Carta del Obispo Iglesia en España

El Buen Pastor, por César Franco, obispo de Segovia

  El Buen Pastor, por César Franco, obispo de Segovia

Pocas imágenes de Cristo han calado tanto en la piedad cristiana como la del Buen Pastor, que aparece ya en los primeros testimonios pictóricos de las catacumbas romanas. Ataviado de pastor, Cristo lleva sobre sus hombros un cordero que ha rescatado de los peligros para devolverlo a su redil. La imagen viene del mismo Cristo, que se llama a sí mismo «Buen Pastor» porque da la vida por sus ovejas. Se contrapone al asalariado, a quien no importan las ovejas y huye cuando viene el lobo. Cristo no ha huido ante el lobo de la muerte, que le ha devorado, desvelando así el amor que tiene al hombre. En este duelo entre la vida y la muerte, Jesús dice con claridad: «Nadie me quita la vida, yo la entrego libremente».

            Para un cristiano, la imagen del Buen Pastor hace patente el amor de Dios por el hombre, por cada hombre. Y revela, al mismo tiempo, el valor que el hombre tiene ante Dios, quien entrega a su Hijo para que vaya en su búsqueda, incluso por cañadas oscuras, hasta que lo encuentra. Dice Jesús que el Padre le ama porque entrega su vida para poder recuperarla. Esta frase es profundamente misteriosa. ¿Acaso Dios no ha amado a su Hijo desde toda la eternidad antes incluso de su encarnación? No existe momento alguno en que el Padre no ame al Hijo de sus complacencias. ¿Por qué, entonces, dice Jesús que el Padre le ama porque entrega su vida para poder recuperarla? Porque, una vez encarnado, Cristo no ha estimado su vida como un tesoro, sino que se despoja de ella como un servicio de amor. Curiosamente, el mismo verbo griego que utiliza san Juan cuando, en el lavatorio de los pies, dice que Jesús «deja» sus vestidos para lavar los pies a los discípulos, es el mismo que utiliza para decir que Cristo «deja» la vida para recuperarla de nuevo. Se trata de despojarse de su condición de Señor para asumir su condición de esclavo y ponerse a los pies de los hombres. Contemplando este gesto de su Hijo hecho hombre, el Padre —viene a decir Jesús— se enciende de amor por él, aún más si cabe, ante una entrega tan inefable y sin límites. La entrega del amor que se explica a sí mismo dando la vida.

            Entregándose a la muerte, Cristo no sólo recupera la vida para sí, sino para nosotros. Es el encargo que ha recibido del Padre: recuperar la vida de los hombres para que todos se sientan valorados y amados por Dios. Dicho sencillamente: la vida de un hombre vale la vida de Cristo. Aquí radica, en última instancia, la dignidad del hombre y el valor de su vida. Por eso, ningún cristiano conoce de verdad a Cristo hasta que ha tenido la experiencia de su amor. Conocer a Cristo no es asunto de libros, de estudio ni de mero conocimiento intelectual. Conoce a Cristo quien se adentra en la herida de su costado y aprende a amar como amó él. Por eso, el gran místico y poeta, san Juan de la Cruz, presenta a Jesús como un pastorcico, que se ha enamorado de una pastora —símbolo del hombre— y busca por todos los medios atraerla hacia sí. Y todo lo que dice, y sobre todo hace, está encaminado a conquistarla mediante gestos de amor. Y la pena de este pastorcico no es otra que el olvido de la pastora. Y para atraerla, se deja lastimar, herir, hasta subir a la cruz, donde el amor alcanza su cima más insospechada, tal como canta nuestro gran místico: «Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado/ sobre un árbol do abrió sus brazos bellos/ y muerto se ha quedado asido dellos,/ el pecho del amor muy lastimado».

            Un teólogo de nuestros días ha escrito un libro titulado «sólo el amor es digno de fe».  Ante el Cristo despojado de sí mismo por amor, el Cristo que enciende el amor del Padre, ¿qué mas necesita el hombre para creer? ¿Qué prueba espera para derrumbarse ante la cruz y dejarse amar de esta manera?

 + César Franco

Obispo de Segovia

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