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El emerger de la Gracia: Cuadros espiritualidad para el mes de septiembre de 2012, por la laica Araceli de Anca

El emerger de la Gracia en el alma: Cuanto más una persona deje emerger en su alma el bien, la verdad y la belleza -vestigios de Dios-, tanto más se hará un gran hombre o una gran mujer.

                     “Las criaturas -dice san Juan de la Cruz- son como un rastro del paso de Dios. Por esta huella se rastrea su grandeza, poder y sabiduría y todos sus atributos” (CANTICO ESPIRITUAL 5, 3).

Y, naturalmente, cuanto más se sumerja la criatura en el mal y el error, haciendo de sí una persona des-almada, tanto más difícil será encontrar en ella la Huella de Dios.

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                     El emerger del alma cristiana en la sociedad.

Cuanto más los cristianos vivan los valores con sentido sobrenatural, tanto más esos valores aflorarán en la sociedad.

En la Carta a Diogneto, leemos: “…lo que es el alma en el cuerpo esos son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma visible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo pero su religión permanece invisible”.

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                     El emerger del Espíritu Santo -Alma del Cuerpo Místico- en la Santidad de la Iglesia.

Cuanto más el cristiano se esfuerce por vivir la santidad, tanto más hará que se fortalezca y extienda la Iglesia por toda la tierra.

                     “Lo que el alma es al cuerpo del hombre -explica san Agustín- eso es el Espíritu Santo al Cuerpo de Jesucristo, que es la Iglesia. El Espíritu Santo hace en la Iglesia lo que el alma hace en los miembros de un cuerpo”.

 

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La Palabra de Dios penetrará tanto más en el alma y en el corazón de las gentes,    cuanto más la sabiduría humana coopere con la Sabiduría divina.

 

La ciencia explica cómo actúan las diversas clases de partículas radiactivas:

Radiaciones alfa: no penetran más allá de la piel humana.

Radiaciones beta: pueden penetrar en los tejidos humanos, y unos dos centímetros en el agua.

Radiaciones gamma: pueden atravesar el cuerpo humano, sin embargo, quedan absorbidas en una pared de hormigón de un metro de grosor.

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Pues bien, cuando haces apostolado con superficialidad y sin haberlo rezado, la Palabra de Dios no penetrará ni en el alma ni en el corazón del oyente: estás haciendo apostolado “alfa”…

…y si lo hicieras sin prudencia, sin don de lenguas, hablando a la persona intelectual y cultivada sin argumentos, como si tuvieras delante al que sólo puede creer con “la fe del carbonero” o, por el contrario, hablaras a la persona sencilla, de poca cultura, con razonamientos “subidos” de un santo Tomás de Aquino: estarías haciendo apostolado “gamma”, porque a ambos por un oído les entraría y por el otro les saldría.

Pero si, a pesar de nuestra imprudencia, la Palabra de Dios penetrara en un corazón recto aunque estuviera muy alejado de Dios, este apostolado “gamma” sería ocasionalmente eficaz.

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Sin duda, el mejor apostolado –dar a conocer a Jesucristo- será el “beta”: el que penetra en el corazón y en el alma, y ahí se queda.

                     “En la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos -dice san Pablo a Timoteo-, por su manifestación y por su reino te advierto seriamente: predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, reprocha y exhorta con toda paciencia y doctrina”

(II Timoteo 4, 1-2).

 

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Amar al prójimo “más próximo” a lo humano y a lo divino, y… después seguir       amando a todos, en círculos cada vez más amplios, hasta llegar a la solidaridad     universal.

 

Sobre la energía atómica se ha escrito en un artículo de divulgación: “Si se bombardea el núcleo del átomo de un material radiactivo con un neutrón, en el choque se desprende una enorme cantidad de energía en forma de calor, que es la que se aprovecha en las centrales nucleares. Como fruto del choque, se obtienen dos átomos de otro material y la liberación de partículas radiactivas y neutrones.

