Año de la Fe 2012 - 2013 Especiales Ecclesia

El discurso de la luna: La caricia de Juan XXIII al mundo, el día en que se inauguró el Concilio

Por Luis Marín de San Martín, OSA

 

Eran alrededor de las 19.00 horas del jueves 11 de octubre de 1962. Por la mañana Juan XXIII había inaugurado solemnemente el Concilio Ecuménico Vaticano II con un discurso memorable en la basílica de San Pedro, ante los casi dos mil quinientos padres conciliares. Había sido una jornada festiva y densa, de profundo sabor eclesial.

Convocados por los jóvenes de Acción Católica afluían hacia la Plaza de san Pedro, a través de la Vía de la Conciliación, miles de personas (unas doscientas mil, según fuentes de la policía) en una vistosa procesión de antorchas en honor de los padres conciliares. Querían recordar la realizada en Éfeso en el año 431, celebrando el dogma de la Divina Maternidad de María. En el programa de actos de la jornada, aprobado el papa, se indicaba que Juan XXIII se asomaría esa tarde a la ventana de ángelus para bendecir a los fieles.

 

En esos momentos el papa estaba reunido con el secretario de Estado, cardenal Amleto Giovanni Cicognani. El secretario particular, monseñor Loris Capovilla, llamó a la puerta del despacho. En la mano llevaba la estola, para ponérsela al papa sobre los hombros. “Santidad, ¿está preparado? Es la hora”. “¿La hora de qué?, respondió Juan. “De asomarse para bendecir”, indicó el secretario. “Ah no. Ya he pronunciado el discurso esta mañana. No está bien que el papa se asome de nuevo. Ya hemos concluido por hoy”. Evidentemente, se había olvidado de lo recogido en el programa, aprobado previamente por él.

 

Capovilla se valió de la curiosidad del papa. “Santidad, no se asome. Pero vea al menos la Plaza… Parece como si estuviera incendiada”. Juan XXIII miró a través de las contraventanas. El espectáculo era impresionante. Miles de antorchas no dejaban posarse la oscuridad. El papa se dirigió a su secretario: “Bien, ponme la estola. Saldré a la ventana y bendeciré. Pero no hablaré”.

Conmovido por los miles de personas que tenía ante él, asombrado por la bellísima visión de las antorchas, Juan XXIII pronunció uno de sus discursos de mayor resonancia. Habló directamente al corazón y, ciertamente, penetró en los corazones de quienes le escuchaban. Fue un discurso completamente improvisado, en el que saltaba de un tema a otro, sin cuidar la estructura sintáctica pero, en verdad, lleno de la frescura del Evangelio. Un excelente complemento del solemne e importantísimo de la mañana y una perfecta conclusión para la intensa jornada en la que se inauguró el Concilio. Todos recuerdan la evocación de la luna “que se ha apresurado esta noche para mirar este espectáculo”; también ha quedado en la memoria la tierna petición del viejo padre: “Regresando a casa, encontraréis a los niños; hacedles una caricia y decidles: ésta es la caricia del papa”. Pero tal vez sea bueno detenernos igualmente en esas otras que ofrecen la clave del discurso y de la entera vida de Juan XXIII: “Mi persona no cuenta nada; es un hermano que os habla, un hermano que se ha convertido en padre por voluntad de nuestro Señor. Pero todo junto, paternidad y fraternidad, es gracia de Dios. ¡Todo, todo!”.

Impulsada por el Espíritu Santo, hace cincuenta años se inició una nueva primavera para la Iglesia. Un tiempo de esperanza que, como ha señalado Benedicto XVI, nos compromete a todos en la hermosa tarea de lograr que se vea de nuevo con claridad, como hizo el papa Juan, que Dios está presente en nuestro mundo, nos mira y nos responde.

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