Editorial Revista Ecclesia
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Opinión

El compromiso por la paz ha de continuar con la oración y las obras de la paz

Los analistas internacionales consideran clave la segunda semana de septiembre de cara a que el presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, logre o no la “luz verde” para la intervención militar, el ataque bélico, a Siria. Mientras tanto, el Papa Francisco y con él no solo toda la Iglesia católica, sino también las Iglesias y confesiones cristianas y otros muchos creyentes de distintas religiones,  persisten en su “ofensiva” por la paz, en su campaña de oraciones, sensibilizaciones y gestiones políticas y diplomáticas para evitar este nuevo conflicto de carácter internacional, de dudosa eficacia –más allá de que nunca la guerra es eficaz o útil- y de imprevisibles consecuencias.

         Nadie duda de que lo que está ocurriendo en Siria desde hace dos años y medio es intolerable y que es imprescindible pararlo y pacificarlo. Resulta a todas luces evidente la condena del uso de las armas químicas, como el mismo Santo Padre ha expresado de modo inequívoco en distintas ocasiones. Pero la solución no pasa por responder a las agresiones con nuevas agresiones, a la violencia y al odio con más violencia y odio. No se puede añadir más dolor y extenderlo a toda una región, en este caso Oriente Medio, siempre cañaveral pendiente solo de una chispa para incendiarlo todo…

Como afirmó el arzobispo Mamberti, secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, urge emprender con valentía el camino de la negociación, del diálogo, del encuentro. Hay que salir de la espiral del dolor, de la destrucción y de la muerte. Hay que recorrer los caminos del perdón, de la reconciliación y del diálogo, premisas ineludibles de la paz, la más auténtica y más ineludible de todas las aspiraciones y necesidades humanas. Porque sin paz no son posibles ni la libertad, ni el progreso, ni el bienestar, ni el desarrollo, ni los derechos de las personas. Sin la paz nada es posible. Solo el dolor, el sufrimiento, la angustia, la muerte.

El clamor por la paz es, pues, una exigencia de justicia y de humanidad. Y es también un clamor de Dios. “¡Cómo quisiera –exclamó el Papa en la vigilia de oración del sábado 7 de septiembre en la Plaza de San Pedro de Roma- que por un momento todos los hombres y las mujeres de buena voluntad mirasen la Cruz! Allí se puede leer la respuesta de Dios: allí, a la violencia no se ha respondido con violencia, a la muerte no se ha respondido con el lenguaje de la muerte. En el silencio de la Cruz calla el fragor de las armas y habla el lenguaje de la reconciliación, del perdón, del diálogo, de la paz”.

Más de cien mil personas participaron en la citada vigilia de oración presidida por el Papa Francisco en la tarde-noche del sábado 7 de septiembre. Pero, como también indicábamos antes, no solo Roma fue un cenáculo por la paz, sino que en todos los rincones de la Iglesia se encendió la llama, la antorcha de la paz. El Papa Francisco ha sabido espolearnos bien por esta causa. Pero como él mismo afirmó el domingo 8 de septiembre, tras el ángelus, “el compromiso continúa” y es preciso mantenerlo con la oración y con las obras de la paz.

¿Y cuáles son estas obras? Espigando en su referida homilía de la vigilia del pasado sábado, encontramos algunas pistas. La primera de ellas es recordar que Dios quiere de nuestro mundo “una casa de armonía y de paz” y que así fue creado por Él.  Es necesario, pues, hacer examen de conciencia y descubrir que la “desarmonía” de la humanidad es fruto del pecado y del egoísmo,  de dejarnos fascinar por los ídolos del dominio, de la ideología, del interés y del poder, de ponernos en el lugar de Dios y de suplantarlo y eclipsarlo. Obra de la paz es también recordar, con palabras del mismo Papa, que ser personas «significa ser guardianes los unos de los otros” y no adversarios o enemigos a combatir, a suprimir o a superar. Y obra de la paz –repitámoslo una vez más- es  recorrer los caminos del perdón y de la reconciliación.

Y es que la paz no solo depende – depende mucho, por supuesto- de los políticos y gobernantes y de los sucios negocios de la guerra. También depende de todos.

 

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