                     Se establece entonces una reacción en cadena, con una alta temperatura. Si no se regula estalla en forma de bomba atómica, pero regulada presta enormes cantidades de energía”.

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Pasando ahora al terreno humano, sería maravilloso que cada uno de nosotros hiciera de su corazón una “central nuclear de amor”, donde la virtud de la justicia regulara aquella exigencia que el ciego egoísmo ejerce sobre los demás, porque evitaría las frecuentes “bombas atómicas” que estallan ante la indiferencia y el odio.

Si viviésemos la justicia desprenderíamos amor, siguiendo los mismos pasos que regulan la energía atómica:

– primeramente habríamos de “bombardear” nuestro egoísmo para que se desprendiera el amor que debemos a nuestro prójimo, y que en un cristiano será Amor de Dios

– y después, bombardeando asimismo los egoísmos familiares, de grupo, sociales, y hasta nacionales –”te doy porque me das”-, formaríamos una “reacción de amor en cadena”. Amor que, comenzando por amar al más próximo -por el amor a la familia y a la sociedad que nos rodea-, liberaría calor humano en un cariño sincero y amor auténtico. Amor que traspasaría fronteras y fronteras hasta llegar a la solidaridad internacional.

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                     “Este breve mandato se te ha dado de una vez para siempre -dice san Agustín-: ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno”  (COMENTARIO A LA PRIMERA EPISTOLA DE SAN JUAN,  7).

 

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Pedir al Espíritu Santo buenas “explicaderas” para dar a conocer a Dios y a su Cristo     a toda clase de personas.

 

El Libro del Génesis narra el episodio de la Torre de Babel: “Era entonces toda la tierra de una misma lengua y unos mismos vocablos (…). Luego dijeron: ‘Ea, edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo y nos crearemos un nombre” (11, 1 y 4)… pero no previeron aquellos hombres que por ese acto de orgullo les castigaría el Señor: “…confundamos allí su lengua, a fin de que nadie entienda el habla de su compañero (…) y cesaron de construir la ciudad” (o.c 11, 7-8).

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Curiosamente, un hecho radicalmente opuesto ocurrió el día de Pentecostés; estando los discípulos reunidos en el Cenáculo, narra san Lucas, “de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente (…). Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos” (Actas 2, 2-3), quedando todos llenos del Espíritu Santo, “y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les hacía expresarse” (2, 4); ante aquel ruido, como de viento, se reunió una multitud venida de todas las naciones que habitaba en Jerusalén, y “quedó perpleja, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua (…) las grandezas de Dios” (2, 6 y 11).

Pues bien, nosotros, como entonces los Apóstoles, daremos a conocer la Doctrina de Jesucristo con un peculiar don de lenguas, adaptándonos inteligentemente a las condiciones culturales y a la formación religiosa de la persona que nos escucha.

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Si tienes buenas “explicaderas”, ¡ejercítalas!; si no las tienes, ¡pídeselas a Dios!, y pídele además “entendederas” para el que te escucha.

El Espíritu Santo concede, dice san Pablo: “…diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; y diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y diversidad de acciones, pero Dios es el mismo, que obra todo en todos. A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para provecho común; a uno se le concede por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de ciencia según el mismo Espíritu (…), a uno diversidad de lenguas, a otro, interpretación de lenguas”

 (I Corintios 12, 4-10).

 

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A mayor Visión sobrenatural, menor inquietud advertirá nuestra alma.

 

Un ciclón aterrador se precipita sobre una comarca. ¿Arrasará las casas construidas con hormigón y buenos cimientos? ¡No! Ese viento furioso y agresivo sólo se llevará por delante las casas de caña y adobe de los barrios pobres.

Ante los fenómenos atmosféricos está claro que a mayor seguridad de refugio corresponde una menor preocupación.

