El bautismo, puerta de fe, por el obispo de Segovia, Ángel Rubio
Carta del Obispo Iglesia en España

El bautismo, puerta de fe, por el obispo de Segovia, Ángel Rubio

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El bautismo, puerta de fe, por el obispo de Segovia, Ángel Rubio Castro, para el domingo 2 de marzo de 2014:

La Cuaresma que comenzará el próximo miércoles cinco de marzo, ha de servirnos para redescubrir el sacramento del bautismo con que fuimos injertados en la muerte y resurrección de Cristo y comenzamos a ser nuevas criaturas en la vida cristiana.

El Directorio de la Iniciación Cristiana en nuestra diócesis afirma: «La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición memorial de la Iglesia. Según la doctrina de la Iglesia, los niños nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio libertad de hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el Bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento» (n. 36).

No es lo mismo un niño bautizado que no bautizada. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. La vida nueva recibida en el bautismo es semejante a una pequeña semilla, que va creciendo lentamente hasta convertirse en un árbol maduro. Nos cuesta creer que entre la tierra y el cielo haya una continuidad, porque son muy distintas las condiciones de vida.

Una comparación: El niño antes de nacer ya está vivo en el seno materno. Las condiciones de vida son diferentes. En el seno materno no se le vé, se le verá después de su nacimiento. Y, sin embargo, es la misma vida que, comenzada en el momento de la concepción se hace visible apenas nace.

Lo mismo ocurre con la vida eterna. Comenzada en el bautismo, prosigue a lo largo de la existencia, pero aparece a plena luz más allá de la muerte. Y lo mismo que los meses pasados en el seno materno han permitido hacer crecer al nuevo ser, engendrado en la concepción, así el tiempo de nuestra vida terrena debe hacer crecer en nosotros el germen de la vida eterna que el bautismo ha depositado en nuestros corazones.

No esperamos la vida eterna como una recompensa. Tenemos desde ahora la vida eterna y debemos de esforzarnos, hoy mismo, en vivir como hijo de Dios. Al bautizado le hace falta una comunidad cristiana, que le proporcione el clima conveniente. Necesita de otros sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, para desarrollar la vida nueva.

El bautismo comporta no sólo una dimensión vertical: comunión con Cristo, sino además una dimensión horizontal: comunión con los hermanos. El bautismo obra a la vez la unión de los cristianos a Cristo y la inserción de los bautizados en la Iglesia, que es la comunidad de creyentes, el Cuerpo de Cristo, el Pueblo de Dios.

Por los sacramentos profesamos externa, socialmente, comunitariamente nuestra fe en Cristo Salvador. Un sentimiento no es del todo sincero cuando no estamos dispuestos a manifestarlo íntegra y públicamente. La sacramentalidad es la que hace que la fe en Cristo sea social. Y el hombre necesita esta dimensión porque es esencialmente un ser social.

De ahí que yo no puedo bautizarme solo, tengo que pedirle a otro que me bautize. Es un acto de hermandad de afiliación a la Iglesia y en su celebración podemos reconocer los rasgos más genuinos de ella, que como madre sigue generando nuevos hijos en Cristo, en la fecundidad del Espíritu Santo.

 

                                                                                                              + Ángel Rubio Castro

                                                                                                                 Obispo de Segovia

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