer lugar, hemos de tomar conciencia de que la entera comunidad eclesial necesita un intenso e inmenso rearmen moral y espiritual. “Humildemente y con valor debemos reconocer que estamos delante del misterio del mal, que se ensaña contra los más débiles porque son imagen de Jesús”. Y como “detrás de esto está satanás”, el príncipe del mal, hemos de “tomar las medidas espirituales que el mismo Señor nos enseña: humillación, acto de contrición, oración, penitencia”, que son la única manera para vencer el espíritu del mal, como lo venció Jesús.

En la lucha contra esta monstruosidad, nos recuerda el Papa, hemos de evitar caer en dos extremos: “Un justicialismo, provocado por el sentido de culpa por los errores pasados y de la presión del mundo mediático, y de una autodefensa que no afronta las causas y las consecuencias de estos graves delitos”.

Y como la respuesta –lo dijo Francisco en el comienzo mismo de la cumbre- ha de ser concreta, efectiva y no meras y obvias condenas y palabras, la Iglesia, a través de su Pastor supremo, asume las ocho estrategias recomendadas por la Organización Mundial de la Salud y en las próximas semanas emanará nuevas, más claras y más exigentes normativas de obligado y universal cumplimiento.

“En los momentos más oscuros de nuestra historia, el Señor se hace presente, abre caminos, alza la fe desanimada, unge la esperanza herida, despierta la caridad dormida”, ha escrito Francisco. ¡Qué así sea también ahora en medio de esta desolación!

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