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De otro modo, si yo construyo mi vida interior sobre los cimientos sobrenaturales: Presencia de Dios, Oración, Sacramentos, espíritu de sacrificio y buenas obras hechas en amistad con Dios…, mi camino hacia la santidad transcurrirá sereno y confiado en mi vida ordinaria, en el trabajo, en la familia y en las relaciones sociales.

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¡Alma, calma! Ármate de Visión sobrenatural en los afanes de tu vida, y con esta arma ten por seguro que si aun poniendo afanosamente los medios eficaces y adecuados dudas de estar viviendo con la perfección suficiente…, no te agobies, porque con la Gracia de Dios puedes alcanzar la santidad, como dice san Pablo: “Y esta confianza la tenemos por Cristo ante Dios. No es que por nosotros seamos capaces de pensar algo como propio nuestro, sino que nuestra capacidad viene de Dios” (II Corintios 3, 4-5).

 

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La Vida eterna de los Bienaventurados será siempre nueva en el Amor, porque     amándonos Dios con Amor eterno (cfr. Jeremías 31, 3), en Él jamás nada se hace antiguo.

 

Lo leemos en el Génesis: Dios crea el mundo de la nada, en el que todo lógicamente es nuevo, y lo da por terminado en seis días. “Al principio creó Dios el cielo y la tierra (…). Y, habiendo rematado Dios en el día séptimo la obra que hiciera, en ese día séptimo descansó de toda la labor realizada, y bendijo Dios al día séptimo, y lo declaró santo, por haber reposado en él de toda la obra que Dios, al operar, había creado” (1, 1 y 2, 2-3).

Pero pasa un tiempo y se produce una gran hecatombe. ¡El hombre peca! Y Dios a pesar de ser ofendido, en ese mismo momento, por el gran Amor que nos tiene, anuncia la Redención del género humano en el llamado “Protoevangelio”: “Pondré enemistad entre ti (Satanás) y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón” (Génesis 3, 15).

Y pasan los siglos… y Dios vuelve a anunciar, por Isaías, la Redención:

                     “¡No os acordéis de lo antiguo, y de lo pasado no os cuidéis!

                      He aquí que voy a realizar cosa nueva. Ya brota, ¿no lo notáis? Ciertamente, en el desierto haré un camino; en región desértica y árida, ríos” (Isaías 43, 18-19).

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Pues bien, Jesucristo, Dios y Hombre, que quiso culminar la Redención con la Pasión, Muerte y Resurrección, muere el día  de Viernes Santo y descansa de su Trabajo Redentor durante todo el Sábado Santo. “Es el misterio del Sábado Santo -leemos en el Catecismo- en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero” (nº 624).

Y será al día siguiente, en el Domingo feliz de la Resurrección, cuando comience una Nueva Creación.

“…si alguno está en Cristo -dirá San Pablo-, es una nueva criatura; lo viejo pasó; he aquí que ha llegado lo nuevo”  (II Corintios 5, 17).

Por la Gracia divina nacerá la nueva criatura de la Nueva Creación, que ya había anunciado Jesús a Nicodemo: “No te sorprendas de que te haya dicho que os es preciso nacer de nuevo” (Juan 3, 7).

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En la otra Vida, en el Eterno Presente divino, actividad y reposo en Dios serán una misma cosa; y el eterno domingo, festivo y alegre, se confundirá con el eterno descanso sabático.

En la otra Vida comenzará, sin jamás terminar, la eterna novedad de estar estrenando siempre “un cielo nuevo y una tierra nueva -como leemos en el Apocalipsis-, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe” (21, 1).

                     “El que estaba sentado en el trono dijo: Ahora hago nuevas todas las cosas” (21, 5).

 

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No sólo Cristo nos ha redimido sino que quiso, además, que fuéramos corredentores con Él.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica explica que en el Bautismo se unja al neófito con el Santo Crisma, porque “significa la participación del bautizado en las funciones profética, sacerdotal y real de Cristo” (nº 1291).

