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El Corpus Christi en Toledo: Homilía del arzobispo primado

El Corpus Christi en Toledo: Homilía del arzobispo primado, Braulio Rodríguez Plaza, Toledo 30 de mayo de 2013

La alegría de la Eucaristía empezó en la noche en que Jesús iba a ser entregado, en el marco de la cena pascual. Pero ya antes en Cafarnaúm había habido un anuncio claro de lo que Cristo hizo aquella noche santa. Jesús, como anticipo del partirse y repartirse para alimento de los que le siguen, dio de comer a miles de hombres, mujeres y niños: “Tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió…” (Jn 6,11).  Es el mismo gesto que hizo Jesús con el pan en la última cena. Pero en Cafarnaúm, al día siguiente, la gente acudió de nuevo en masa, y Jesús denunció el motivo por el que habían ido: “Me buscáis, no por haber visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado… Obrad no por el alimento pasajero, sino por el que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre… Yo soy el pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 26-27.51).

 

                A lo largo de la historia de la salvación, y ahora en los años de la vida pública de Jesús, Dios había ido preparando a su pueblo para el gran acontecimiento que tendría lugar en la noche en que Cristo fue entregado. San Pablo lo resume así: “Yo he recibido una tradición que procede del Señor, y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía””. Y esto es lo que hacemos los cristianos. No nos inventamos nada.

 

                Cristo en esa noche se estaba marchando visiblemente de entre los hombres, pero se quedaba en la Eucaristía, con una presencia real, viva y vivificante, por obra igual que su encarnación del Espíritu Santo. La Eucaristía quedaría como memorial, que es algo más que recuerdo, de la pascua del Señor, el paso de la muerte a la vida, destruyendo la vida del ser humano y abriendo la posibilidad de vivir eternamente. A veces veo con preocupación que, en general, los cristianos entendemos poco de la naturaleza íntima de lo que es Eucaristía. ¿No hemos de apreciarla mucho más en nuestra vida de creyentes, sobre todo celebrando la Misa dominical?

 

                No fue siempre así. Tenemos un documento precioso de mediados del siglo II, escrito por san Justino, en el que trata de justificar la religión cristiana al emperador romano Antonino Pío (138-161), explicándole la doctrina, el culto y las razones por las que él y otros  muchos paganos cultos abrazaban aquella nueva religión. En esa Apología, pues, describe en qué consistía la celebración dominical de la Eucaristía, con todo detalle. Arranca del rito del Bautismo, por el que hombres y mujeres son lavados de sus pecados:

 

                “Después de ser lavado, y adherirse a nosotros quien ha creído, le llevamos a los que se llaman hermanos, para rezar juntos por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado, y por los demás esparcidos por todo el mundo (…). Terminadas las oraciones, nos damos el ósculo de la paz. Luego, se ofrece el pan y un vaso de agua y vino a quien preside, que los toma, y da alabanza y gloria al Padre del universo, en nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo. Después pronuncia una larga oración de acción de gracias por habernos concedido los dones que de Él nos vienen. Y cuando ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén, que en hebreo quiere decir así sea. Cuando el que preside ha dado gracias y todo el pueblo ha aclamado, los que llamamos diáconos dan a cada asistente parte del pan y del vino con agua sobre los que se pronunció la acción de gracias, y también lo llevan a los ausentes.

 

                A este alimento lo llamamos Eucaristía. A nadie le es lícito participar, si no cree que nuestras enseñanzas sean verdaderas, ha sido lavado en el baño de la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo nos enseñó. Porque no lo tomamos como pan o bebida comunes, sino que, a sí como Jesucristo, Nuestro Salvador, se encarnó por virtud del Verbo de Dios para nuestra salvación, del mismo modo nos han enseñado que esta comida –de la cual se alimentan nuestra carne y nuestra sangre- es la carne y la sangre del mismo Jesús encarnado, pues en esos alimentos se ha realizado el prodigio mediante la oración que contiene las palabras del mismo Cristo” (San Justino, Apología I, 65-67).

 

                ¡Cómo se parece este relato, en su esquema, a nuestra celebración! Pero tal vez fallamos en el espíritu con que hoy celebramos la Eucaristía, siempre con prisas, si caer en la cuenta de que es celebración que se dirige al Padre en nombre de Jesucristo. Una celebración no individualista, sino celebración eclesial y comunitaria de la muerte y la resurrección del Señor.

 

                Con la celebración de la Eucaristía la Iglesia  efectivamente se esfuerza vivamente por renovar aquella última Cena, mediante la cual el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, amó hasta el fin a los suyos que estaban en el mundo, ofreció su Cuerpo y su Sangre a Dios Padre bajo las especies de pan y vino, se dio a los Apóstoles para que lo comieran, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó que lo ofrecieran en el futuro.

 

                Está así perfectamente delimitado lo que celebramos en esta Misa y en todas: la institución de la Eucaristía, o sea, el memorial de la Pascua del Señor, por la cual el sacrificio de la nueva ley se perpetúa entre nosotros bajo los signos del Sacramento; pero también la institución del Sacerdocio, con el que se perpetúan igualmente en el mundo la misión y el sacrificio de Cristo; y también el mandato nuevo de Jesús, la caridad con la que el Señor nos amó hasta la muerte y que sus discípulos hemos de vivir, si de veras queremos seguir al Maestro: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado: éste es mi mandamiento nuevo”.

