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Opinión

El fundamento y fin de la iglesia es predicar el Reino de Dios

Jesús de Nazaret pasó por su vida histórica en este mundo predicando el reino de Dios o de los Cielos, universal, espiritual y escatológico de salvación y de vida eterna bajo la ley del amor a Dios Padre y al prójimo como a uno mismo, curando enfermos, resucitando muertos, criticando a los hipócritas y muriendo crucificado por éstos. Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas citan el termino reino de Dios cincuenta veces, y Mateo cita, además,  el del reino de los Cielos, treinta y dos  veces.

Jesús de Nazaret fundó la Iglesia, cuerpo de Cristo y nuevo pueblo de Dios, para predicar el reino de Dios por medio de la palabra y por medio de obras de justicia y de amor a Dios Padre y al prójimo. El reino de Dios es el fundamento,  fin y la razón de ser de la Iglesia. El  evangelista Mateo menciona la palabra Iglesia  tres veces, las Actas de los Apóstoles, veinte y tres, Santiago el Menor, una, Juan evangelista, tres en su tercera Carta y veinte en el Apocalipsis, y Pablo de Tarso, sesenta y cinco en sus catorce Cartas, quien la recogió de la Iglesia primitiva de Jerusalén y la aplicar a sus comunidades que él iba evangelizando.

De este modo, el concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Iglesia, enseña: Nuestro Señor Jesús fundamentó su Iglesia predicando la buena nueva, es decir, el Reino de Dios prometido por muchos siglos antes de las Escrituras. Ahora bien, este Reino comienza a manifestarse como una luz delante de los hombres por la palabra, por las obras y la presencia de Cristo (nº 5).

 Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, permanece en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, va peregrinando entre persecuciones del mundo y consuelos de Dios anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que venga (nº 8).

El Nuevo Pueblo de Dios tiene por ley el mandato del amor, como Cristo nos enseñó, y tiene últimamente como fin la dilatación del reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que sea consumado por él mismo al fin de los  tiempos, cuando se manifieste Cristo, nuestra vida (nº 9).

Hoy día, los hombres y mujeres se sienten fascinados por el poder económico, político y profesional como medios de vida para conseguir su bienestar y disfrutar de la vida lo máximo posible infravalorando y menospreciando los valores religiosos, morales y espirituales. Es más, en muchos casos, esta Iglesia que peregrina en esta tierra, es ignorada, perseguida y arrinconada.

De tal manera que el papa, Juan Pablo II, había exclamado: “la Iglesia ha vuelto a ser la Iglesia de los mártires. Pero en estas circunstancias difíciles para la Iglesia, a los cristianos les queda el poder, la sabiduría y la fuerza del Espíritu Santo para auxiliarles, apoyarles y defenderles  del sufrimiento, dolor, persecución y condena, como Jesús de Nazaret prometió en su predicación evangélica del reino de Dios.

 

José Barros Guede.

A Coruña, 22 de octubre del 2013

 

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