De esta participación en las funciones de Cristo, por la que podemos “ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo”, como dice san Pedro (I Pedro, 2, 5), podemos deducir que por la Gracia del Bautismo hemos sido erigidos en sacerdotes de nuestra propia vida.

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¿Y cuáles serán, pregunto yo, en el cristiano, esas víctimas, ofrendas espirituales dignas de ser ofrecidas a Dios? Como participantes que somos del sacerdocio común de los fieles, esas ofrendas espirituales son las que nos salen al paso en la vida ordinaria: el dolor -sufrimientos- y el sudor -trabajos-: ofrendas principales, sin despreciar aquellas otras que reclame el amor: los mil sacrificios y mortificaciones y las obras que el espíritu de servicio nos demande: obras de amor que a veces serán extraordina­rias y otros pequeños sacrificios.

Y le ofreceremos a Dios el “sudor” del trabajo y el “dolor” del  sufrimiento, porque, presentes en el mundo, después del pecado de Adán y Eva, sabemos que Dios los aceptará, pues desde que Cristo convirtió la maldita cruz de ignominia en bendita Santa Cruz de Redención, “sudor” y “dolor” se han transformado en materia redentora y purificadora.

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Es preciso, dice san Gregorio Nacianceno que “ofrezcamos a Dios todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones”  (ORATIO 45, 23: PG 36, 655).

Éste es el Ofrecimiento de Obras que se hace corredentor cuando es ofrecido en bien del Pueblo de Dios, y que ocupa un lugar destacado en la Santa Misa, donde oramos, diciendo: “Que Él (Cristo) nos transforme en ofrenda permanente” (Plegaria Eucarística III); oración, que a modo de jaculatoria podemos repetir durante el día, para ofrecer frecuentemente “nuestro ser con todas nuestras acciones” (Ibidem).

 

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Cuanto más la soberbia lleva a querer suplantar a Dios, tanto más la Humildad     divina             lleva a Dios a abajarse hasta nuestra pequeñez.

 

Narra el Libro Sagrado que de entre las gentes que se esparcieron por la tierra después del diluvio universal, unos “encontraron una vega en el país de Sinar y se establecieron allí. Dijéronse unos a otros (…): ‘¡Vamos a edificarnos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo! Así nos haremos famosos, para no dispersarnos por toda la faz de la tierra'” (Génesis 11, 2 y 4)…, pero aquellos hombres no lograron hacerse con lo que su vanidad y orgullo había programado.

Más tarde, de otra edificación, sublime sin comparación por sobrenatural, hablará san Pablo. Es aquélla que se construye “sobre el cimiento de los Apóstoles y los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús (…), en quien también vosotros sois juntamente edificados para ser morada de Dios por el Espíritu” (Efesios 2, 20-22).

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Edificar para Dios es preocuparse de que todos formen parte de esa edificación, es llevar a la gente a Dios salvando a la persona en su integridad humana, preocupándose por el bienestar familiar, por el trabajo, el descanso, la salud, aficiones, relaciones sociales, y lo más importante: salvarla para la Gloria del Cielo.

“Es la persona del hombre la que hay que salvar -explica el Concilio Vaticano II- (…) el hombre, uno y total, cuerpo y alma, corazón y conciencia, entendimiento y voluntad”.

Para este Plan de Salvación Dios bajó a la tierra, y así revelará san Juan: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna” (Juan 3, 16).

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¡Gracias Dios mío!, porque habiéndote puesto a mi pequeña altura, ¡Tú me puedes escuchar!, y yo, confiadamente, te puedo hablar.

Con tu siervo y rey David, me atrevo, Señor, a pedirte:

“Porque sé que oirás mis peticiones te invoco yo, mi Dios; inclina tu oído a mí, y escucha mis palabras” (Salmo 16, 6).

 

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El eco que produce el pecado se llama escándalo, y el eco que produce el buen y bien           hacer se llama virtud.

