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El caso Novell

Lo de Xavier Novell reconozco que me deja emociones encontradas. Como no sé si están al tanto, sin entrar en detalles y solo por resumir, contarles que estas semanas el obispo de Solsona ha sido noticia en los mentideros eclesiales -y no eclesiales…- pues hace unos meses pidió la renuncia al Vaticano de su servicio episcopal -que se le concedió-. En esta semana se han lanzado algunas informaciones más -nunca terminadas de contrastar y de las que nos quedaría por saber mucho…- que dicen que mantiene una relación con una escritora -de extraños géneros literarios- y que marcha a vivir con ella. Extremos aun no confirmados y de los que aún mucho tendrá que conocerse, todo sea dicho.

               El caso es que multitud de reacciones ha generado este “caso Novell”. Demasiadas con una profunda falta de caridad y compasión, sin la más mínima “empatía” y hasta con ese chusco hacer leña del árbol caído tan propio de esta nuestra España. Por no decir que saltándose cualquier derecho a la intimidad, la privacidad y casi que al honor y hasta con medidas más propias del sálvame y del acoso, que del real periodismo. Y tanto por parte de no creyentes como de creyentes.

               ¿A qué se debe ese hacer sangre de una situación humana que cuando menos no debe ser nada fácil para sus protagonistas, no digamos para sus familias, amistades o relaciones cercanas?

               Creo que hay que achacarlo a la condición de figuras públicas que los Obispos en España tienen. Por presencia histórica, por condición cultural, y por opción católica en medio de una sociedad secularizada y que a pasos de gigante se aleja del mensaje cristiano, nuestros obispos han optado por perfiles comunicativos generalmente altos en su condición de cabezas visibles de los creyentes. Unos más que otros desde luego, pero eso genera una exposición pública de tal magnitud que los coloca como personajes públicos. Es decir, en la picota siempre.

               A eso hay que sumar que se les supone a los obispos y a los sacerdotes en general, una especie de plus de ejemplaridad o de consecuencia con el mensaje del evangelio que la condición humana -y el propio evangelio- se encarga de recordarnos día tras día que es delicado y débil: los clérigos somos tan humanos como los demás creyentes, con las mismas realidades, situaciones, emociones, instintos, tentaciones y pecados como cualquier otro. Por eso es tan difícil la misión de recordar y predicar y acompañar en el seguimiento del evangelio, de promover esa ejemplaridad, porque es la imagen paulina de llevar inmensidades en vasijas de barro que pueden romperse en cualquier momento. El peligro del fracaso es más que real, acecha siempre y en cualquier vida.

               Claro que aquí comienza eso del encontronazo de las emociones y las ideas. De un lado pienso que enamorarse no es un fracaso.  Si es que esta situación es realmente y al final un caso de enamoramiento, que las fuentes que lo lanzan ni son del todo fiables ni están tratando el caso de modo demasiado escrupuloso, dando por sentadas cosas que no se saben tampoco de dónde vienen. De todos modos, si termina desarrollando esa nueva vida que parece que nos dicen que está comenzando, ojalá sea realmente feliz. Se lo desearía a él y a cada clérigo que deja su ministerio. Que se llenasen de plenitud y de sentido, que diesen fruto e hiciesen de su vida compartida y de este mundo un lugar mejor con su amor, que pudiesen a través de esa persona ver y ahondar en el rostro de Dios y que el mensaje del evangelio de Jesús de amar cobrase forma y vida en su nueva vida. Eso no sería un fracaso. Por otro lado el que una vida no haya podido estar a la altura de sus compromisos, de sus opciones, de esos sueños que tuvo y que identificó como don de Dios, como vocación de servicio a los demás, como encuentro profundo y especial del amor de Dios, sí que me resuena a fracaso. Como el fracaso de un matrimonio que se rompe, o como tantos y tantos otros fracaso humanos en el que nuestras elecciones, opciones o decisiones nos llevan a ser menos quienes soñamos ser y ser otra cosa que no pensábamos ser.

