El desierto cuaresmal, por el obispo de Segovia, Angel Rubio
Carta del Obispo Iglesia en España

El desierto cuaresmal, por el obispo de Segovia, Angel Rubio

angel rubio

Con el tiempo de Cuaresma que hemos iniciado el pasado miércoles nos hemos puesto en camino hacia la Pascua con espíritu de conversión y de fe. La cuaresma es experiencia de encuentro con el Señor y camino penitencial, bautismal y pascual.

En el marco del Año de la fe el Papa nos invita en su mensaje cuaresmal a meditar sobre la relación entre fe y caridad, entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo y el amor que es fruto de la acción del Espíritu Santo que nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

Pensando en este Año de la fe la carta apostólica Porta Fidei nos dice: “Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.

En el evangelio —como hemos tenido oportunidad de escuchar el domingo pasado— Jesús experimenta la tentación en el desierto, tanto para Jesús como para el pueblo de Israel, el desierto fue también un lugar de prueba y de encuentro con Dios su padre. Israel sucumbió en la prueba, en cambio, Jesús venció la prueba luchando con la fuerza de la Palabra de divina.

La Iglesia nos invita a entrar en el desierto cuaresmal, con los pies descalzos y las manos vacías. La Cuaresma nos ofrece un tiempo de desierto para descontaminarnos del ambiente que nos rodea de los ruidos y de las luces fatuas. Nos hemos convertido en devoradores de imágenes que inquietan y no dejan ver la realidad. Necesitamos la alternativa del silencio de Dios.

El desierto, y cuanto el término evoca en la teoría y en la práctica, tiene una destacada incidencia en las diversas culturas, filosofías, religiones y espiritualidades; ya sea como realidad condicionante, ya como libre opción. No siempre es entendido el desierto como espacio geográfico y físico, con sus rocas, sus áridas arenas, sus iguales extensiones desnudas donde todo muere, lo que hace pensar y tener sensación de la nada del hombre forzado a buscar con importante fatiga cualquier oasis donde la vida ofrezca algo de verde o algún pequeño riachuelo.

Al desierto van los filósofos en particular los seguidores del estoicismo y del neoplatonismo. Van al desierto los hombres carismáticos de pueblos como Abraham, Moisés, David….los profetas del antiguo Israel, Juan Bautista, Jesús el Mesías, los profetas de las otras religiones, como Buda, Confucio, Mahoma. Van al desierto cuando sienten el impacto psicológico, moral y espiritual del mundo frenético.

El desierto es un lugar de prueba o tentaciones como las que experimenta Jesús en sus cuarenta días y noches que pasó por él y con el deseo de estar cara a cara con Dios su Padre en su función de adorador y de salvador. Este deseo de intimidad con Dios es el único que debe impulsarnos a buscar y amar la soledad. El desierto siempre es un lugar de tránsito y hay siempre un retorno más fuerte y más sereno hacía los hombres a los que no se puede olvidar ni siquiera durante el desierto.

En la apertura del Año de la fe dijo el Papa Benedicto XVI: “Hemos de presentar este año como una peregrinación en el desierto del mundo contemporáneo llevando consigo lo esencial ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión, sino el evangelio y la fe de la Iglesia”. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed, el desierto del abandono, de la soledad, del amor roto. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad de hombre. Los desiertos exteriores se han multiplicado en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por esto, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios en que todos puedan vivir, sin que estén subyugados al poder de la explotación y de la destrucción. La Iglesia en su conjunto, como también sus pastores, ha de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacía Aquél que nos da la vida y la vida en plenitud.

 

+ Ángel Rubio Castro

                                                 Obispo de Segovia

 

 

 

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