 

Damos un golpe y su onda sonora repercute en el aire: ¿Quien será capaz de medir su último eco?, ¿hasta dónde llegará su onda sonora?

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Se comete una acción buena o mala: ¿Quién será capaz de saber hasta donde repercutirá su última consecuencia?

Sabiendo que los actos humanos son imitables, cualquier acto bueno debería ser propagado, aireado al viento; por el contrario el acto malo, silenciado.

Por eso, los hijos de Dios reclaman que a quien Dios le dio facilidad de pluma y gracia en su arte, escriban más vidas de héroes y de santos…, porque de narraciones viles y criminales ya se encargan los que escuchan consignas diabólicas.

Y si los que hacen el mal no tienen pudor en lanzar propagandas inmorales y escritos que incitan a la violencia…, los que aman el bien, ¿se cohibirán bajo capa de  humildad, de falsa humildad, para gritar el bien y la verdad, y que la onda sonora de sus escritos se expanda con fuerza?

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De la palabra que puede hacer el bien y queda silenciada, manifiesta la Escritura Santa: “Sabiduría oculta y tesoro escondido, ¿qué provecho hay en ambos? Mejor es el hombre que tapa su necedad que el hombre que oculta su sabiduría” (Eclesiástico 20, 32-33).

Y a los que propagan el mal, Jesús les advierte: “¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que vengan los escándalos. Sin embargo ¡ay del hombre por cuya culpa se produce el escándalo!” (Mateo 18, 7).

 

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La cultura de la levedad que se asienta en el robar peso a las cosas, se contradice con        el peso que dio el Creador a cada cosa.

 

Lo ha escrito Daniel Innerarity:

                     “…la era de la levedad o ligereza representa únicamente un proceso de banalización de lo real (…), vaguedad, imprecisión, sugestión, ambigüedad, flexibilidad, apertura, autonomía, versatilidad” (Revista ACEPRENSA, Servicio 92/93).

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                     “Todo parece encaminado -dice el citado autor- a eliminar las últimas secuelas de un mundo disciplinado. La realidad ha perdido espesor. Un “ethos” sin crispaciones con sus virtudes propias: contra lo pesado, la esbeltez; contra lo emblemático, lo decorativo; contra lo serio, el humor; contra lo autoritario, lo sugestivo; contra la tensión, el relajamiento; contra la intervención, la participación; contra la frialdad, la cordialidad; contra la rigidez, la flexibilidad” (Ibidem).

Todo esto es correcto, ahora bien, continúa diciendo, “si renunciamos a entender como opuestas la flexibilidad y las convicciones, habremos conseguido evitar el enquistamiento pero también una necesidad muy en boga que consiste en elevar la flexibilidad al rango de virtud cardinal” (Ibidem).

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Pero, ¡atención a la cultura de la levedad!, porque los que en su modo de hacer y pensar roban peso a las cosas tal como Dios las quiere, tildarán de exagerados a quienes tratan de seguir más y más a Cristo.

A éstos se dirige san Agustín cuando predica: “Como ciego que oye las pisadas de Cristo que pasa (…), cuando haya comenzado a realizar estos pasos (que me acercan a Cristo), mis parientes, vecinos, y amigos comenzarán a bullir. Los que aman el siglo se me ponen enfrente. ¿Te has vuelto loco? ¡Qué extremoso eres! ¿Por ventura los demás no son cristianos? Esto es una tontería, esto es una locura. Y cosas tales clama la turba para que no clamemos los ciegos”

 (SERMON, 88).

 

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Los medios, que sean adecuados y suficientes al fin que se quiera lograr.

 

Bromeando, alguien dice: “No, supongo que no intentarás poner tu coche en marcha, echando salsa de tomate en el depósito, ¿verdad?…   Ni tampoco pensarás ir de París a Málaga con un sólo litro de gasolina, ¿o sí te atreves?

