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El cardenal Omella en el funeral de Martínez Somalo: «Ha seguido al Señor con gozo y con paz»

«El Señor, como tantas otras veces en su vida,  le dijo “Ven y sígueme”. Y esta vez, como intentó siempre hacerlo a lo largo de su vida, le ha seguido con gozo y con paz». Así ha comenzado el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española, el funeral del cardenal Eduardo Martínez Somalo, fallecido en Roma el pasado 10 de agosto.

La ermita de la Virgen de los Parrales, patrona de  Baños del Río Tobía, de la que el purpurado era fiel devoto, ha acogido la capilla ardiente, donde más de un centenar de personas, entre familiares, amigos y miembros de la corporación recibieron el féretro, con las campanas tañendo. Allí han permanecido los restos mortales del cardenal hasta poco antes de la misa funeral en la iglesia de San Pelayo.

Han concelebrado el arzobispo de Pamplona, Francisco Pérez; el arzobispo de Mérida, Celso Morga; el obispo de Osma-Soria, Abilio Martínez; el obispo de Tarazona, Eusebio Hernández; y el obispo emérito de Alajuela (Costa Rica), Ángel San Casimiro.

Servicio a la Iglesia

El cardenal riojano, ordenado sacerdote en Calahorra, posteriormente se preparó para servir a la Iglesia en la carrera diplomática, y ejerció diversos ministerios de gran responsabilidad en la Iglesia siempre con una gran entrega y disponibilidad. «Nosotros, los que nos quedamos en la tierra, sentimos el desgarrón de la separación, pero el que se va tras el Señor siente el gozo y la paz», ha expresado Omella.

«¿No es consolador y muy hermoso pensar que al final de nuestra vida, después del dolor, de los sufrimientos, así como también de las alegrías y consuelos, nos encontramos en la presencia del Dios de la Vida que quiere acogernos a todos para que descansemos en sus brazos amorosos, para que podamos contemplarle cara a cara y podamos alabarle para siempre?, se preguntaba el presidente de la CEE.

Esperanza y misericordia

Además, ha querido agradecer a Dios «por su persona, por los consejos que daba, por su buen hacer, por todo lo que ha aportado de bien a la Iglesia desde los diferentes encargos que recibió de parte de los obispos y del Papa». Es de bien nacidos el ser agradecidos, ha dicho el arzobispo de Barcelona, «y no siempre somos bastante agradecidos con Dios y con las personas que encontramos en nuestro camino. La Eucaristía es acción de gracias. Demos gracias a Dios por el precioso don de Jesucristo, el Hijo de Dios, por el precioso don de la fe, por el regalo de las personas que tenemos a nuestro lado y por la persona de don Eduardo».

Seguro que en los momentos difíciles que le tocó vivir, ha proseguido el purpurado, «supo hacer suyas las palabras de san Pedro cuando en Cafarnaún oyó a Jesucristo decir que daría en comida su cuerpo. Eso escandalizó a todos y muchos abandonaron al Señor. En los momentos de turbación muchos, a veces, optan por retirarse, pero ante la pregunta de Jesús ¿también queréis marcharos?, San Pedro responde: “Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Don Eduardo sabía que el esfuerzo, las dificultades, las pruebas no acaban nunca en la vida, más bien habría que decir que aumentan con el paso del tiempo y que llegamos a experimentar que la vida es combate, es lucha».

Omella ha concluido hablando de la misericordia y la esperanza: «Esa es la clave de la vida cristiana. La esperanza, que es como una semilla muy pequeña, pero que tiene una fuerza increíble ya que nos sostiene en los momentos más difíciles y duros de la vida. Por eso entendemos muy bien las palabras del Papa Francisco, y queremos hacerlas nuestras, cuando en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: “¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora! ¡No nos dejemos robar la esperanza!” ».

«Querido don Eduardo, le dejamos en las mejores manos: las de Dios, que es Padre de todos y en las de la Virgen, nuestra Madre, la Virgen de los Parrales. Descanse en paz».

El cardenal Omella no ha querido dejar de dar las gracias a sus hermanas, sobrinos y demás familiares por el cariño que siempre le han mostrado. Pero de manera especial «quiero dar las gracias a las religiosas que le atendieron allí en su casa en el Vaticano durante tantos años y con tanta dedicación», ha terminado.

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