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El Espíritu
Rincón Litúrgico

El Espíritu

Señor Jesús, siempre me ha llamado la atención la frecuencia con la que tú anunciabas a tus discípulos el envío del Espíritu Santo. Lo presentabas una y otra vez como el abogado y el defensor, el intercesor o tal vez el intérprete de tu palabra.

Al leer esos textos evangélicos, he creído descubrir un signo de tu humildad y aun de tu frustración. Parece que tú fueras consciente de no haber sido comprendido y que confiabas al Espíritu el poder de iluminar las mentes de tus discípulos.

Si el Espíritu estaba presente en la nueva creación, era de esperar que su viento y su luz llegasen a generar una nueva vida en aquellos que te habían seguido con la esperanza de conseguir puestos importantes en el reino que tú debías restaurar.

Yo creo que en este tiempo nuestro la Iglesia se encuentra en una situación parecida a aquella. Los que no la conocen bien suelen esperar de ella intervenciones espectaculares que puedan  cambiar de una vez la faz de la tierra.

Por otra parte, los que deberíamos conocerla bien, con frecuencia pretendemos utilizar su ayuda para ganar un ministerio de relevancia en el seno de la comunidad y también un puesto de un cierto prestigio en  la misma sociedad secular.

Ni unos ni otros parecemos desear de verdad que tú envíes sobre nosotros el viento de tu Espíritu. Con todo, él es el verdadero don de Dios. Él puede entregar al mundo todos los bienes que necesita para superar las divisiones y crear la armonía.

Señor, yo sé que no tengo derecho para juzgar a nadie. Sobre todo, porque en muchas ocasiones yo mismo he pensado que mi ingenio o mi creatividad podían renovar mi vida y la vida de todos los que me rodean.

Sin embargo, tú nos dices también en este tiempo: «Recibid el Espíritu Santo». Quiero creer que esas palabras las destinas también a mí. No he sido elegido para ser creativo, sino para ser un buen receptor de tu Espíritu. Que así sea.



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