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El cardenal Omella en el Día Nacional del Transplante: «Dar vida para salvar vidas»

«Dar vida para salvar vidas». Ese es el mensaje que ha querido enviar el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española. En España se celebra cada 27 de febrero el Día Nacional del Trasplante, una fecha que busca rendir homenaje tanto al gremio de la salud, como a los millones de personas que cada año deciden donar una parte de sí mismo para ayudar a otros a tener una vida un poco más duradera. El cardenal ha expresado que «ser donante de órganos es uno de los gestos más humanos y solidarios que existen». Además de ser, ha explicado, «un acto de amor enorme, generoso y desinteresado».

Mirar más allá de uno mismo

En abril de 2019 el Papa Francisco se dirigió a los voluntarios de la Asociación Italiana de Donantes de Órganos (AIDO), reunidos en el Vaticano, quienes representan a miles de personas que han elegido ser testigos y difundir los valores de compartir y donar, sin pedir nada a cambio. El Santo Padre valoró el acto de donar órganos «para salvar otras vidas humanas, para preservar, recuperar y mejorar la salud de muchas personas enfermas que no tienen otra alternativa». Y añadió: «Donar significa mirar e ir más allá de uno mismo, más allá de las necesidades individuales y abrirse generosamente a un bien más amplio. En esta perspectiva, la donación de órganos no es sólo un acto de responsabilidad social, sino también una expresión de la fraternidad universal que une a todos los hombres y mujeres».

Doctrina católica sobre la donación de órganos

El Papa Francisco recordó en su alocución la postura de la Iglesia sobre el tema de la donación de órganos: «El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la donación de órganos después de la muerte es un acto noble y meritorio que debe ser fomentado como una manifestación de solidaridad generosa» (n. 2296).

De igual manera, en su Encíclica Evangelium vitae, san Juan Pablo II  recordaba que «entre los gestos que contribuyen a fomentar una auténtica cultura de la vida, la donación de órganos en formas éticamente aceptables merece un aprecio especial» (n. 86).

Donar: un acto gratuito

Francisco explicó que «es importante mantener la donación de órganos como un acto gratuito y no remunerado. De hecho, cualquier forma de comercialización del cuerpo o de una parte del mismo es contraria a la dignidad humana». Por eso afirmó que de nuestra propia muerte y de nuestro don «puede surgir la vida y la salud de los demás, enfermos y sufrientes, contribuyendo a fortalecer una cultura de ayuda, don, esperanza y vida. Frente a las amenazas a la vida, de las que desgraciadamente tenemos que ser testigos casi a diario, como en el caso del aborto y la eutanasia, la sociedad necesita estos gestos concretos de solidaridad y amor generoso». Por último, finalizó su mensaje, animando a los asistentes a defender y promover la vida a través de la donación de órganos: «Recibiremos nuestra recompensa de Dios según el amor sincero y concreto que hemos mostrado al prójimo».

Testimonio de caridad

Benedicto XVI también se refirió al tema en noviembre de 2008, durante un congreso internacional sobre la donación de órganos organizado por la Pontificia Academia para la Vida. «La donación de órganos es una forma peculiar de testimonio de la caridad. En un tiempo como el nuestro, con frecuencia marcado por diferentes formas de egoísmo, es cada vez más urgente comprender cuán determinante es para una correcta concepción de la vida entrar en la lógica de la gratuidad. En efecto, existe una responsabilidad del amor y de la caridad que compromete a hacer de la propia vida un don para los demás, si se quiere verdaderamente la propia realización. Como nos enseñó el Señor Jesús, sólo quien da su vida podrá salvarla», afirmó Benedicto XVI en aquella oportunidad.

El ahora Papa emérito dijo además que «por lo que se refiere a la técnica del trasplante de órganos, esto significa que solo se puede donar si no se pone en serio peligro la propia salud y la propia identidad, y siempre por un motivo moralmente válido y proporcionado».

Como San Juan Pablo II, también alertó del peligro del tráfico de órganos: «Eventuales lógicas de compraventa de órganos, así como la adopción de criterios discriminatorios o utilitaristas, desentonarían hasta tal punto con el significado mismo de la donación que por sí mismos se pondrían fuera de juego, calificándose como actos moralmente ilícitos», precisó.



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