               No es fácil una situación así. Esa imparable fuerza instintiva de la vida y de la emoción que es el enamoramiento es de tal magnitud que se lleva por delante todo. Y eso es duro y difícil cuando se enfrenta a vidas ya hechas y establecidas, a opciones y palabras dadas, a compromisos y responsabilidades, a personas que de uno están pendientes o de uno dependen, a vínculos emocionales que son también el corazón y la emoción de otros. Y aunque en toda vida será duro eso, desde el celibato elegido para servir a Dios y a los hombres ha de serlo sin duda. Desde luego que recursos para abordar el enamoramiento hay y tienen que ver con la razón, las elecciones, la memoria o el desapego, con la proyección, los compromisos, la autopercepción y la heteropercepción, con el humor, con desdramatizar, con la vida interior y espiritual, con el acompañamiento, con los sacramentos… y con la voluntad, con aprender a sufrir y a aceptar que hacemos sufrir a otros. Pero aun así es el enamoramiento la fuerza más poderosa e irracional que existe, y enfrentarse a ella es complejo. Más aún en un contexto socio-religioso-cultural  como el de nuestro mundo que nos repite constantemente -también desde cierta experiencia religiosa…- que solo se vive una vez, que hemos venido a la vida a ser felices y hacer felices a los demás, que hay que escuchar al corazón, que la emoción es ley y que el sentido de la vida es la autorrealización y la felicidad… algo que sin matices, sin dudas, sin explicaciones, sin contrapesos, sin aclaraciones, sin excepciones y sin reflexiones, puede destrozar una vida.

               Si ya digo que en cualquier vida ha de ser dura la experiencia de fracaso de un modelo de vida para tratar de comenzar otro, en la de una persona pública de la Iglesia -a su propio nivel cada sacerdote lo es…-, en un obispo, más aún, porque se es carne de cañón y cabeza de picota pública. Además con ese cada vez menos larvado y más público anticlericalismo que nos rodea. Desde luego que en este caso no está lejos tampoco en exponerlo a la luz de los medios, el hecho de los posicionamientos políticos sobre el procés catalán -y sobre otras cuestiones eclesiales, de fe y de costumbres- de Xavier Novell. Pareciera que si de por sí está un obispo expuesto, este lo ha hecho más, quizás también por edad o propio carácter, del que hablan los que le conocían, que no dejaba de ser -más aún en los últimos años- un tanto voluble.

               No sé si hace falta recurrir a explicaciones sobrenaturales como también los mentideros lanzan dado el extraño género literario que produce la mujer con la que se le relaciona. De estas cosas como no sé, no hablo. Pero sí que me parece que explicaciones naturales habría de sobra si acaban confirmándose alguno de los extremos de esta historia.

               En fin. Que emociones encontradas me nacen con esto. Compasión, tristeza, esperanza, simpatía, ternura, enfado. Desde luego que me llevan a mirarme a mí mismo. Desde luego al misterio de la vocación. También a este mundo nuestro.  A lo difícil que es el amor, la fidelidad, el sentido. A lo fácil que es el fracaso. Me lleva a recordar que sin Dios, al final, nada tiene sentido, y a que con Él, aunque lo tenga, a veces es difícil vivirlo. Recordar que el sufrimiento y el dolor son parte connatural de la existencia y que les tememos mucho. Decirme que al amor, siendo lo más preciado que hay, deberíamos temerle más. Que hay que cuidar más el corazón y más a Dios en nuestra vida. Que deberíamos ser más compasivos pero también tener más humor y desdramatizar más todo. En fin. Que la vida es un inmenso misterio por el que vamos tratando de caminar como mejor podemos saber aunque a veces caigamos, perdamos el sendero o hasta la visión. Pero que Dios no deja de ser un Padre que ama y atiende y sale siempre a nuestro encuentro para tender su mano, levantarnos, y ayudarnos a buscar su rostro y caminar por el tiempo que se nos ha dado.

 

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior



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