Benedicto XVI san pedro
Blog del exdirector Jesús de las Heras Especiales Ecclesia

El cónclave, fiesta del Pueblo santo de Dios

El cónclave, fiesta del Pueblo santo de Dios es el título de un artículo de nuestro director, publicado el domingo 10 de marzo de 2013 en el diario ABC

Nací dos meses después del cónclave que eligió Papa, a finales de octubre de 1958, a Juan XXIII. Y precisamente uno de los primeros recuerdos que conservo es el día de su muerte, el 3 de junio de 1963, mientras que no retengo recuerdo alguno del cónclave subsiguiente, el cónclave de Pablo VI.

Sí que tengo ya todos los recuerdos del mundo y todos los apuntes posibles de los dos cónclaves de 1978: el agosto que nos trajo a Juan Pablo I,  el Papa de los 33 días; y, claro, del siguiente, el de Juan Pablo II, tras aquella dolorosa y sorprendente orfandad.

Desde entonces, los cónclaves forman parte de unas mis “predilecciones” y  “pasiones” sacerdotales y periodísticas… De ahí, que cuando en abril de 2005, tras 27 inolvidables años, llegó la Pascua de Juan Pablo II y con ella la sede vacante, no dudé –máxime siendo ya el director del semanario ECCLESIA y de su portal en internet, ECCLESIA Digital– en acudir a Roma y vivir en vivo y en directo el cónclave de Benedicto XVI.

Fue una experiencia hermosísima de Iglesia, de la Iglesia jerárquica y de la Iglesia del pueblo de Dios, que es la misma y la única Iglesia de Jesucristo. En aquellos frenéticos y apasionantes días de abril de 2005 comprobé la magia y la gracia de lo que es el cónclave, al que definí entonces y sigo defiendo ahora, en las vísperas del cónclave de marzo de 2013, como el mayor espectáculo del mundo, uno, al menos, de los mayores espectáculos del mundo.

Porque, junto al misterio y la inequívoca presencia de la gracia de Dios en toda esta realidad, las celebraciones externas del cónclave, lo que podemos ver y seguir desde sus umbrales, me parece -dicho sea con todo respeto y cariño- el mayor, sí, espectáculo del mundo. Me parecen de una belleza extraordinaria el juego de coloridos, los marcos y escenarios del cónclave, su ritmo y su liturgia, el esplendor inigualable de los frescos de Miguel Ángel, la música y los sonidos -Letanías de los Santos, “Veni, Creator”, “Te Deum”, «extra omnes», «Nunctio vobis…», «Habemus Papam»… incluidos-, el lenguaje de los signos -como las «fumatas»-, la armonización entre fidelidad a la tradición de los siglos y la adaptación a los nuevos signos mediáticos de los tiempos y, sobre todo, el sentir y el vibrar del pueblo de Dios, que en los días del cónclave –sobre todo, a la hora de los “fumatas”- llena, entre quedo, sorprendido, impaciente, sereno, expectante, orante, gozoso, bullicioso y vertiginoso, la plaza de San Pedro.

Y es que el cónclave es, sí, muchas cosas: tiempo inequívoco del Espíritu, expresión suprema de la catolicidad y apostolicidad de la Iglesia, visibilización de la sucesión apostólica, escenario mediático y espectáculo mundial donde los haya, epifanía del Señor que siempre guía con amor providente a su Iglesia y también, ¡y tanto!, fiesta gozosa del pueblo santo de Dios, en el que está, donde se incluye la entera Iglesia.

 

Jesús de las Heras Muela

Director de ECCLESIA y de ECCLESIA Digital

Artículo publicado en el diario ABC el 10 de marzo de 2013

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