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El Espíritu de Pentecostés con sus siete dones, por Ángel Rubio Castro,obispo de Segovia

El Espíritu de Pentecostés con sus siete dones, por Ángel Rubio Castro,obispo de Segovia

Siete porque se contraponen a los siete pecados capitales. Gracias a los siete dones el Espíritu Santo el alma es como un candelabro de siete lámparas que encendido adora a la Santísima Trinidad que habita en ella.

El don de la sabiduría es la luz que se recibe de lo alto. Es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo que es propio de Dios. Este don nos capacita para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, a la luz de Dios. Es un instinto especial del Espíritu Santo que nos hace saborear y gustar las cosas divinas. Con el don de sabiduría, el Espíritu Santo nos ayuda a ver interiormente las realidades del mundo, los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.

El entendimiento lo eleva a contemplar, penetrar y entender los misterios de la fe. Sin esta luz sobrenatural no puede el hombre remontarse a lo alto y esta cumbre es la que se llama don de entendimiento. Con este don, los más rudos e ignorantes se levantan sobre los más sabios del mundo y pueden entender más a Dios que los más renombrados filósofos y doctores.

El don de la ciencia nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Estamos acostumbrados, por falta de docilidad a las luces del Espíritu Santo, a juzgarlo todo a escala humana. Por el don de ciencia descubrimos el sentido divino de las cosas. Con este don del Espíritu Santo, el hombre no se deja deslumbrar por el brillo efímero de los seres de este mundo, no dramatiza nada, sopesa el bien y el mal, usa de todas las cosas, sin excederse y siempre midiéndolas según Dios.

Por medio del don del consejo, el Espíritu Santo nos ayuda a elegir lo recto, nos enseña lo que debemos hacer en las circunstancias en que nos hallamos, porque no basta saber que una cosa es en sí buena, sino que debemos saberlo en aquel caso determinado. Gracias al don del consejo, el Espíritu Santo puede ser, hasta en nuestros actos más insignificantes, el Maestro interior de nuestra vida. Con este don todo se simplifica y se ilumina bajo la acción directa y especial del Espíritu Santo.

Con el don de fortaleza el Espíritu Santo sostiene la voluntad y la hace fuerte, operativa y perseverante para enfrentarse con las dificultades y sufrimientos, incluso hasta el martirio. En nuestros días muchos exaltan la fuerza física. Hay quienes tienen fuerza de músculos y de voluntad pero no tienen fuerza espiritual, y ceden a los impulsos de las pasiones internas y a las presiones que sobre ellos ejerce el ambiente que les rodea. El que quiere amar y servir a Dios tiene que vencer dificultades, sufrimientos y tentaciones —de dentro y de fuera— de amigos y enemigos. La fortaleza implica, que sepamos perseverar en el bien sin cansarnos, superar toda clase de contrariedades, sufrir si es necesario, las burlas y las calumnias, soportar la incomprensión y las amenazas.

Mediante el don de la piedad, el Espíritu Santo orienta el corazón del hombre hacía Dios con sentimientos, afectos, pensamientos y plegarias que expresan la filiación respecto a Dios como padre. El don de piedad da a los superiores corazón de padre para sus súbditos y a los súbditos corazón de hijos para sus superiores. El que tiene el don de piedad se mueve a compasión de todas las miserias y se hace todo para todos. Mediante el don de piedad, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos. Lo que más se opone al don de piedad es la dureza de corazón, que nos hace insensibles a los intereses de Dios y a la miseria del prójimo. Al contrario, el don de piedad nos comunica el amor y devoción a las personas y cosas relacionadas de algún modo con la paternidad de Dios o la fraternidad cristiana.

Finalmente el santo temor de Dios es un sentimiento de respeto ante la majestad de Dios, especialmente cuando el hombre descubre sus propias infidelidades. Con el don de temor de Dios, el Espíritu Santo infunde en el alma cristiana un sentido profundo de respeto por la ley de Dios y los imperativos que se derivan de ella para la conducta cristiana, liberándola del «temor servil» y enriqueciéndola en cambio con el «temor filial» rebosante de amor. Nuestra amistad con Dios exige este temor a disgustarle aun con el menor pecado. Es el temor del hijo que no quiere constristar a su padre, de ahí su nombre expresivo de «temor filial». El Espíritu de temor es inseparable del Espíritu de amor.

El Espíritu Santo con sus siete dones consagra al cristiano como piedras vivas de la Iglesia y conforta a perseverar firmes en la fe y en la vida cristiana.

                                                                   + Ángel Rubio Castro

                                                                    Obispo de Segovia

 

 



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