Cartas de los obispos Última hora

El bautismo del Señor y nuestro bautismo

Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

Con la fiesta del Bautismo del Señor concluye el ciclo de Navidad. Aquel acontecimiento histórico sigue teniendo resonancia en la actualidad. Hoy es necesario agradecer el extraordinario significado de nuestro propio bautismo.

El Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros podamos llegar a ser hijos de Dios. Él nació para que nosotros podamos renacer. Él quiso ser bautizado para abrirnos el manantial del agua viva y del Espíritu.

Nuestro bautismo constituye un «segundo nacimiento». Un ser humano puede volver a nacer de lo alto, de Dios. El bautismo es la entrada en la vida cristiana, la vida que Cristo nos otorga, y es el primer paso en la senda de los discípulos del Señor. Los bautizados son rescatados de la oscuridad y conducidos al esplendor de la luz de Dios. En las aguas del bautismo se pasa de la esclavitud del pecado a una nueva vida y a una nueva esperanza. La nueva fe propicia una existencia diferente edificada sobre el cimiento de la caridad. Jesucristo toma de la mano al bautizado y lo saca fuera del alcance de la fuerza de la gravedad de la esclavitud.

El día de nuestro bautismo recibimos un inmenso regalo. Desde ese momento se inicia un proceso de crecimiento, gracia tras gracia, que nos permite permanecer unidos a Cristo con gestos concretos y opciones coherentes con el Evangelio. Lo que sucede en el bautismo es el inicio de un itinerario que dura toda la vida. El bautizado recibe el agua de la vida, es ungido con óleo suave, revestido de una nueva condición, iluminado con una luz creciente. La acción del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo realiza una profunda transformación.

«En la Iglesia antigua, el bautizado se volvía después hacia el oriente, símbolo de la luz, símbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, símbolo de Cristo» (Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 3 abril 2010). El bautismo determina una nueva orientación en la vida: la fe en el Dios trinitario.

Al pedir el bautismo para sus hijos, los padres adquieren el compromiso de educarlos en la fe. Deben estar dispuestos a profesar su fe en Jesucristo, a vivir orientados hacia el Señor, a caminar juntos tras las huellas del Maestro, a escuchar sus palabras, a recibir la gracia de los sacramentos, a participar en la vida de la Iglesia, a dar testimonio con el ejemplo, a reconocer a Cristo en el rostro de los más necesitados.

  Recibid mi cordial saludo y mi bendición

+ Julián Ruiz Martorell
Obispo de Jaca y Huesca

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