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El enigma de Jesús y el claroscuro de la fe, por César Franco, obispo de Segovia

El enigma de Jesús y el claroscuro de la fe, por César Franco, obispo de Segovia

            Desde el principio de su ministerio, Jesús conocía bien su destino. Poco a poco prepara a sus discípulos para dárselo a conocer. Y, cuando lo hace, quiere saber primero qué piensan de él. Sólo desde su identidad pueden entender su destino. La persona de Jesús era un enigma para el pueblo. Conocían sus orígenes – aunque no el misterio que los rodeaba -, conocían a sus familiares y su oficio de artesano. Habían oído su predicación y habían visto curaciones. Todo ello les llenaba de admiración. Pero, ¿quién era realmente Jesús? ¿De dónde le venía su autoridad y su poder milagroso? ¿De qué reino hablaba en sus parábolas? Por otra parte, quienes le seguían no eran los cultos y sabios de su tiempo ni los letrados y expertos de la Ley. Eran la «gente de la tierra» como les llamaban despectivamente los fariseos. Y su grupo íntimo estaba formado por pescadores del mar de Galilea.

            La pregunta de Jesús – «vosotros, ¿quién decís que soy?» -, no puede ser más directa. La gente decía que era Juan Bautista, Elías o un profeta. Todos del pasado. Pedro responde categóricamente: «tú eres el Mesías». Y Jesús le manda callar. Pero a continuación, comenzó a instruirles por si se habían hecho una idea triunfante del Mesías. Les explicó su destino de muerte y resurrección. Y san Marcos añade que «se lo explicaba con toda claridad». No había, por tanto, posibilidad de duda. De ahí que Pedro, volviendo sobre sus pasos, se atrevió a increparlo en solitario. Y Jesús, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios!». Quien lea esta misma escena en el evangelio de san Mateo, se dará cuenta de que se narra de otra manera. Pedro queda mejor, pues primero recibe la felicitación de Cristo por haber conocido la verdadera identidad de Jesús, lo cual le merece la promesa del Primado; y sólo después, en una escena posterior, narra el reproche a Pedro por intentar apartar a Jesús de su camino.

            Es claro que, aunque Pedro recibiera la revelación sobre quién era Jesús, no comprendió el alcance de su destino. Se quedó en el umbral del conocimiento de su identidad, que sólo llegaría en la Resurrección. Pedro se mueve en un claroscuro que alterna el pensamiento de Dios y el de los hombres. Es el tipo de hombre que quiere creer, pero se resiste a aceptar las consecuencias últimas de la fe. Busca la fe fácil, adaptada a su medida. Una fe amaestrada por la razón que impone sus criterios sobre lo que Dios debe hacer o no. La fe de tantos hombres de hoy que se atreven a decir: Esto es digno de Dios y esto no. Como si el hombre pudiera dictarle a Dios cómo debe proceder. «El único camino – escribe F.F. Bruce – para descubrir qué es una cosa digna de la acción de Dios es considerar lo que Dios ha hecho realmente. El hombre que dice “yo no podría tener una alta opinión de un Dios que hiciera (o no hiciera) esto o aquello” no añade nada a nuestro conocimiento de Dios; él nos dice simplemente algo sobre sí mismo».

            La cruz es el mayor enigma de la vida de Cristo. Los griegos la definían como necedad o locura; para los judíos era un escándalo. Y aunque Jesús habló con toda claridad, Pedro se revuelve contra la cruz y su Maestro tiene que reprenderle delante de los discípulos, a pesar de haberle prometido el Primado. Como si quisiera advertirle de que a lo largo de su vida debería vivir en el claroscuro de la fe, atento a cualquier maniobra del enemigo que le ofreciera una fe sin cruz, sin escándalo, sin locura. Una fe amañada por los intereses humanos que olvidan las palabras últimas del evangelio de hoy: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8,34).

  + César Franco

Obispo de Segovia

 



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