En un lugar...

El Evangelio, la cultura y el lenguaje

Se acumulan los temas y muchos se acumulan, dejando que lo importante se oculte debajo de lo urgente. Entre esas cosas que van a pasar más o menos desapercibidas en una semana con tan intensa actualidad nacional (en una de esas tantas veces en las que una ciudad acapara todo lo que pasa en el país), está la publicación de Scripturae Sacrae Affectus, la carta apostólica en el 1600 aniversario de la muerte de san Jerónimo.

Admiro profundamente que Francisco no se haya dejado llevar por los vaivenes de la actualidad para publicar este documento en un momento ideal: el del principio de curso (en el hemisferio norte), para recordar la importancia de estudiar la Biblia. Francisco asegura que  san Jerónimo es un gran «inculturador» del Evangelio por traducir a latín los textos sagrados y escribir la Vulgata, edición que sirve de base para la Neovulgata, la traducción oficial a este idioma. No se dedica en esta  ocasión el Papa a invitarnos a aprender latín y leer la obra de san Jerónimo. Tampoco, creo yo, está de más aprender latín, que es la base de nuestra lengua y nos ayuda  mucho a entenderla mejor.

Lo que Francisco hace es mucho mejor: hace un reconocimiento expreso a aquellos que tradujeron la Biblia a otras lenguas y que hoy día siguen traduciéndola, y les pone como evangelizadores que sí han sido (y siguen siendo) fieles a san Jerónimo. Dice Francisco en la carta: «Muchos son los misioneros a quienes debemos la preciosa labor de publicar gramáticas, diccionarios y otras herramientas lingüísticas que ofrecen las bases de la comunicación humana y son un vehículo del sueño misionero de llegar a todos». En ese momento me vienen a la mente dos misioneros que fueron a la Amazonía peruana, muy cercanos a mi corazón: el primero, José Pío Aza, que escribió la gramática de la lengua matsigenka y cartografió un buen número de ríos allá por los primeros años del siglo XX. El otro, Ricardo Álvarez Lobo, a quien sus compañeros dominicos llamaban El piro (nombre que se daba a la etnia hoy llamada yine), un antropólogo que escribió miles de páginas sobre este pueblo amazónico y aprendió su idioma a la perfección. Aún tengo en mi estantería su libro en el que narra los mitos y leyendas yines.

Los lenguajes, me atrevo a decir, no son solo nuevos por hablar  en un idioma u otro. Los últimos años han variado enormemente la forma de comunicarse, y ahí han surgido verdaderos misioneros del continente digital que están sabiendo captar el mensaje del Evangelio e «inculturarlo», siendo igual de fieles que san Jerónimo o que aquellos que colaboraron en llevar el mensaje de Jesús a tierras lejanas. Pienso en curas o monjas youtubers quienes, a su modo, tienen que hablar de seguir a Cristo de maneras nuevas.

Los romanos decían que el traductor es un traidor. Pero ayer, el Papa nos recordó que el traductor es un evangelizador.

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