 

                Quisiera destacar únicamente dos aspectos de la celebración de este jueves, solemnidad del Sacratísimo Cuerpo de Cristo en el Rito hispano-mozárabe, aunque tengamos de dejar a un lado tanta riqueza de contenidos bíblicos y litúrgicos:

 

 

1º) Según cuenta san Lucas (22,15), Jesús tiene “ansia” de comer con sus discípulos la cena pascual. Lo cual  es inaudito, pues es Cristo quien se pone en la mesa como comida y bebida para los suyos; pero Él subraya que quiere comer con nosotros. Por el contrario, nosotros no queremos en ocasiones comer con Él ni su comida y bebida. Da la impresión de que Jesús se siente regalado, agradecido cuando nosotros le comemos y bebemos. Su comunicación es para Él un compartir. Parece que nos da las gracias porque le abramos la puerta y le invitemos a la mesa, según aquellas palabras del Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apo 3,20). “Cenaré con él” significa, pues, ante todo: me pongo a su mesa puesta.

 

                Así sucede, por lo demás, en las comidas que tienen lugar tras la resurrección. Los discípulos de Emaus invitaron a su casa al desconocido caminante, para que se sentara a su mesa, y sólo en la bendición del pan lo reconocieron. También es Jesús quien hace que los Once le alcancen algo de comida en el Cenáculo (“¿Tenéis aquí algo de comer?”), para con ellos regalarles la alegría pascual de su Presencia. Idéntica pregunta les viene a hacer a los siete que están con Pedro en su barca: “Muchachos, ¿tenéis algo de comer?”, y sólo entonces empieza por regalarles la gran pesca milagrosa.

 

                La Eucaristía no se celebra de otro modo que “yo con vosotros y vosotros conmigo”. Por asombroso que pueda sonar, Jesús, que reparte infinitamente más de lo que se puede recibir, se siente obsequiado por los que lo reciben. Al tiempo que ellos lo acogen en sí, Él los acoge a ellos. Todo eso puede ocurrir para nosotros y cada uno de nosotros: acogemos a Cristo y Él lo agradece y nos acoge, haciéndonos sentir hijos de Dios. La Eucaristía es así un llamar de Cristo en cada casa de nuestras personas. Sólo si le abrimos podremos comer con Él en este Banquete de la Eucaristía.

 

2º) Ese amor infinito que Cristo nos tiene, esa “prueba del amor hasta el extremo” (Jn 13,1), la percibe Pedro, que no quiere dejarse lavar los pies. Y es comprensible. Pero precisamente esta inversión de la realidad es lo más correcto –viene a decirle Jesús a Pedro-, lo que hay que dejar que suceda primero en uno; me refiero a la humillación que Jesús realiza al lavar los pies movido por su amor infinito, para después, sí, tomar “ejemplo” de Cristo (cf. Jn 13,14) y realizar cada uno de los cristiano, discípulos de este Maestro, el mismo abajamiento de amor con los hermanos.

 

                Quiere esto decir que podemos seguir el ejemplo de Cristo, actuando como Él, pero no del todo, pues hay algo que sólo Cristo puede hacer por nosotros y no nosotros por Él: entregarse y entregar su vida por nuestra vida. Bien lo dice la Liturgia Hispano-mozárabe del Jueves Santo:

 

“Él, para manifestar a los suyos la grandeza de su bondad y humanidad, no tuvo a menos el lavar los pies incluso del que le había de entregar, aunque ya veía sus manos con el crimen. Pero, ¿por qué admirarnos de que al cumplir este humilde ministerio, en vísperas de su muerte, se despojara de sus vestiduras, cuando siendo Dios, se humilló a sí mismo,(…) y se revistió de hombre?

 

                El Cristianismo es Cristo, despojado de sus vestiduras, puesto de rodillas, lavando nuestros pies sucios, ofreciéndonos su limpieza total. ¿Queremos tú y yo aceptar este servicio de Cristo, que sólo Él puede hacer, pues es el Salvador? Está en nosotros la decisión; Él ha amado hasta el extremo.

 

                Cristo nos ha enseñado que la existencia humana, en su originalidad, es una oferta, un don, y la libertad se lleva a cabo en el encuentro con Cristo. La grandeza del hombre y la mujer está dentro de nosotros porque sólo el ser humano puede tomar la iniciativa del don al que está llamado. Dios no puede violar la libertad porque es Él mismo quien la suscita y la hace inviolable. Jesús, Dios, de rodillas ante sus Apóstoles, es la tentativa suprema para avivar la fuente que debe brotar para la vida eterna.

 

                En su muerte atroz, Jesús revela el precio de nuestra libertad: la Cruz. Lo cual quiere decir que nuestra libertad a los ojos del Señor Jesús tiene un valor infinito. Muere para que la libertad nazca en el diálogo de amor que llevará a la plenitud. Nadie como Jesús ha tenido pasión por el hombre, nadie como Él ha puesto al ser humano tan alto, nadie como Jesús ha pagado el precio de la dignidad humana. Cristo introduce una nueva escala de valores. Esta transformación de valores se inaugura en el lavatorio de los pies, ¡y el mundo cristiano todavía no se ha dado cuenta! Jesús nos da una lección de grandeza, porque la grandeza ha cambiado su aspecto: no consiste en dominar, sino en servir.

 

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