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El coronavirus y la conciencia

En inglés aquel libro de Aldous Husley se titulaba “Brave New World”, que podría traducirse como “Valiente mundo nuevo”. En la traducción al castellano nos lo vendieron como “Un mundo feliz”. Sin embargo, tras el título, era espeluznante aquel panorama que vaticinaba como fruto de los grandes experimentos sobre el ser humano.

Es verdad que el libro suscitaba la desconfianza y el miedo al futuro tecnológico que se avecinaba. Pero la realidad es que la revolución tecnológica parecía seducir a todo el mundo. Eran muchos los que pensaban haber desembarcado ya en las costas de un nuevo mundo. Del verdadero mundo nuevo. De un mundo feliz.

De vez en cuando se presentaba ante nuestros ojos una parcela del sufrimiento humano, causado por las guerras o el hambre. Claro que era fácil alejar aquellas pesadillas. Eran cosas que ocurrían en países lejanos. Y, además, los que presentaban esas miserias tal vez quisieran solamente conseguir fondos para quién sabe qué proyectos.

Hemos desarrollado unas estrategias mentales para poder seguir acomodados en nuestras poltronas. Pensábamos que podíamos ignorar impunemente la miseria. Hemos llegado a creer que habíamos logrado sobreponernos al dolor. A veces hablábamos de alargar la vida hasta la inmortalidad.

Pues bien, cuando el coronavirus se encontraba en un país lejano, nos resultaba hasta simpático hacer bromas sobre él. Ni por asomo pensábamos que iba a llegar hasta nosotros. Al parecer, hubo intereses en negar que ya había llegado. Tal vez se podía evitar el mal, pero era importante ignorarlo.

Entre todos los males que nos acechan, unos nos amenazan en cuanto modifican bruscamente nuestra relación con la naturaleza. Así ocurre con las grandes catástrofes. En esas ocasiones podemos caer en el fatalismo, pero también podemos redoblar los esfuerzos para superar la hostilidad de los elementos.

Otras veces, el mal parece nacer de una ruptura de nuestras relaciones armónicas con los demás. En esos casos podemos caer en la tentación de la agresividad, pero también podríamos tratar de enhebrar unas nuevas relaciones basadas en el diálogo. Como ya decía Manzoni,  “el verdadero mal para el hombre no es el que sufre, sino el que hace”.

Con nuestras decisiones interesadas, nosotros mismos somos la mayor fuente del mal que padecemos. Y con todo, lo más terrible no es haber causado la existencia del mal, sino negarnos a romper la espiral que lo puso en marcha. Según  Sartre, “lo más aburrido del mal es que uno se acostumbra”. Es lo más aburrido y lo más trágico.

La reflexión sobre el coronavirus, y sobre los males que lo han precedido y acompañado, debería llevarnos a un examen de conciencia sobre nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. No podemos olvidar que Jesús se identificó con los más desprotejidos de nuestra sociedad.

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