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El cura rural se merece un monumento

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El cura rural se merece un monumento

In memoriam Enrique Herranz Martínez, el cura del Valle del Mesa, uno –ojalá que no- de los últimos curas rurales. Artículo publicado en NUEVA ALCARRIA, el viernes 15 de noviembre de 2013

Jesús de las Heras Muela

Por favor, amigos lectores, leed este artículo hasta el final… No es por mí, sino por la historia y su interpelación. Gracias.

Hace ahora treinta y un años que quien esto suscribe, recién ordenado sacerdote, fue destinado a las parroquias de Taravilla, Baños de Tajo, Poveda de la Sierra y Tierzo. Enclavadas en el corazón, maravillosa y fascinantemente bello del Alto Tajo, pertenecían y pertenecen al arciprestazgo –entonces también vicaría episcopal territorial- de Molina de Aragón.

Allí conocí a un sacerdote singular, pintoresco, simpático y original, que daba catequesis en los ribazos junto al río y que entonces tenía menos años  que los yo tengo ahora… Su nombre era –lamentablemente hemos decir ya “era”…- Enrique Herranz Martínez.  Este colega y hermano mayor, entre otros de sus dichos, con frecuencia repetía que había que hacer un monumento al cura rural.

Primavera en el barranco de la Hoz

En junio de 1984, otro emblemático, humilde, sencillo, bondadoso, venerable cura rural, don Antonio Olmos Floría, tras más de medio siglo como párroco en distintos pueblos molineses y cincuenta años clavados en el Valle del Gallo de Corduente y anejos, llegada la edad canónica, se jubiló. Los curas del arciprestazgo y vicaría le tributamos en fraternal homenaje en otro hermosísimo lugar: el barranco de la Virgen de la Hoz. Y a mi encargaron unas palabras, un discurso para la ocasión. Retome entonces la idea de Enrique Herranz, el cura del Valle del Mesa, y propuse la hermoso, justo y hasta necesario de levantar un monumento al cura rural.

Días después, aquellos apuntes a mano que me habían servido para mi discurso florido y fraternal, los lleve a la máquina de escribir, y les di forma en un artículo publicado en EL ECO –nuestra querida, veterana y entrañable hoja diocesana-, en una sección creada por un servidor al llegar al Alto Tajo y que se titulaba “Diario de otro cura rural”. He vuelto a releer ahora aquel artículo y, junto a verdades como puños y sentimientos a flor de piel, he descubierto tres décadas después –quizá la sabiduría de los años y  por aquello de que uno sigue siendo, por la gracia de Dios, cura rural- algún que otro exceso y “calentón”, quizás propios, sí, de un cura adolescente de tan solo 25 añitos y uno y medio de ministerio como los que entonces –“o tempora, o mores”- tenía yo…¡!

Otoño en el Valle del Mesa

¿A cuento de qué viene todo esto? Como ya informó la pasada semana NUEVA ALCARRIA, en el término municipal de Berlanga de Duero (Soria), en accidente de circulación, falleció el miércoles 6 de noviembre el sacerdote de esta diócesis de Sigüenza-Guadalajara Enrique Herranz Martínez. Sí, el que llevaba más de treinta años pidiendo un monumento para el cura rural.

Enrique Herranz Martínez tenía 81 años y llevaba 58 años de sacerdote, todos ellos como cura rural, primero en la Alcarria de Castilmimbre y anejos; después la Campiña Alta de Viñuelas y partido sacerdotal; y desde hacía más medio siglo -51 años- de Villel de Mesa, Algar, Amayas, Mochales y Sisamón (este último pueblo, provincia de Zaragoza y diócesis de Tarazona).

Como queda dicho, conocí a Enrique hace más de treinta años cuando en el señorío molinés, aunque en extremos distintos y distantes –él en el Valle del Mesa, yo en el Alto Tajo- compartimos ministerio. Con frecuencia, Enrique propugnaba, en bromas y en veras, que había que hacer un monumento al cura rural. E incluso, ya tenía pensado el lugar donde levantar dicho monumento: en Labros, en la confluencia de las carreteras de la zona, en el empalme…

Elogio al cura rural

Al día siguiente de su muerte, quise yo apostar, en una firma, columna sonora o colaboración que realizo todos los jueves a mediodía en los micrófonos de Cope Guadalajara, por erigir un monumento al cura rural, “ave” ya en vías de extinción; y con el monumento al cura rural otro homenaje, quizás hasta en mismo monumento, al maestro, al médico, al cartero, al boticarios rurales, que estos sí que apenas quedan.

