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El COVID acecha en África

Aunque no sea portada, el virus del COVID-19 también afecta a África. Sudáfrica (con 97.000 contagios y 1.930 muertos), Egipto (55.000 y 2.193) y Nigeria (20.244 y 518) encabezaban el 21 de junio la lista de países más afectados, aunque el virus se está extendiendo rápidamente por todo el continente.
Uno de los países que en las últimas semanas ha visto crecer exponencialmente los contagios (cerca ya de 3.000) es la República Centroafricana (RCA). Si a ello se añade que en el oeste un grupo armado ha retomado las hostilidades, se comprenderá lo delicada e inestable que es ahora la situación en este país de 4,9 millones de habitantes, uno de los más pobres del mundo.
«Al comienzo de la epidemia, el gobierno cerró de inmediato los aeropuertos, pero dejó las carreteras abiertas, especialmente aquellas que conectan Centroáfrica y Camerún. Los contagios probablemente se han extendido a partir de allí. (…) Las instalaciones [hospitalarias] son absolutamente insuficientes: 150 camas para COVID-19 en todo el país. Son muy pocas», ha dicho el misionero italiano Aurelio Gazzera, carmelita. La visita del Papa Francisco a Bangui en 2015 hizo que las partes en conflicto firmaran nuevos acuerdos, pero la violencia no se ha detenido. Hace unos días, un grupo de rebeldes rechazó los acuerdos de Jartum (de 2019, que trazaban una hoja de ruta hacia la paz) y volvió a la lucha armada. «Los milicianos —relata Gazzera, misionero en la diócesis en Bozoum— atacaron un campamento militar. Temíamos que trataran de saquear Bozoum. Por suerte no han llegado tan lejos y la ciudad se ha salvado».
Se trata de rebeldes vinculados a los pastores de etnia peul que se oponen a los agricultores locales. «La zona de Bozoum está habitada por granjeros que con gran esfuerzo cultivan la tierra alrededor de las aldeas. Periódicamente, los rebaños de bestias de pastoreo invaden sus tierras destruyendo todo o parte del cultivo. Cuando los granjeros intentan impedirlo, intervienen los milicianos. Es una espiral de violencia que parece no tener fin».
Con respecto al COVID, la Iglesia católica ha activado una red de solidaridad que, con el apoyo de la Cáritas y la Conferencia Episcopal Italiana, y de la Cáritas estadounidense, ha permitido la llegada de material de protección y ha favorecido la formación de animadores para concienciar a la gente en las aldeas.
Desde Nigeria, Paulinus Chukwuemeka Ezeokafor, obispo de Awka, condenó en la Eucaristía del 14 de junio los ataques de los pastores a los agricultores que, dijo, «son una amenaza severa que podría aumentar el hambre en el país (…). Sabemos lo que significa no tener productos agrícolas, con el consecuente riesgo de hambre (…). Condenamos el asesinato de ciudadanos inocentes en sus granjas (…) por pastores homicidas».

Esuatini (Suazilandia): «¿Cómo lavarse las manos sin agua?»

En Esuatini (antigua Suazilandia), el obispo de Manzini, José Luis Ponce de León IMC, ha escrito una carta pastoral sobre la crisis del COVID-19 en la que afirma que cada pequeño gesto (como el de usar una mascarilla) es un gesto de amor por los demás. «También mostramos nuestro cristianismo al cuidarnos unos a otros en las cosas más simples, como mantener la distancia social, usar mascarillas, lavarse las manos, tener cuidado con lo que compartimos en las redes sociales … ¡Cada pequeño acto de amor cuenta!», dice el prelado argentino, que reconoce también que el coronavirus ha acentuado las desigualdades sociales. «Nos dicen “lávate las manos”, pero ¿qué hacemos cuando no hay agua?», se pregunta. «Los mismos lemas dados para protegernos han revelado la debilidad de nuestro tejido personal y social. ¿Qué pasa con los trabajadores independientes que venden en la calle, cuyo único ingreso es lo que obtienen día a día para mantener a sus familias…?», inquiere.

«En Angola tendremos más muertes por hambre que por COVID»

Desde Angola, y en la misma línea, el padre Celestino Epalanga, vicario episcopal para el área social de la archidiócesis de Luanda y secretario general de la Comisión Episcopal para la Justicia y la Paz y los Migrantes de la CEAST (Conferencia Episcopal de Angola y Santo Tomé), se pregunta en una declaración «quién nos salvará de esta hecatombe», dada «la precariedad de nuestro sistema de salud».
Más del 70% de la población angoleña depende del mercado de trabajo informal para sobrevivir, por lo que el estado de emergencia está generando «nuevos pobres».
«Hay un dilema: quedarse en casa para evitar el COVID-19 y morir de hambre, o salir a la calle en busca de pan, ¡corriendo el riesgo de infectarse e infectar a otras personas e incluso a familiares y amigos!», confiesa.
Epalanga cita el artículo de un sacerdote jesuita camerunés, que semanas antes de que se confirmaran los primeros casos en Angola dijo que lo que mataría a los africanos no es el nuevo virus, sino el hambre. «Cuando caminamos por los barrios de Luanda y sus alrededores, nos damos cuenta de la precariedad en que se vive, y si no globalizamos la solidaridad y el Ejecutivo no proporciona alimentos, tendremos más muertes por hambre que por coronavirus».
No obstante, de un mal puede nacer un bien. «La verdad es que el nuevo coronavirus ha refinado nuestra imaginación y nos ha obligado a adoptar nuevas formas de relacionarnos. Nos ha enseñado a ser más humildes y a repensar nuestros sistemas de salud pública, a mejorar el sistema de protección social, a ser disciplinados, a obedecer las normas y a las autoridades, a formar una conciencia colectiva, y a dar mayor importancia a la vida comunitaria y a la vida familiar», concluye.

Por Juan Manuel Charlín

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