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El capuchino Víctor Herrero y el historiador Javier Burrieza hablan de teología, belleza, poesía, cultura y arte

El sermón era un medio de comunicación muy presente en la sociedad sacralizada de la modernidad, sobre todo cuando existía una presencia social muy relevante y casi monopolística de las órdenes religiosas. Fray Víctor Herrero pertenece a una de las «religiones» especializadas, desde hace siglos, en la palabra predicada, sobre todo, a través de las misiones populares.

Sermones que tenían una existencia autónoma e indispensable en cada fiesta. De aquellos sermones, los temáticos, algunos han sobrevivido, muy especializados, vinculados por ejemplo a la Semana Santa, como sucede con el Sermón de las Siete Palabras de Valladolid, nacido en el templo y trasladado a la calle.

Cuando yo me encontré a este amigo capuchino, iba vestido con su hábito y calzaba solamente unas sandalias. Le hubiese gustado predicar en la calle. San Francisco lo hacía pero, finalmente, por las inclemencias del tiempo, las naves «herrerianas» de esta catedral inacabada, favorecieron la concentración hacia una palabra que iba sorprendiendo en la atención a los asistentes al Sermón de las Siete Palabras, cátedra de Cristo desde la cruz pero también cátedra de notables e ilustres predicadores. En su inicio, en siete ocasiones pronunció la palabra muerte para no volver a hacerlo jamás.

Una mezcla de sentimientos

«La invitación que me hicieron de preparar el Sermón —confiesa— me supuso una especial mezcla de sentimientos. Por un lado, la ilusión; por otro, el sobrecogimiento. Abrumado sí, pero muy sereno. La sensación, no te lo creerás, era de haber estado preparándolo desde hacía mucho tiempo, antes incluso de que me invitaran, habiendo llegado ahora la hora de escribirlo; poder juntar la palabra con minúscula, por mi inclinación vocacional a las letras, a la literatura, a la poesía, al cuidado del logos; y por otro lado la Palabra. Tienes que dar lo mejor que has podido recibir».

Lo presentaré mejor. Fray Víctor Herrero de Miguel, 40 años, es hermano menor capuchino, salmantino que estudió Filología Clásica mientras descubría el voluntariado social de los frailes capuchinos. Atraído por su forma de vida, decidió ir un año de misionero a Venezuela. «Después de la experiencia, sin pensarlo demasiado, me hice fraile», explica tranquilamente.

Luego su formación le llevó a Roma, Jerusalén y Oxford, donde estudió intensamente para realizar su tesis doctoral sobre el libro de Job. Tiene la «enfermedad del mar», que no sabe de fronteras y que siente que el mundo entero es su hogar. Hoy es profesor de la Universidad Pontificia Comillas y de la Antoniana de Roma. Amante de la poesía, no ha tenido miramientos por incluir en su sermón poetas que son poco habituales en los ámbitos clericales.

—Mi vocación religiosa se funda desde una previa que la sostiene y sin la cual creo que no se hubiese podido dar: es la vocación hacia la palabra. No quiero decir que sea ontológicamente más importante pero sí cronológicamente. Yo desde niño me he sentido llamado al lenguaje, eso después se fue materializando en el estudio de la literatura, cuando en mi vida aparece algo que es muy importante, que son las lenguas clásicas, en el Bachillerato. Eso me cambió.

—Pero tú desentrañas las palabras. Dijiste que eras espeleólogo de las mismas con tus conocimientos, no solo «reducidos» —que ya es mucho— al latín o al griego, sino también a las lenguas semíticas. Pero ¿ese Víctor salmantino, niño, joven, era ya un gran lector?

—No tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo, yo recuerdo una infancia muy alegre, alumno de los agustinos. Estudié Filología Clásica sin ser todavía fraile.

—Cuando uno estudia Filología Clásica, ¿a qué piensa que se va a dedicar?

—A la palabra. Nunca tuve miedo al sinsentido al que te podías lanzar si estudiabas estas disciplinas, según me advirtieron en muchas ocasiones. Ahora creo que un muchacho tiene mayor barrera creada por la sociedad. Pensé que eran unos estudios extraordinarios y sin parangón. Cuanto más estudiaba, más me gustaba.