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De modo semejante, si tu oración es de “pascuas a ramos” y vives caprichosamente tus obligaciones con Dios: “Ahora quiero”. “Ahora no me apetece”, no pretenderás vencer las tentaciones que te presente la vida.

Y si tu visión es humana para la “cosa” divina, y sólo confías como aquellos israelitas confiaban en sus carros y guerreros (cfr. Oseas 10, 13-14) en vez de confiar en Dios, tampoco podrás aspirar a una santidad a la que no se llega con frivolidades sino poniendo los medios para ganar la Gracia divina.

¡Da Gloria a Dios! Si quieres vivir el ideal de santidad y afanarte por la salvación de las almas, habrás de tener en primer lugar una intensa vida sacramental, un verdadero espíritu de servicio, alimentado por una oración constante, una fidelidad llena de fortaleza, una actitud agradecida y un hábito de contrición que sepa aceptar las limitaciones de una naturaleza herida por el pecado original, razón por la que no podemos hacer nada si no contamos con la Gracia de Dios.

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Hacer de la vida un acto de oración es obedecer a Jesús, que con frecuencia insiste: “…sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer” (Lucas 18, 1).

 

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Tres etapas de la vida interior.

 

                     Cumplir los mandatos divinos.

Cumplir porque no hay más remedio, es de esclavos; y cuando así se cumple lo mandado, se está cumpliendo por temor al castigo.

El hombre cuando ve a Dios como un ser lejano, sólo cumplirá los Mandamientos, si bien porque ama poco procurará únicamente no traspasar el nivel del pecado mortal; cumplirá la Ley de Dios, pero por miedo al infierno.

Decía Jesús: “…cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer” (Lucas 17, 10)

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                     El trato de amistad con Dios.

Quien busca el trato con Dios en la oración va saboreando el trato de la amistad divina, aunque quizá consienta, por debilidad, en algún pecado venial y en multitud de imperfecciones.

Este amigo de Dios frecuentará Sacramentos, a veces se mortificará, respetará la Sabiduría contenida en los Mandamientos, cumpliéndolos por el temor de no disgustar a Dios: ha dado un gran salto, ha pasado del miedo del esclavo al temor por amor, aunque la santidad la considerará todavía muy lejana como para aspirar a ella.

                     “Ya no os llamo siervos -dice Jesús-, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15).

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                     Unión de voluntades.

Aquí, el Amigo divino se hace Esposo de quien le busca por Amor haciendo del Amor su norma de vida; se fusiona su voluntad humana con la de Dios, y no sabría distinguir ya entre el querer suyo y el de Dios: lo que desea el Amado, él lo ama.

El alma santa ha metido a Dios en su corazón, en su alma: Dios es todo para ella; sin Dios a nada le encuentra sentido.

Ahora no sólo amará a Dios sino que amará todo y a todos con el Amor de Dios.

Se siente hijo de Dios, hermano de Jesucristo, y su amor es esponsal.

La oración se hace íntima, y si algo extraordinario recibe de Dios, tendrá pudor en darlo a conocer, porque, como dice el Arcángel san Rafael a Tobías, “Secreto del rey, bueno es callarlo” (Tobías 12, 7); mas, por todos los medios, querría pregonar a todas las almas que “las obras de Dios, glorioso es revelarlas”, como hace distinguir el Arcángel a Tobías (Tobías 12, 7).

Esa alma santa sólo desea la mayor Gloria de Dios, ser “Alabanza de su gloria”

 (Efesios 1, 12).

 

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Los “puentes” que se tienden desde la tierra a la Eternidad.

 

El primero será el que comienza en el conocimiento inicial de Dios. “Esta es la vida eterna -dice Jesús, dirigiéndose al Padre-: Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú has enviado” (Juan 17, 3)…

…y termina en el pleno conocimiento de Dios en el Cielo, donde dice la Liturgia que “al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo Nuestro Señor” (Plegaria Eucarística III).

