Editoriales Ecclesia

Él, el Resucitado, nos quiere vivos, y quiere una Iglesia viva y resucitada – editorial Ecclesia

Él, el Resucitado, nos quiere vivos, y quiere una Iglesia viva y resucitada – editorial Ecclesia

La portada de este número ya pascual de ECCLESIA reza «¡Él nos quiere vivos!». Y es que la Pascua del Señor resucitado no es «solo» suya, es la prenda de la nuestra. El arco de bóveda, la clave de nuestra fe es Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado. Y esta, y no otra, es y ha de ser la razón de ser de la Iglesia y de su misión.

La Pascua es la vocación de la Iglesia. Es su destino y su heredad. Somos ciudadanos del cielo, de un cielo y de una Pascua que solo se pueden ganar en la tierra. La cruz de Cristo nos redime, pero no nos garantiza automáticamente la salvación, que hemos de lograr completando en nuestra carne y en nuestra alma lo que le falta a su Pasión redentora. Pasión y Pascua se funden, de este modo, en una unidad indivisible y santa.

Somos herederos de la Pascua, de una Pascua, que solo llega desde la cruz. La Pascua es el Calvario; y la cruz teje la gloria Es preciso saber morir —no solo la muerte corporal y terrena, sino también tantas pequeñas muertes cotidianas al hombre viejo— para poder resucitar. Muriendo —sí— se resucita a la vida eterna. Pero todo ello, solo desde Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado.

Nuestra Iglesia católica presente vive asolada en medio de la crisis gravísima de los casos de pederastia acontecidos en su seno. Junto a esta crisis, ya de por sí severa y dolorosa, se suman, al menos en Occidente, la gran penuria vocacional —que condiciona, y tanto, el relevo generacional en la vida sacerdotal y consagrada—, la secularización externa e interna y el todavía lento —aunque muy esperanzador— despertar del laicado.

Para ser Iglesia y Pueblo de la Pascua, nuestra Iglesia necesita renovarse interiormente y hacerlo con sinceridad, exigencia y verdad. Sin autocomplacencias vanas, sin derrotismos estériles, sin neopelagianismos y neojansenismos de ninguna naturaleza.

Necesitamos, con palabras del Papa Francisco, en su homilía del pasado Domingo de Ramos, huir del triunfalismo, que «trata de llegar a la meta mediante atajos y compromisos falsos». Que «busca subirse al carro del ganador». Que «se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados…». Y, muy particularmente, de esa «forma sutil de triunfalismo», que «es la mundanidad espiritual», «el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia».

Contra la mundanidad espiritual, acaba asimismo de prevenirnos el papa emérito en un extenso y denso artículo suyo, recién publicado, donde ofrece luminosas, aunque dolorosas y exigentes, reflexiones sobre las raíces de los escándalos de pedofilia en la Iglesia. No han faltado quienes se han rasgado las vestiduras ante estas aportaciones de Benedicto XVI.

Pero, ¿cómo negar que la revolución sexual de hace medio siglo, engendradora de nuestra cultural tan pansexualizada y, a la par, tan hipócrita —que busca lo que escandaliza para después fomentar, de un modo u otro, lo que condena—, está detrás de esta crisis? ¿Cómo negar que el debilitamiento y oscurecimiento de la moral católica y el relativismo dominante están igualmente entre sus causas? ¿O cómo refutar su afirmación de que la obstinación de vivir como si Dios no existiera y en el empeño adolescente y narcisista de refundar su Iglesia han sido también caldo de cultivo para todo esto?

Nuestra Iglesia debe resucitar de la muerte de esta gravísima situación. Pero debe hacerlo con valentía moral, con libertad frente a las presiones mediáticas, con autenticidad evangélica y con conversión pascual. Porque Él, el Resucitado, nos quiere vivos, y quiere una Iglesia viva y resucitada.

 

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