—Tenemos que ser fieles a la vocación que cada uno tenemos. Los jóvenes no se plantean eso, no se atreven a enfrentarse, ni a su ámbito familiar, ni al de sus amistades.

—Siempre tuve a mi alrededor a las personas más importantes que me respetaron en mis dos vocaciones, que son igual de raras y que vistas ante la sociedad te llevan al fracaso y a la insignificancia: ser filólogo clásico y fraile capuchino. Cuando viajé a Venezuela, en esa experiencia de voluntariado, hace veinte años, el acontecimiento fundamental fue la enfermedad. Contraje una parasitosis en la piel, que se pasó a la sangre, con tres o cuatro meses con problemas estomacales. El hecho de la enfermedad fue decisivo como en tantas personas, para contemplar la vida desde un lugar distinto. Todo ello no está lejos de lo que me pasó muchos años después, al escribir una tesis sobre Job. De los capuchinos me atrajo, de manera invencible, su manera de relacionarse: su manera sencilla y profundísima de acercarse a las personas. Primero entre ellos y, desde intramuros, con una dedicación para con los pobres, en el comedor social que allí funcionaba. Entré por esa puerta pero también por la de la fraternidad. Junto a eso, la relación con el padre Enrique Rivera, un fraile extraordinario de 80 años. Tuvimos una relación asimétrica y preciosa. Él era catedrático de Filosofía en la Pontificia (un día estaba en Oxford y al otro estaba atendiendo la portería del convento). Esa es la tradicional ductilidad capuchina: ser predicadores de reyes y, al mismo tiempo, misioneros populares. Tuve la bonita experiencia de leerle una página del Evangelio de Juan en griego en la enfermería, al final de su vida.

—Podemos decir que estamos en un tiempo franciscano para la Iglesia. El Señor ha pedido reparar su Iglesia pero también la necesidad de descubrir entre las gentes el rostro de Dios. Pues eso es la evangelización. Tú citabas a Gabriela Mistral con ese Dios, «amor sin orillas». Pusiste mucho énfasis en la más franciscana de las palabras, la «fraternidad», la que nos convierte a todos en hermanos. No es un ideal político, sino una realidad que nos viene dada. Lo contrario es la indiferencia.

—Esclerosis del alma, el alma es el sagrario que guarda dentro de nosotros a Dios, y Dios ha decidido encarnarse en la intemperie.

—Todo esto lo proclamaste sin rubor en tu Sermón. La Iglesia no debe ser la que se protege de los rasguños, sino la Iglesia herida, la que está en la calle, la que reclama el Papa Francisco. ¿Si la Iglesia está herida es plena?

—Está viva, por eso el Resucitado resucita con la herida. ¿Por qué Tomás mete los dedos en el costado? Porque Cristo está realmente vivo. Esos textos evangélicos son los de la plenitud absoluta de la vida; solo resucita la Iglesia cuando se deja herir; y llevándola a lo de nuestro Papa Francisco, solo se deja herir, cuando está en el lugar donde la herida y la vida suceden, que es en el mundo, sin que tengamos que hacer una distinción maniquea entre los que obran y estudian.

—Tengo la sensación de que la Palabra de Dios es muy desconocida en la espiritualidad de los católicos. El Papa Francisco hace una recomendación muy didáctica: llevar los Evangelios en el bolsillo. El divorcio podía ser histórico. ¿Ha sido peligroso leer, saber, conocer? Quizás se nos llena mucho la boca con el diálogo entre la fe y la razón. El camino de la evangelización pasa por el conocimiento y por la vivencia de la Palabra: saber cómo es el camino de la narración, el modo de la expresión.

