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El desperdicio de alimentos, la Biblia y nosotros, por Fernando Chica

El 29 de septiembre ha sido declarado por las Naciones Unidas como el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos. Esta iniciativa nos brinda una ocasión para detenernos y reflexionar acerca de una realidad muy importante y cotidiana, que pasa demasiado desapercibida. A veces queremos hacer algo para acabar con el hambre en el mundo, pero no sabemos cómo. Quizá dentro de casa, en nuestra cocina y en nuestro comedor, tengamos alguna respuesta efectiva y asequible.

Los datos son contundentes. Por ejemplo, un tercio de los alimentos producidos en el mundo se pierde o se desperdicia para el consumo humano, lo cual equivale a más de la mitad de todos los cereales producidos. Se estima que solamente con una cuarta parte de las pérdidas y del desperdicio de alimentos se podría alimentar a 870 millones de personas, equivalente al número total de personas subalimentadas en nuestro mundo.

También llamativo es que el 42% de esas pérdidas se produce dentro de los hogares (un 39% ocurre en la industria, un 14% en la restauración y un 5% en el comercio). De hecho, más de tres cuartas partes de los hogares españoles reconoce que desperdicia alimentos, por una cantidad total de 26,2 millones de kilos cada semana. De ellos, el 76% son productos sin elaborar (sobre todo, frutas, verduras, hortalizas, lácteos y pan) y en 24% son platos cocinados, especialmente carnes, potajes, legumbres, sopas y purés. Sin duda, con un poco más de cuidado, una mayor atención y una mejor planificación familiar, la situación podría mejorar mucho. Está al alcance de nuestra mano.

En estos párrafos quiero, sencillamente, ofrecer algunos textos bíblicos que nos ayuden a tomar conciencia de esta sangrante y cotidiana realidad, invitando al mismo tiempo a una acción mas responsable, coherente y solidaria. Es evidente que el contexto socioeconómico de los pasajes bíblicos es muy distinto del nuestro en el siglo XXI. No se trata de hacer una exégesis rigurosa, sino de dejarnos inspirar por ciertos pasajes que muestran la necesidad de una correcta utilización y distribución de los alimentos.

Empecemos por el libro del Éxodo. Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto y atravesó el desierto durante cuarenta años, sintió hambre y el Señor Dios le suministró codornices y el maná. Moisés lo explica así: «Éstas son las órdenes del Señor: que cada uno recoja lo que pueda comer, dos litros por cabeza para todas las personas que vivan en cada tienda. Así lo hicieron los israelitas: unos recogieron más, otros menos. Y al medirlo en el celemín, no sobraba al que había recogido más, ni faltaba al que había recogido menos: había recogido cada uno lo que podía comer. Moisés les dijo: —Que nadie guarde para mañana. Pero no le hicieron caso, sino que algunos guardaron para el día siguiente, y salieron gusanos que lo pudrieron. Y Moisés se enfadó con ellos» (Ex 16, 16-20). Por tanto, este pasaje se convierte en una advertencia contra el despilfarro y contra las dinámicas de acaparar alimentos.

La realidad del hambre, desgraciadamente, ha acompañado la historia de la humanidad y, también, la historia bíblica. Recordemos dos ejemplos significativos. Primero, en el tiempo de los patriarcas, cuando «la carestía cubrió todo el país. José abrió los graneros y vendió grano a los egipcios, mientras el hambre arreciaba en Egipto. Todo el mundo venía a Egipto, a comprar grano a José, pues el hambre arreciaba en todas partes» (Gén 41, 56-57). En este caso, la abundancia de los graneros no se derrochó, sino que se repartió.

Otro ejemplo, que nos ayuda a personalizar el drama del hambre, es el de Rut, la mujer moabita que fue bisabuela del rey David. Viuda y pobre, llegó al territorio en torno a Belén. Allí, para alimentarse, «fue a recoger espigas en el campo, siguiendo a los segadores» (Rut 2, 3). El bueno de Booz, que después se convertiría en su marido, «ordenó a los criados: Aunque espigue entre las gavillas, no la riñáis, y hasta podéis tirar algunas espigas del manojo y las dejáis; y no la reprendáis cuando las recoja» (Rut 2, 15-16). De nuevo encontramos cómo lo que podría ser visto como desperdicio inútil (las espigas que dejan los segadores) se convierte en alivio para quien pasa necesidad.

Finalmente, nos acercamos a Jesús de Nazaret. En diversos pasajes evangélicos, leemos cómo Cristo da de comer a la multitud. La primera vez, alimentó a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces.

«Recogieron las sobras de los panes y los pescados y llenaron doce cestos» (Mc 6, 43). En otra ocasión, dio de comer a cuatro mil hombres con siete panes. «Comieron hasta quedar satisfechos, y recogieron las sobras en siete cestos» (Mc 8, 8). El evangelista Juan subraya el matiz que nos interesa ahora: «Cuando quedaron satisfechos, dice Jesús a los discípulos: —Recoged las sobras para que no se desaproveche nada» (Jn 6, 12). Lo que podía ser un despilfarro, se convierte en una invitación a agradecer y compartir.

Terminamos con unas palabras del papa Francisco, quien, en su última encíclica denuncia lo que considera una dinámica de «descarte mundial». Y señala que, «en el fondo no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si «todavía no son útiles» —como los no nacidos—, o si «ya no sirven» —como los ancianos—. Nos hemos hecho insensibles a cualquier forma de despilfarro, comenzando por el de los alimentos, que es uno de los más vergonzosos» (Fratelli Tutti, n. 18).

Quiera el Señor ayudarnos a caer en la cuenta de este grave problema y a tomar algunas medidas concretas para reducir o eliminar una lacra tan terrible como el despilfarro de alimentos.

Por Fernando Chica
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA
@HolySee_FAO



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