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De un segundo “puente” diremos que es el de la consolación de Dios por nuestras aflicciones, “Porque -dirá san Pablo que-, así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así abunda también nuestra consolación por medio de Cristo” (II Corintios 1, 5)…

…y concluye en la plena consolación de Dios en el Cielo, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de su gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos

 (cfr. Plegaria Eucarística III).

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Y por fin hay un último “puente” que se extiende hacia la real posesión de Dios, dentro de la oscura luminosidad de la Fe…

…de la Fe en Cristo, Quien dice de Sí mismo: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Juan 6, 51)…

…y de la Fe en el Espíritu Santo, de Quien nos promete Jesús: “…y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre” (Juan 14, 16).

Y es éste un “puente” que finalizará en el Cielo, en donde desaparecerá la Fe al no ser ya necesaria ante la visión de Dios. “Yo con justicia veré tu rostro –canta el salmista-, al despertar seré saciado con tu presencia” (Salmo 16, 15).

 

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¡Gran regalo de Dios!: el bautizado recibe un espíritu de hijo, en el que puede clamar: ¡Abbá, Padre! (cfr. Romanos 8, 15)… Abbá, que en castellano se traduce por el cariñoso y     confiado papaíto”.

 

¡Sí!, estaremos de acuerdo en decir que si tan humana, tan agradable es la confianza, repulsivas por el contrario son, las confianzas, de las que dice un autor: “Más o menos tarde la vulgaridad de los modales hace vulgar el corazón” (Andre Piettre).

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Pues la confianza que Dios quiere que le tengamos habrá de ser exquisita; confianza en el trato cariñoso de “tú a tú” en la oración, en la Presencia de Dios, en la esperanza de su acogida amorosa, ¡en el sencillo trato del hijo pequeño con su Padre Dios!…

…pero el tomarse confianzas en el trato con Dios entristecerá al Espíritu divino (cfr. Efesios 4, 30) porque supone falta de Piedad, de respeto a su Nombre Santísimo… y de adoración cuando la genuflexión fuera poco digna ante el Santísimo Sacramento.

Y desagradarán también a Dios la falsa confianza en una esperanza que no es la verdadera Esperanza, porque se burla de la Justicia divina, al pensar que Dios puede perdonarnos sin arrepentimiento.

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Sobre las confianzas del que ora con superficialidad, escribe san Cipriano: “Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de voz moderado” (TRA­TADO SOBRE LA ORACION, 4-6).

 

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El afán de nuestros corazones será que “irradien el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo”, como dice san Pablo (II Corintios 4, 6).

¡Sagaz el mundo de los vendedores! Con detenimiento analizan la publicidad comercial, diciendo que el camino visual del “Lay-aut” esté controlado, evitando que la atención no se extravíe sino que se centre en el mensaje del anuncio; de lo contrario, el anuncio será inútil, e inútil el gasto de tiempo y dinero.

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Eso es algo que ya sabiamente empleaba san Pablo, pues su predicación la centraba en Jesucristo.

Nosotros, ahora, seguiremos los pasos del gran Apóstol. Cuando hagamos apostolado, si queremos que sea eficaz, hablaremos sencillamente de Dios y de su Cristo y no nos iremos por las ramas.

“Como aquellos peregrinos de hace dos mil años –escribe Juan Pablo II- los hombres de nuestro tiempo, no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo ‘hablar’ de Cristo, sino en cierto modo hacérselo ‘ver'” (Novo millennio ineunte, nº 16).

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                     “Y yo, cuando vine a vosotros, hermanos -escribe san Pablo a los de Corinto-, no vine a anunciaros el misterio de Dios con sublime elocuencia o sabiduría, pues no me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado (…), y mi mensaje, y mi predicación, no se han basado en palabras persuasivas de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder, para que vuestra fe no esté fundamentada en sabiduría humana, sino en el poder de Dios”

 (I Corintios 2, 1-5).

 

 

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