—Es la necesaria presencia de la Iglesia en el mundo de la cultura. No creo que el Papa Francisco cuando dice que tenemos que oler a oveja, nos esté diciendo que no tenemos que oler a libro, aunque algunos quieren hacer algo irreconciliable entre un Papa de libros y un Papa de calle. Sí, el tema de la cultura y la Iglesia es cada vez más inquietante. Cuanta más cultura, más proximidad al otro. Cuanto más honda es la lectura, más relación. Es que eso es puro humanismo cristiano. Yo vivo con absoluta nostalgia el hecho de que hayamos olvidado algo que durante mucho tiempo el cristianismo defendió. Nos hemos enfrentado a la cultura, como si tuviésemos que ser una voz discordante con lo cultural, como si ser Iglesia supusiese renunciar a la altura del pensamiento. No sé cómo ha pasado eso.

—Tampoco sé cuándo se ha producido esa separación. Quizás, en el momento en que la Iglesia estaba más preocupada en defenderse ante los ataques, el paso a la secularización, la pérdida de los privilegios, cuando la Iglesia se metió en la trinchera y dejó de ser una potencia cultural. Los católicos, dentro de los cristianos, hemos tenido un déficit de relación con la Palabra.

—Eso es un drama. Estos días he estado leyendo con un placer enorme un estudio exegético sobre el Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz, hecho por una profesora de Filología de Barcelona, Lola Josa, que ha realizado una aproximación muy bonita y discutible, desde la mística hebrea. Las primeras páginas deben ser leídas por todos aquellos que tienen un interés por el humanismo, de san Juan de la Cruz, de fray Luis de León, de Cipriano Valera. Tú eres historiador. Una cosa que sí que he estudiado, y cada vez me interesa más en la Biblia, es toda la renovación que ha impulsado sobre ello el Vaticano II. Uno lee Dei Verbum y analizamos lo que hemos podido desarrollar de esa constitución programática, de la belleza, de la potencia, ¡de lo que es la Biblia! Quizás es algo endémico, un mal de la Iglesia. Repasemos a un san Agustín, un san Jerónimo y toda la reacción contraria que su reapertura, su profundización de la Palabra, provocó. En la Iglesia tenemos miedo a la pluralidad del sentido, a la pluralidad del significado, cuando en realidad tenemos cuatro Evangelios y no uno. A veces algunos lo llaman relativismo. No es lo mismo. Uno puede ser un captador de la pluralidad del significado sin ser para nada relativista, porque el relativismo no es reconocer la pluralidad del significado, es quitarle valor al significado. La Palabra no es mármol, no es algo que tengamos que contemplar pétreamente como algo inerte e inamovible. La Palabra es arcilla, que se pone en nuestras manos, que están hechas de arcilla también. ¿Qué quiere decir eso? ¿Que puedo hacer lo que quiera con ella? No, no. Eso ya es caer en el repliegue. Significa que tengo que tener un cuidado enorme de que mi arcilla toque esa arcilla con una delicadeza, con un respeto, con una formación que tiene que darse. Si de la Teología amputamos la belleza, ¿qué Teología nos queda? Si de la Palabra de Dios no hacemos ver, que antes que otras cosas, y siempre junto a otras cosas, es bella, ¿qué nos queda? La gran marginada del pensamiento teológico es la belleza. Para mí, es descubrir una belleza que no es puro esteticismo.

—Y entonces, ¿cómo podemos conseguir que este Pueblo de Dios, que durante tantos siglos se ha conformado con escucharla, aprenda a acercarse con inquietud de enamorado a ella? Quizás la catequesis no sea el único camino.

—A mí se me ocurren, y esto es esencial, la formación bíblica de los líderes cristianos; que haya verdadero amor por la Palabra, que la Palabra no sea un medio auxiliar, como ocurre en algunos documentos, cuando uno percibe que la Palabra ha sido algo añadido al final de lo escrito ideológicamente… es necesario tener ganas de estudiarla. Yo he estudiado en Italia, allí voy mucho y qué envidia tengo cada vez que entro en la Feltrinelli de Largo Argentina en Roma y veo que los libros de Biblia están en la sección de literatura, no hay un angulito de religión. Algo tendríamos que hacer también para volver a hacer ver a la sociedad que el libro de Rut es enorme, que el Génesis es una aventura que está por traducir e inspirar a los artistas y a los poetas. Sobre todo ello tenemos un poco de responsabilidad en la Iglesia. ¿Cómo vamos a hacerlo si no estamos formados? Hemos despreciado el arte, la música, la poesía, las letras, la historia. Nos hemos encerrado. No podemos ser una Iglesia que huela a Iglesia cerrada. No estoy en la formación de los seminarios, pero allí también tiene que estar la formación cultural, incluso aquella que al formador de turno no le parezca cultura eclesial.

