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El Estado moderno y sus límites: degradación pertinaz del matrimonio, por Roberto Esteban Duque

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Aunque la acción misionera implique a todos los cristianos por su condición de bautizados, imposibilitando cualquier cómoda y culpable deserción, deberíamos alegrarnos cuando nuestros obispos dan la cara por la Iglesia, convirtiéndose en verdaderos “convidados de piedra”,  en el rostro menos amable de un paisaje donde al cristiano se le prefiere en casa, recluido en sus convicciones religiosas y sin la voluntad de influir en las costumbres o en la ética de la sociedad.

La reciente solicitud de “una urgente reforma de la actual legislación sobre el matrimonio” por parte de la Conferencia Episcopal Española, manifiesta la resistencia de la Iglesia ante una estructura jurídica y política injusta, donde se han visto ampliados los conceptos de matrimonio y familia hasta abarcar cualquier grupo de personas entre las que exista un vínculo afectivo, sin pretensión de duración ni con vocación de engendrar la vida.

Legisladores y magistrados se convierten en ideólogos que aprovechan la fuerza del Estado, instrumentalizando el Derecho en nombre de la Democracia, para reformar la sociedad y producir un hombre nuevo. Si se confía en la aplicación de la ley para alterar la naturaleza, el Derecho inspirado por esa actuación legislativa se convierte en lo contrario a su naturaleza: en un instrumento para destruir la sociedad existente y preparar otra tierra que acoja un hombre nuevo.

De un plumazo, los magistrados del Tribunal Constitucional, en una sentencia tan arbitraria como injusta, bendijeron una mala legislación relativa al matrimonio, aprobada en recientes años de laicización del poder, sustituyendo la inclinación natural por la cultura, eliminando la conyugalidad, el estatuto ontológico sobre el que ningún hombre tiene potestad.

Este juego de desprecio del orden natural, en una vieja ya reedición nihilista y desfundamentadora, a favor del sólo orden constitucional, lleva a la reconstrucción del hombre, incluso a su derrumbamiento. ¿Qué hay, en la época presente, aparte de la consolidación del pensamiento ideológico, de la politización de todos los ámbitos de la vida humana?

La actuación del Tribunal Constitucional no es propia de una neutralidad de facto, sino más bien la de una lógica dogmática, opuesta al Derecho Natural: el hombre no puede modificar o rehacer la naturaleza. A partir de ahora, no es ya la inclinación natural la que se hace Derecho, sino la unión sentimental o interesada entre cualquier persona quien establece las obligaciones y derechos, sin amor específicamente conyugal ni ordenación a la generación y educación de los hijos.

Existe la posibilidad de restaurar un ordenamiento jurídico asumido por un Estado que no parece poseer otro êthos que el adoptado por la sociedad y la cultura dominantes, incompatible con el matrimonio como unión definitiva entre un hombre y una mujer. Los obispos se oponen a determinadas realizaciones, inspirando así una estructura en quien gobierna, legisla o administra justicia, fundada en la naturaleza humana, cuyo deseo -según reza el viejo aforismo- no puede ser vano.

Nos encontramos en una etapa cultural de peligroso totalitarismo cuando la legislación, cambiante e infinita, sucede a ciertos comportamientos con pretensiones finalistas. El versátil derecho positivo estatal irrumpe con saña en la actividad humana, convirtiendo cualquier nueva conducta en peligroso objeto de reglamentación. Cuando el poder público posee todas las posibilidades legislativas, el totalitarismo impone sus señas de identidad, creando desde el Estado moderno una especie de nueva religión y de hombre nuevo, con sus dogmas y prosélitos.

Sólo el débil, el indolente y el cobarde, no ofrece resistencia a la injusticia, apelando a una evolución histórica justificativa, al principio democrático que hace de la mayoría la fuente única de todo Derecho, reglamentando el deseo y cualquier ulterior comportamiento. La actitud de resignación que origina la evolución histórica es la causa inmediata de que el Estado y la sociedad pierdan el sentido de los límites.

Afortunadamente, la Iglesia permanece inmune al mito de la Historia o de la evolución incontenible de los tiempos, no ya por razones sobrenaturales, sino por razones naturales, inconciliables con el flujo permanente de la evolución del ser humano, de sus formas de vivir y de relacionarse.

Lejos de estar desfasada, cansada de luchar contra corriente o vivir en un permanente “ajuste de cuentas” con el mundo, sin minimizar la moral y valorando lo esencial, la Iglesia presenta la fe con pretensión comunitaria, capaz de informar las costumbres y la ética de la sociedad. Lejos de incorporarse al espíritu o a las estructuras y mentalidad de comportamientos contrarios a la naturaleza humana, trascendiendo el Progreso y la Revolución, actualiza la misión providencial que Dios tiene para el hombre libre, manteniendo así el sentido de la continuidad y los límites que el Estado desconoce, entregado como está a la incoherencia y la corrupción en la degradación pertinaz del matrimonio.

Con demasiada frecuencia la acción legislativa se extralimita, invadiendo el orden dispuesto por la misma naturaleza. Cambiar la actual legislación sobre el matrimonio no es una reivindicación imposible, sino un acto de justicia, cuando se ha producido la defección de lo bueno y el alejamiento de la verdad al no reconocer el matrimonio en su especificidad.

Roberto Esteban Duque

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