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El cura Brochero, un modelo para la nueva evangelización – editorial Ecclesia

Editorial Revista Ecclesia
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La vida de la Iglesia, movida siempre por el soplo del Espíritu Santo, siempre nos depara gracias y sorpresas. Una de ellas, al menos para los católicos españoles y europeos, ha sido la beatificación, el 14 de septiembre, en Córdoba (Argentina) de un humilde, virtuoso, fecundo y espléndido sacerdote: José Gabriel del Rosario Brochero (1840-1914), el cura Brochero. Hace dos semanas ya preparábamos esta beatificación con un hermoso artículo de opinión, en las páginas 6 y 7, y hoy nos hacemos también eco de su beatificación con este comentario y con una información en la página 38.

¿Quién fue el cura Brochero? ¿Cuál es ahora su significado, su alcance, su interpelación? Por decirlo gráficamente, el cura Brochero es un modelo de sacerdote muy del gusto del Papa Bergoglio, su compatriota y su -como hemos comprobado estos días- declarado admirador. Es, sí, con palabras de Francisco, “un pastor con olor a oveja, que se hizo pobre entre los pobres, que luchó siempre por estar bien cerca de Dios y de la gente, que hizo y continúa haciendo tanto bien como caricia de Dios a nuestro sufrido pueblo”.

El beato José Gabriel Brochero “no se quedó en la sacristía a peinar ovejas”. Centró y basó su acción pastoral en la oración y desde ella, y desde la pobreza y la humildad, sobresalió por un ardiente y expansivo celo pastoral. A través de su constante búsqueda de los fieles, de sus palabras sencillas e inteligibles, de su capacidad de cercanía y de encarnación, y mediante los ejercicios espirituales, de los que fue un extraordinario y fecundo apóstol, el Señor le concedió el don de numerosas conversiones.

Por todo ello, y de nuevo con palabras de Francisco, “el cura Brochero tiene la actualidad del Evangelio, es un pionero en salir a las periferias geográficas y existenciales para llevar a todos el amor, la misericordia de Dios. No se quedó en el despacho parroquial, se desgastó sobre la mula y acabó enfermando de lepra, a fuerza de salir a buscar a la gente, como un sacerdote callejero de la fe. Esto es lo que Jesús quiere hoy, discípulos misioneros, ¡callejeros de la fe!”.

Y es que su secreto, que tanto ahora ha de interpelarnos, fue muy sencillo: entregar la vida al servicio de la evangelización, tanto de rodillas ante el crucifijo, como dando testimonio por todas partes del amor y la misericordia de Dios.

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