Carta del Obispo Iglesia en España

El cardenal Martínez Sistach escribe sobre la primera encíclica del Papa Francisco

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El cardenal Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona, escribe sobre la primera encíclica del Papa Francisco, Lumen fidei (Luz de la fe)

La luz de la fe (Lumen fidei) es el título de la primera encíclica del papa Francisco, que se hizo pública el día 5 del pasado mes de julio. Una primera impresión, después de la lectura de la encíclica, es que en ella se ve la mano tanto de Benedicto XVI como del papa Francisco, lo cual constituye una expresión más de la modélica manera cómo el Papa emérito y el Papa actual viven una situación inédita en la historia de la Iglesia.

Benedicto XVI, que propuso a toda la Iglesia un Año de la Fe en el quincuagésimo aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II, tenía ya en preparación una encíclica sobre la fe, llamada a completar su trilogía sobre las virtudes teologales. Así, esta nueva encíclica completaría las dos anteriores, sobre la caridad (Deus charitas est) y sobre la esperanza (Spe salvi), sin olvidar la que está considerada como su aportación a la doctrina social de la Iglesia (Charitas in veritate). Su renuncia hizo que aquella encíclica quedara en proyecto. Pero –según noticias atendibles- Benedicto XVI puso su proyecto en manos del nuevo Papa, el cual se lo ha hecho suyo, dándole su propia impronta. Un ejemplo más de una transición pontificia ejemplar.

El título de la encíclica define muy bien su contenido: Lumen fidei, la luz de la fe. En las primeras páginas el documento cita al joven Nietzsche, que invitaba a su hermana Elisabeth a arriesgarse, a “emprender nuevos caminos… con la seguridad de quien procede autónomamente”. Y añadía: “Aquí se dividen los caminos del hombre; si quieres alcanzar paz y felicidad en el alma, cree; pero si quieres ser discípula de la verdad, indaga”. La fe sería entonces como un espejismo que nos impide avanzar como hombres libres hacia el futuro. De ahí a asociar la fe a la oscuridad había un paso. Pero la encíclica –y ahí se ve la mano del Papa emérito y gran teólogo- se propone recuperar “el carácter luminoso de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo”. Es la cuestión de la relación entre fe y razón, un punto central en el magisterio de Benedicto XVI.

Nos explica el papa Francisco que su antecesor ya había completado prácticamente una primera redacción de esta carta encíclica. “Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo añadiendo al texto algunas aportaciones”.

Ahí está, pues, el documento; su objetivo es mostrar cómo la fe enriquece la existencia humana en todas sus dimensiones. Benedicto XVI, que fue uno de los teólogos asesores de la asamblea conciliar, estaba muy preparado para mostrar lo que afirma la encíclica citando a Pablo VI: que el Vaticano II fue ante todo un concilio sobre la fe; y también lo estaba para recoger sus ricas enseñanzas, especialmente en lo referente a las relaciones entre la fe y la Iglesia.

Al papa Francisco cabe atribuirle lo que se dice en el documento sobre la fe como luz para toda la sociedad, como un factor del bien común, en especial para la familia, y sobre la fe como la fuerza que conforta en el sufrimiento.

Si se me permite decirlo así, creo que estamos a la vez ante el testamento espiritual del papa Benedicto y ante la primera encíclica -y también programática- del papa Francisco.

 

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

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