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Opinión

El arzobispo de Mérida-Badajoz y sus curas

El arzobispo de Mérida-Badajoz y sus curas

Voy camino de Madrid para agenciar cuestiones burocráticas de mi próximo viaje a Quito (Ecuador), donde viajaré en unos días para compartir -desde el grupo de innovación didáctica de la Universidad de Extremadura- los trabajos que llevamos a cabo con la Universidad Pontifica Católica.

Desde este grupo, desarrollamos didácticas sobre el desarrollo de las competencias éticas en la universidad. Al realizar este viaje solo, uso como medio de transporte el tren lento que une la periferia con la capital madrileña –deseando una red ferroviaria rápida, limpia y económica, como ha dicho nuestro Presidente en el día de Extremadura-.

Para todos nosotros y para todas las situaciones

En el tren se va más cómodo, se lee y se puede trabajar algo mejor. Entre las cosas que llevo para el camino (prensa, revista teológica y algún archivo para corregir), percibo la carta que recibí ayer de mi arzobispo, D. Celso Morga. Algún compañero me había hecho referencia positiva a la misma, pero aún no la había leído. Y, según la fui leyendo, hizo eco en mi interior, dejándome una sensación de gozo, paz, serenidad y ánimo. Sentí satisfacción y la recibí como algo propio y personal, sabiendo que está dirigida a todos los sacerdotes y en todas las situaciones.

Es el primer rasgo que me atrae y destaco, se dirige  a todos nosotros y se detiene de un modo específico en grupos determinados. Comienza con un saludo en el que desea que su presencia entre nosotros, como obispo, no sea de obstáculo sino de verdadera paternidad, de amistad, de consuelo y de apoyo en nuestra labor pastoral -que la considera suya-. Nos invita a ser diócesis, con claves conciliares, y nos dice que cuenta con nuestra cooperación sacerdotal generosa y alegre para formar una familia (diócesis) unida, en la que todos, con sus talentos y carismas, se sientan  queridos, comprendidos y acogidos, y así se pueda enriquecer toda la archidiócesis. Sin obviar los defectos nuestros y suyos en los que nos tenemos que aceptar y comprender.

Frente al zarpazo del abandono o la soledad

En la misiva, se aprecia, de principio a fin, su compromiso para intentar situar a cada uno en el lugar y en la misión donde pueda sentirse más a gusto para, de esta manera, dar lo mejor de sí mismo a favor de los demás; aunque esto tiene sus dificultades, que acepta, y nos pide a todos cierto sacrificio para saber llevar los fallos que puedan darse en esta responsabilidad suya.

Me agrada leer que, además de pedir nuestra comprensión para sus debilidades y fallos, lo que más le preocupe es que algún sacerdote de nuestro presbiterio pueda sentir, por culpa suya o de los demás compañeros, el zarpazo de la indiferencia, del abandono, de la incomprensión o de la soledad. Distingue, con mucho acierto,  la soledad sacerdotal que está habitada de modo trascendente, de aquella que nace de una ausencia de verdadera fraternidad y amistad sincera entre nosotros.

Jubilados, enfermos y sufrientes

A partir de ahí, se dirige a los jubilados, agradeciéndoles sus vidas y todas las ayudas que siguen realizando en medio del pueblo de Dios, junto a los demás compañeros. Se une a los enfermos, pidiéndoles que den sentido ministerial a su proceso de dolor, y desea que ninguno se encuentre solo en esta situación. Y se dirige, con especial cariño, a los que puedan estar pasando un momento delicado o difícil en su vida sacerdotal, invitándoles a la oración auténtica, a compartir su situación con otros hermanos sacerdotes, a usar medios humanos y profesionales, psicológicos o médicos, que les puedan ayudar a clarificar, discernir, elegir, o sanar humana y espiritualmente.

Y no olvida a los sacerdotes que dejaron el ministerio, agradeciendo la tarea realizada en sus vidas; recordándoles que los lleva en el corazón y que se muestra disponible para todos los que quieran regularizar su situación eclesial.

Sólo la misericordia nos hará felices

Una carta sencilla, vital, pastoral, de ánimo y cercanía.  Imagino que esta sensación que provoca en mí es generalizada en el clero. Me lo han comentado varios compañeros y hemos coincidido en que este modo nos alegra y nos motiva.  Ojalá se creen y se fomenten de verdad estos lazos de fraternidad y colaboración entre el pastor y todos nosotros, colaboradores suyos, en la tarea diocesana: para que sepamos servir al pueblo con dedicación ilusionada y comprometida, que cada uno aportemos lo mejor de nosotros mismos –aun con nuestras limitaciones y defectos- y que la Iglesia sea rica y fecunda en las obras del Espíritu.

Comparto este sentimiento de pastor de  nuestro arzobispo, y me uno en el deseo de centrarnos en el Año de la Misericordia. Apostaremos, unidos en el Espíritu, para que la fraternidad sea nuestro distintivo y, de este modo, facilitemos al pastor el ejercicio de su paternidad que, como nos ha manifestado en su carta, quiere ser entrañable. Que nuestra unión llene de misericordia y compasión la realidad, para que el Evangelio llegue a los que más lo necesiten y estén sufriendo. Agradezco, y mucho, la sencillez y la cercanía de su escrito a nuestro presbiterio. Nos hace bien. Nos renueva la ilusión. Nos hace felices.

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

 

 



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