—La cultura y la Iglesia… la Iglesia con la cultura nos puede llevar al espacio público y eso es esencial, el tener presencia en el espacio público, no el conquistarlo.

—Y evitar también la completa caricatura que se ofrece en ese espacio público del pensamiento religioso. No hay artículos peor escritos, peor fundamentados, que las noticias religiosas en la prensa generalista. ¿Qué responsabilidad tenemos como Iglesia? ¿Hemos descuidado nuestro propio ministerio de la cultura? Defender el papel de la cultura no es minusvalorar la atención a los pobres, todo lo contrario. ¿Una Iglesia abierta a los pobres, es una Iglesia que tiene que abandonar las cátedras? ¿Es que desde la cátedra no se defiende al pobre? Fíjate la Escuela de Salamanca, ¿cómo vamos a olvidar eso? Si nos quitamos de los lugares de donde hemos podido decir las cosas más hermosas y reales que sobre la dignidad humana la Iglesia ha podido afirmar, ¿cómo se mantiene la dignidad de la persona defendida?

—Mencionaste, también, la reducción del conocimiento humano a la técnica. Estamos demasiado fascinados por ella, que no por la ciencia. Esta «esclavitud» la aprecio en el modo de educación que se quiere imponer. Veo el imperio de los objetivos y de las metodologías, pero no contemplo la fecundidad del conocimiento, que es crítica, capacidad de generar inquietud, de relacionar, de crear. Yo no veo eso en nuestros estudiantes.

—¿Cuándo vamos a hablar de los temas que verdaderamente importan? Y como todo no lo podemos cambiar y tampoco todo depende de nosotros, en el pequeño ámbito que uno puede controlar, tenemos que hacer cosas que sean realmente buenas, con calidad, que nuestra docencia sea cuidada, muy humanista, como nuestras investigaciones… debemos poseer esa sagacidad evangélica para hacer lo que verdaderamente importa. ¡Hay tantas cosas bellas que no podemos dejar de atender! ¿Por qué hablamos de planes de interioridad, y no quiero quitar valor a la interioridad, en ámbitos de educación religiosa, y no hablamos de oración? El problema de la verdadera cultura es que te enfrenta a todos, porque si lo que afirmas lo dices desde un fundamento de quien se ha parado a pensar, vas a generar malestar entre aquellos que te llamarán relativista o reaccionario, dos lugares opuestos pero que nos ubican ante una misma actitud.

—De la aspiración por la fraternidad humana universal en la encíclica Fratelli tutti a las divisiones que la desgarran dentro de la Iglesia, según ha advertido el cardenal capuchino Cantalamessa en su meditación del Viernes Santo: «La fraternidad católica está herida», sobre todo cuando «la opción política toma ventaja sobre la religiosa y eclesial y defiende una ideología, olvidando del todo el sentido y el deber de la obediencia en la Iglesia […] Significa que «el reino de este mundo» se ha vuelto más importante, en el propio corazón, que el Reino de Dios». Estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia.

—Tremendas palabras. Durante el pontificado de Francisco he visto algo que cualitativamente ha cambiado, convertido en elemento de presunción: el ataque despiadado, la generación de división por gente con la que podemos compartir espacios de oración en nuestra iglesia más cercana. Un ataque inmisericorde al corazón de la Iglesia, al Papa, convirtiéndose en carta de ciudadanía de los que se creen verdaderos católicos. ¿Quién mueve esta sinfonía?

La vida es una sucesión de abismos. Vamos caminando aparentemente por llanuras, pero en cuanto nos damos cuenta el espacio llano se convierte en un acantilado, eso es la vida.

