Editoriales Ecclesia

El Corazón de Jesús, corazón del Evangelio y de la Iglesia – editorial Ecclesia

El Corazón de Jesús, corazón del Evangelio y de la Iglesia – editorial Ecclesia

El Corazón de Cristo es el corazón del Evangelio y el corazón de la Iglesia y de su misión evangelizadora. El Corazón de Jesús es el corazón de la Misericordia del Padre. El corazón de Cristo es un corazón que mana, que palpita, un corazón paciente, un corazón que ama, que perdona, que conoce y acoge siempre. Es un corazón que llora, que acompaña, que mira, que lucha, que salva, que muestra sus heridas y es siempre solidario con las heridas de los demás: «Sus heridas  nos han curado». Un corazón, sí, que sana y en cuyas cicatrices están todas nuestras cicatrices.

«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso», leemos en Mateo 11, 25-30 es el texto evangélico que, además, nos da la clave para comprender este misterio: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y a los entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla».

La devoción al Corazón de Jesús no es el culto a una parte de su organismo y anatomía humana, es el culto y la devoción al mismo Jesucristo, a su persona entera. De ahí, pues, que la devoción al Corazón de Jesús sea entraña misma del culto a Jesucristo como expresión del amor de Dios y siga siendo hoy y siempre un espléndido camino de vida y piedad cristiana.

La devoción al Corazón de Jesús es quintaescencia del Evangelio y del plan de salvación de Dios. Es hablar de la humanidad de quien nos «amó con corazón de hombre» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 22). Hablar del Corazón de Jesús es hablar del amor de Dios a los hombres. «Te amé con amor eterno» (Jeremías 31, 3). «Tanto amó Dios al mundo que entregó por él a su Hijo único» (Juan 3, 16).

Y por todo ello, nunca podrá estar desfasado el culto al Corazón de Jesús, ni ser una praxis propia de otras épocas. Porque el Amor incondicional siempre ha de estar de moda y es siempre el tesoro de la Iglesia y su permanente oferta a la humanidad de todos los tiempos. También a la nuestra.

Desde estas claves y en el contexto del primer centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, la diócesis de Getafe, donde se halla este santuario, invita a todos a renovar la consagración del 30 de mayo de 1919. Y lo hace en este domingo 30 de junio de 2010, como cuenta el reportaje de hoy de ECCLESIA.

Pero, ¿qué es lo que hay que renovar? ¿Qué significa, qué conlleva la renovación de una consagración al Corazón de Jesús, cien años después y en un contexto social, cultural, político y también religioso tan diferente? Recibir el pasado con una confesión de fe agradecida, custodiar el presente y transmitir esperanza en medio de una etapa evangelizadora diferente. Así lo han escrito en una extensa carta pastoral el obispo de Getafe y su obispo auxiliar.

Renovar la consagración al Corazón de Jesús no es un ejercicio de reivindicación política, sino de libertad y de responsabilidad  de una imprescindible propuesta evangelizadora. Es ofrecer a Jesucristo, que, para nosotros, «es con mucho lo mejor» (Filipenses 1, 23). Es «una manifestación de piedad, desvinculada de cualquier lectura política o de nostalgias de épocas pasadas». Es actualizar e impetrar para que la concordia en la Iglesia y en la sociedad siga brotando del Corazón de Cristo.

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  • La Solemnidad de la Festividad del Sagrado Corazón de Jesús nos introduce y nos abre siempre el Camino del Amor Misericordioso de Jesús Nuestro Señor, que ilumina, que guía y que fortalece nuestro corazón para servirle con alegría, con generosidad, con sencillez y con humildad en el apostolado de servicio y entrega a nuestros hermanos los enfermos, a nuestros hermanos más necesitados y a nuestros hermanos los pobres, para poder ser Testigos de su Misericordia en el Camino de la Luz de la Fe y del Evangelio, y manifestar nuestro amor y nuestra fidelidad a Él, con la fuerza y la fortaleza de la Luz del Amor Misericordioso de la Virgen María, Reina y Madre de Misericordia y de Paz, y con la fuerza y la fortaleza de la Luz Amor Misericordioso del Espíritu Santo.