Y es que ser cura rural –y por extensión, médico, cartero, maestro y boticario de pueblo- es algo mucho más grande y más hermoso de lo que pudiera parecer. Es ser experto en humanidad y en cercanías.  Es servir y querer en primera persona. Es saber de barro que ensucia, pero que curte; de nieve que bloquea, pero que fecunda; de niebla que amanece con el alba y se disipa al mediodía; de servicios a pocos, a muy pocos, pero de los buenos; de tardes enteras sostenidas, tantas veces, solo en la esperanza, en la plegaria y en la soledad. Es saber el difícil lenguaje de los silencios oportunos, de los gestos de cariño, de los compromisos sinceros y de los campos semánticos estrechos y escasos. Es saber escuchar y, sobre todo, amar. Es desafío a esta geografía dura, aunque hermosa, de nuestra tierra; a lo arrugado, a lo decrépito y hasta yerno de nuestros lares tan abandonados; a lo cuantificable, a lo que rinde, al progreso y a tantos de los dogmas en boga en nuestro mundo.

Ser cura, maestro, médico, cartero, boticario del pueblo es adentrarse en la entraña de nuestra tierra, en las raíces de nuestra identidad, y aprender, desde el silencio y el servicio, el valor de lo sencillo, de lo aparentemente pobre y que no cuenta. Es una lección de humanidad y de humildad. Es servicio callado, entrega generosa, siembra abundante, apuesta por el valor de lo pequeño y de la dignidad de todas las personas, más allá de brillos, apariencias y éxitos o fracasos varios y tantas veces vanos.

Y concluía mi columna sonora en Cope Guadalajara –pensaba yo que concluía…, ahora me explicaré- con estas palabras: “Va por ti, querido Enrique. Va por nuestros curas rurales, y, por extensión, por quienes dedican, siquiera parte de lo mejor de sus vidas, en cualquier oficio o profesión, a estos queridos pueblos nuestros de Guadalajara, a esta querida y bendita tierra nuestra, tierra también, sí, de silencio y soledad. Tierra que no podemos permitir que se nos muera, ni se nos quede solo en el recuerdo de un pairón o de un monumento. Va por ti, querido, y por tu monumento al cura rural. Buenos días”.

Del dicho al hecho, dista un trecho

Así concluía mi colaboración del jueves pasado en la Cope. Pero no la historia. Una hora después de la emisión de este comentario, tuve una llamada de teléfono. Era un escultor. Un escultor que había escuchado mis palabras y que ya había acariciado las primeras ideas y que ya había hecho sus primeros bocetos y dibujos para erigir y crear el monumento al cura rural… ¡Podéis imaginaros, amigos lectores, mi sorpresa y hasta mi sonrojo! ¡Ni sabía ni qué decir…! “¿Y ahora –me preguntaba en silencio mientras escuchaba a mi interlocutor inesperado- que hago yo, qué le digo al escultor? ¿Cómo encauzo esta propuesta cuando yo apenas tengo más tiempo que el suficiente para atender a mis quehaceres? Le dijo: “¡Bueno, esto es casi como del dicho al hecho…! Y el escultor me respondió: “Sí, pero falta un trecho…”.

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Y os pregunto, amigos lectores: ¿qué se os ocurre, cómo podemos dar salida a tan hermosa idea y propuesta? ¿Cómo recorremos el trecho que dista del dicho al hecho?

No sé si es relevante y necesario el dato. Pero para que veamos que lo del escultor va en serio, su nombre es Pedro Requejo Novoa, reside en Alcalá de Henares y es autor de numerosas y preciosas esculturas, por ejemplo, la que la ciudad complutense hace escasos años erigió al Papa Juan Pablo II.

Y es que, en cualquier caso, hay levantar, sí, el monumento al cura rural.  Y debajo una lápida, repleta de nombres, de nombres y apellidos de sencillos, humildes y bondadosos, como los aquí citados y otros muchos más, curas rurales. ¿Quién pone la primera piedra? ¿Qué le decimos al escultor? ¿Cómo nos ponemos, entre todos, manos a la obra?

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3 comentarios

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  • Hasta la ciudad de Phoenix, Arizona, USA, me llega! enviado desde Costa Rica el artículo sobre el cura rural.
    Me conmueve.
    Y pido a Dios que cunda la idea para rellenar el trecho.
    Un abrazo,
    José Román Flecha

  • Realmente si que se lo merecen y muchos mas porque yo desde mi pequeñez siento en mi corazon que ellos son los verdaderos representantes de CRISTO JESÚS en este mundo, ellos están en todo momento y abandonan todo por estar junto al que sufre, realmente rezo todos los días por ellos y los llevo en lo mas profundo de mi corazon, ellos son verdaderamente mis Pastores, tiene que estar en cada pueblo en cada lugar un monumento con millones de agradecimiento de todo un pueblo unido que camina y se levanta gracias a cada uno de ellos, porque son nuestro mejor ejemplo en la vida Cristina y en el amor que emanan sus corazones, QUE DIOS PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO JUNTO A MARÍA MADRE SIEMPRE LOS GUIÉ Y QUE TENGAMOS EL MUNDO LLENOS DE MUCHOS CURAS RURALES. Un fuerte abrazo desde la República Argentina.

  • Que gozo fue ler esto .Benditos los curas rurales!! curas con olor a oveja
    como dice el Papa Francisco.desde aqui en hora buena.