—Subrayaste que «nuestra manera de vivir parecía de acero y ha resultado de paja». Son palabras que han resonado en la situación en la que vivimos, en medio de la fragilidad, de la enfermedad, de la pandemia, de la inestabilidad, de la inseguridad laboral, de la crisis. Ante tanto sufrimiento, «¿por qué, Dios mío, sucede esto sin un por qué?».

—Esa es la Teología de la Herida y la de la plenitud, que son la misma… el Resucitado de la herida abierta. No debemos confundir nunca, nunca, nunca la fe con la evidencia matemática, no es la resolución de una ecuación, no es confundir el misterio que es nuestra vida con un problema. La realidad es misteriosa; vivimos amparados y sobrecogidos por el misterio de la existencia y creo que los que seguimos al Crucificado, que es también el Resucitado, no pensamos que Cristo saca de su chistera mágica la solución que nos tranquiliza en cada una de las cosas que a lo largo de nuestra vida nos van intranquilizando. En esta pandemia, ¿dónde está Dios? ¿Dónde no está Dios? Dios no está en el intento de hacer de Dios algo contrario a la ciencia, por ejemplo. Dios está en el esfuerzo de la inteligencia humana, en la capacidad que Dios nos ha dado de convertirnos en científicos, en la capacidad de hacer buena política y buen cuidado de lo público; de hacer campañas de verdad de salud pública en lugares pobres, es decir, Dios está en todo eso. La vida es una sucesión de abismos. Vamos caminando aparentemente por llanuras, pero en cuanto nos damos cuenta el espacio llano se convierte en un acantilado, eso es la vida. Pasa ahora a siete mil millones de personas en el mundo pero es que no hay día en la realidad, desde que el mundo es mundo, en el que alguna persona, hoy, la vida no se le convierta en trágica. Ahora hay una uniformidad en la percepción de lo trágico, pero eso es la existencia. Caminamos sobre acero pero caminamos sobre paja. ¿Cómo hacer ver que la paja es sagrada? ¿Cómo hacer ver que en nuestra vulnerabilidad está el único lugar en el que podemos encontrar todas nuestras posibilidades y que la fe no es destruir la vulnerabilidad y convertirla en un lugar de aparente protección? La fe nos acompaña, la fe no es un escudo, no es tener las respuestas. ¿Qué respuestas podemos dar nosotros? ¡Cuánto me ha ayudado el libro de Job en eso! La Palabra con mayúscula nos tiene que conducir a la palabra con minúscula y al silencio, a saber callar, evitando toda arrogancia en la respuesta. Ese silencio se convierte en algo sagrado.

—Por no hacer a la covid protagonista de esta conversación, tengo la sensación de que la gente se ha percatado de que la existencia es algo más que caminar entre comodidades y no sé si tú, como ministro de la Iglesia, has apreciado que la gente ha girado la cabeza hacia el mundo espiritual.

—Escuchándote me alegra la veracidad de algo que yo mismo he experimentado. Es la posición natural del corazón humano, que es naturalmente espiritual. Tendemos a la hondura, otra cosa es que vivimos drogados. Ahora, esta situación nos hace ver quiénes somos. Vamos a nuestra casa común, la que compartimos los seres humanos… bueno, ya lo dijeron los griegos, ¿qué es el logos? El logos es esto, el logos es el espíritu, no es una maquinación intelectual fuera de la vida; es la preocupación por el sentido, es el deseo de la captación del otro, es la compasión. Las circunstancias de la pandemia provocan, colateralmente, lugares que yo creo que nos ubican en el centro mismo de nuestro ser: nos preguntamos por la fragilidad de la vida. Ojalá muy pronto se produzca la recuperación de la vida normal, pero ojalá que no se produzca el olvido de todos aquellos que han despertado del sueño. ¿Cómo vamos a ser capaces de mantener la inquietud de todos aquellos que se han vuelto inquietos?

—Y ojalá sepamos responder nosotros, como comunidad de creyentes, con la «revolución de la ternura».

—La revolución de la ternura que es el primado de la proximidad, la opción por el encuentro, son palabras tremendas, la compasión, la misericordia, la atención verdadera, la preocupación, todo eso es fraternidad.



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