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El dar y el compartir

Una de las cosas que más me gusta de llevar a mis hijas a la Misa de niños de la parroquia es la conversación que solemos tener a la salida, antes de llegar a la tienda de chuches (que eso es tan sagrado los domingos como la Misa en sí). Yo pensaba que directamente ponían el piloto automático durante la homilía y desconectaban. Pero resulta que la mayor, desde que tomó la Comunión, se ha tomado muy en serio esto de escuchar atentamente al sacerdote. ¡Y vaya si le escucha!

El hecho es que esta situación me da la oportunidad de hablar con ella y hacer una especie de “catequesis doméstica”. Y de paso interviene su hermana pequeña, que va cogiendo retazos de la conversación y algo se le quedará.

Una de nuestras charlas más intensas tuvo lugar el año pasado, justo en el Día de la Iglesia Diocesana. Y me ha venido a la memoria porque justo es el texto del Evangelio de este lunes. Aquel día, el Padre Carlos había hecho un gran esfuerzo durante su disertación para explicar a los pequeños que no es lo mismo dar que compartir, basándose en el relato de la limosna de la viuda. Sin embargo, mi hija se quedó pensando y rumiando aquellas palabras. “¡Si son lo mismo! Cuando uno comparte, da. ¿O no?” Lógica simple propia de los niños, que tienden a simplificar la realidad para hacerla más accesible. Y empezamos a hablar de ser desprendidos, de cuidar al que lo necesita. Fundamentalmente, de la caridad y la solidaridad. Conceptos que, siguiendo la lógica sencilla de mi hija, son equiparables. Sólo que, en este caso, su razonamiento era acertado. Más o menos.

Hay quien piensa que la caridad es sólo dar al señor que pide en la calle ese centimillo que nos molesta en el monedero. Otros, que es una palabra que huele tanto a incienso que hay que alejarse de ella (ya se sabe: a la Iglesia, ni agua). Incluso algún político de izquierdas sienta cátedra tuitera abogando por promover la solidaridad real, con la que jamás haría falta la caridad, según sus argumentos. Para mí, simple y llanamente, son dos realidades que van de la mano, que se retroalimentan.

La caridad es una virtud teológica, una actitud del hombre que tiene su raíz en el amor a los demás, como reflejo del amor de Dios por nosotros. Y, si amamos a los demás, nos duele cuando ellos sufren, e intentamos paliar ese sufrimiento en la medida de nuestras posibilidades. Esto nos lleva a la acción práctica en sí de ese amor, que es la solidaridad: los remedios que intentamos poner en marcha para lograr esa ayuda al que sufre. La caridad nace, por tanto, del amor al prójimo; sin ese amor, la solidaridad está hueca, carece de sentido.

Practicar la caridad nos lleva a realizar gestos completamente desinteresados, que no buscan el bien propio, sino el de los demás. No se trata de dar de lo que nos sobra, nos estorba, sino compartir de lo que tenemos, aunque sea poco. La actitud de la viuda del Evangelio es la que nos marca el camino.

Sin embargo, a veces damos una pátina de solidaridad a nuestras acciones para tranquilizar nuestras conciencias. Cuando llegan campañas de recogida de ropa o de juguetes, no son una ocasión para aprovechar y hacer limpieza a fondo de los armarios para dar todo lo que sea viejo (vamos, que nos viene hasta bien y todo). Por supuesto es un gesto muy loable, puesto que ayudamos a dar un segundo uso a nuestra ropa para quienes carezcan de recursos, pero ¿y si mejor acompañamos a nuestros hijos para que compren con su paga un pequeño juguete, una bufanda o un jersey para esas familias necesitadas?

Igual pasa con las “Operaciones Kilo”, que se multiplican en estos días previos a Navidad, y que sirven para llenar los economatos, albergues de transeúntes y demás de macarrones, lentejas y harina (lo más barato que podemos encontrar en el supermercado). ¿Y si mejor destinásemos una parte de nuestro presupuesto semanal para alimentación en comprar alimentos variados para familias necesitadas? Mejor aún: ¿y si las “Operaciones Kilo” duraran todo el año?; porque desgraciadamente las situaciones de pobreza se viven durante 12 meses … Y más en este año que tanta necesidad está habiendo en este sentido.

Simplemente fíjate en cuál de los gestos refleja al 100 % nuestro amor por los demás, nuestro dolor por el que sufre. Cuál de los gestos solidarios nace de la caridad. Y comprobarás que no se trata sólo de dar, sino más bien de compartir. Como la viuda del Evangelio.

Ahora que lo pienso, ¡hay que ver lo que da de sí una homilía de una Misa de niños!



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