Opinión Última hora

El deseo del hombre

El día 18 de mayo del año 1920 nacía en Wadowice, diócesis de Cracovia, Polonia, Karol Wojtyla. En la tarde del 16 de octubre de 1978 sería elegido para ocupar el puesto de obispo de Roma, con el nombre de Juan Pablo II. De este Papa se ha escrito mucho sobre su infancia y su juventud, sobre su trabajo como obrero y su afición al mundo del teatro, sobre su vivencia del drama sufrido por las gentes de su pueblo, sobre su experiencia ante la vida y sobre su dolor ante la muerte abundantemente repartida por una dictadura y por otra.

Como sabemos, recorrió el mundo de una parte a otra, a pesar de haber sufrido en la mismísima plaza de San Pedro un atentado que solo por milagro no fue instantáneamente mortal. Y, al mismo tiempo, nos ofreció el ejemplo de una vida sumergida en las profundidades de la contemplación.

Es cierto que, ante su abundante magisterio, nos asalta con frecuencia la curiosidad para ir buscando entre tantos miles de páginas esas ideas que siempre habían estado ahí, iluminando su mente, calentando  su corazón, y orientando sus decisiones y su actividad humana y pastoral.

En realidad, las líneas generales de su pensamiento podían ya encontrarse en las meditaciones de unos ejercicios espirituales. Las predicó en el mes de marzo de 1976, al papa Pablo VI y a la curia vaticana, y han sido recogidas en el libro Signo de contradicción.

Ya en la primera de aquellas meditaciones evocaba las palabras de san Buenaventura para reflexionar sobre el “itinerario de la mente hacia Dios”. De sobra sabía él que en la mente del hombre actual “se ven amenazados no solo Dios y todo el orden espiritual, sino en cierto sentido el hombre mismo y el mundo”.

La absolutización de la ciencia y de la técnica parecía haber cerrado el camino para llegar a descubrir a Dios. De hecho, conocía él algún científico que no veía la posibilidad de afirmar la existencia de Dios. Pero en la intimidad le confesaba: “Siempre que me encuentro ante la majestad de la naturaleza, de las montañas, ¡siento que Él existe!”

El arzobispo Wojtyla pensaba que la verdad de Dios se inscribe de un modo o de otro en el ánimo del hombre, que anhela una salida hacia la trascendencia. “El hombre se supera a sí mismo, el hombre debe superarse a sí mismo”.

Esa superación encuentra una imagen y un itinerario en la figura y en la obra de Jesús. En una de las sesiones de diálogo y elaboración de los textos conciliares, él había dicho que “el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”.

Incluido en la constitución “Gaudium et spes”, ese pensamiento habría de ser repetido con frecuencia por Juan Pablo II. Evidentemente, la cuestión sobre Dios era para él inseparable de la cuestión sobre el hombre, su realidad y su destino.

Según él, todos los hombres saben que “nadie logrará colmar sus deseos más profundos, sino el Dios de infinita majestad”. Antes y después de ser elegido para el papado, Karol Wojtyla dedicaría su ingenio y sus fuerzas a responder, acompañar e iluminar ese deseo humano.

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