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El extraordinario don y servicio de don Fernando Sebastián – editorial Ecclesia

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El extraordinario don y servicio de don Fernando Sebastián – editorial Ecclesia

La muerte, en Málaga, el 24 de enero, del cardenal Fernando Sebastián Aguilar ha suscitado en la comunidad eclesial un haz de sentimientos. Y es que, junto a la tristeza y el pesar por su muerte, ha brotado también espontánea la acción de gracias a Dios y al purpurado. Y se han actualizado también entre nosotros aquellas palabras con las que el apóstol san Pablo, en su segunda carta a Tito (4, 7-8), se preparaba a su muerte: «He corrido bien, he combatido bien el combate, he corrido hasta la meta, he mantenido y expandido la fe, y ahora me espera la corona de la gloria que no se marchita».

La suya, la de don Fernando, ha sido también una vida plena, una vida larga (89 años), lucidísima y fecundísima. Ha sido la vida de un extraordinario apóstol, de un misionero de raza (no en vano ha sido misionero claretiano desde 1946), todo terreno y contracorriente. Ha sido la vida (casi 40 años) de un pastor espléndido, abnegado, generoso, brillante, que supo gastarse y desgastarse por Cristo, por el Evangelio y por la Iglesia (2 Cor 12, 15).

Dotado de una extraordinaria inteligencia y formación, teólogo también de raza y siempre religioso y pastor, don Fernando Sebastián ha sido una de las principales personalidades e inexcusables y gozosas referencias para nuestra Iglesia en el último medio siglo. Primero como profesor y rector universitario, amén de asesor del cardenal Tarancón. Después como obispo como ministerio en distintas diócesis españoles (León, Granada, Málaga y Pamplona y Tudela). Y desde 1979, año de su ordenación episcopal, en el servicio, siempre abundante, fecundo y generoso, a la Conferencia Episcopal Española, de la que fue secretario general seis años y vicepresidente otros nueve años. Por ello, cuando hace ahora cinco años fue creado cardenal —significativamente, el primer cardenal español del Papa Francisco— fuimos tantos y tantos quienes consideramos merecidísima aquella púrpura, que reconocía el impagable servicio de toda una vida. Servicio que don Fernando pudo, supo y quiso prolongar hasta las vísperas mismas de su muerte.

Dos fueron, en sus propias palabras, los acontecimientos que más profundamente marcaron su vida: el Concilio Vaticano II y su aplicación a la Iglesia en España, comenzando por la contribución esencial que esta —ya con la ayuda e iluminación de don Fernando— hizo a la Transición política española. Y al servicio de todo ello, el cardenal Sebastián supo poner a disposición de nuestra Iglesia todos los dones —que fueron muchos— que el Señor que le fue dando. Y lo hizo, dicho quedó ya, hasta el final, pues, jubilado de ministerio episcopal diocesano en 2007, los cerca de doce años transcurridos has sido tan luminosos como toda su vida, destilando, de modo eminente y generosísimo, el bagaje de toda una vida tan repleta, la sabiduría acumulada, a par que renovada y actualizada, de los años (era siempre una satisfacción y un enriquecimiento escucharle y leerle) y de su cátedra permanente de pastor y de intelectual excepcional.

Apóstol y evangelizador infatigable, teólogo eximio, siempre valiente, incisivo, lúcido e interpelador, el cardenal Sebastián nos lega, junto a sus escritos y predicaciones, junto a su magnífico ministerio claretiano, sacerdotal y episcopal, la permanente lección de su sentido de la comunión, de la concordia y de la misión. Y de un inquebrantable amor a Jesucristo y a su Iglesia. Y todo, como ha rezado su lema episcopal, «Veritas in caritate», al servicio de la verdad en el amor.

¡Gracias, muchas gracias, querido y admirado don Fernando! Ahora le espera la corona de la gloria que no se marchita

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