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Rincón Litúrgico

El Cordero de Dios, domingo II tiempo ordinario, A (19-1-2020)

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Señor Jesús, muchas veces hemos leído y oído esa exclamación con la que Juan Bautista te señalaba entre los peregrinos que acudían hasta él para  hacerse bautizar en el Jordán.

Nos llama la atención la imagen con la que eras identificado. Habríamos entendido que Juan te identificara con los buenos pastores que habían anunciado los antiguos profetas.

Pero aquel nuevo profeta, el mayor de los nacidos de mujer, como tú dijiste alguna vez, no te identificó con los pastores esperados, sino con el Cordero de Dios.

Acaso tu presencia le recordaba la antigua figura de Isaac, atado sobre la leña del altar como el cordero que está a punto de ser sacrificado en holocausto en fiel obediencia a Dios.

Tal vez pensaba que habías sido ya elegido para ofrecer algún día tu vida, a la misma hora en que eran sacrificados los corderos en el templo, en la víspera nerviosa de la pascua.

Quién sabe si Juan recordaba la pobre corderita que fue robada y sacrificada para satisfacer la avaricia y la infamia de un rico prepotente, según la parábola que Natán había contado al rey David.

En todo caso,  tú no eras visto como un cordero más. Tú eras para Juan el Cordero de Dios. El Cordero único y definitivo. El Cordero sobre el cual se depositaba el pecado del mundo, la maldad del mundo, la náusea del mundo.

Y así era. Así es. Y así será por los siglos. Solo tú puedes librarnos del peso del gran pecado: el de no reconocer en ti el mensaje definitivo de Dios. El pecado de no aceptarte como el verdadero mensajero de Dios.

Señor, Jesús, hijo del Padre y hermano nuestro, ten piedad de nosotros. Ayúdanos a reconocerte como el Salvador entre los muchos salvadores que se nos ofrecen. Y carga sobre ti nuestro pecado.

Te lo pedimos a ti que vives y reinas y nos compadeces por los siglos de los siglos. Amén.

 

José-Román Flecha Andrés

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