Coronavirus

El arca de Noé y nuestra esperanza, por Fernando Chica

En estos días de confinamiento obligatorio debido a la pandemia del coronavirus, me ha venido a la mente el patriarca Noé, que pasó un buen tiempo encerrado en el arca: primero, los cuarenta días con sus noches que duró el diluvio (Gén 7, 17) y, luego, mientras «la tierra estuvo inundada durante ciento cincuenta días» (Gén 7, 24). ¿Puede iluminarnos este episodio en esta ardua encrucijada que nos toca vivir como Iglesia y como sociedad? Creo que sí y, por eso, ofrezco algunas reflexiones a partir del texto de la Escritura Santa.
Somos seres mortales. Al inicio del relato, dice Dios: «Mi aliento no permanecerá por siempre en el hombre, porque es mortal» (Gén 6, 3). Es una verdad evidente, pero parece que, con los grandes avances científico-técnicos y con el significativo aumento de la esperanza de vida, los humanos ya no estábamos acostumbrados a mirar de frente a la muerte, llegando incluso a creernos autosuficientes e inmortales. El coronavirus nos está devolviendo a la cruda realidad.
Vivimos unidos a toda la creación. Ante el amenazante diluvio, Dios ordena a Noé que lleve a su familia, y añade: «Toma una pareja de cada especie de animales, macho y hembra, y métela en el arca, para que se salven contigo» (Gén 6, 19). El coronavirus nos recuerda que los seres humanos somos parte del único cosmos, que todo está conectado —algo en lo que insiste frecuentemente la encíclica Laudato si’— y que estamos llamados a vivir en esta mutua relación.
Encerrados. En un momento clave de la narración bíblica, se nos dice que «el Señor cerró la puerta por fuera» (Gén 7, 16). Antes de eso, Noé ha tenido que construir el arca; después, vendrán largos días de convivencia estrecha, original y nada fácil, dentro del arca. Pero esa decisión —como el confinamiento en que vivimos ahora— es lo que precisamente permite sobrevivir al diluvio o, en nuestro caso, a la pandemia. No es fácil vivir en el arca, como no es fácil mantener el entusiasmo, el sosiego y el buen ánimo encerrados en espacios reducidos (¡qué mérito tienen los niños, los ancianos o las personas con discapacidades!).
La muerte. Por doquier, el coronavirus es causa de cuantiosos fallecimientos. Angustia y atenaza repasar la lista de los países que están pasándolo peor, saber de la terrible situación en la que se hallan algunas ciudades, tener noticias de primera mano de gente a la que conoces y está en penosas condiciones. Cotidianamente escuchamos con desconcierto y pesar las estadísticas, con cifras que desgarran el alma. Desde aquí, podemos entender la expresión que emplea el relato bíblico: «Perecieron todos los seres vivos que habitaban la tierra firme, […] tan solo quedó Noé y los que estaban con él en la barca» (Gén 7, 23-24). Pero esto no es todo. En el horizonte se vislumbra un lucero alentador.
Las señales. Cuando bajó el nivel de las aguas, Noé abrió la ventana del arca y soltó, primero, un cuervo y, después, una paloma, por dos veces. Cuando la paloma regresó con una ramita de olivo en el pico, «supo Noé que las aguas habían disminuido hasta el nivel de la tierra» (Gén 8, 12). También en esta temporada estamos todos atentos al cómputo de los contagios, a las pruebas realizadas, a las curaciones. Miramos gráficas de escala lineal y de escala logarítmica, comparamos unas naciones con otras, observamos números absolutos y variaciones porcentuales anhelando sin cesar que baje la tendencia, que aparezca una señal positiva, como la ramita de olivo verde en el pico de la paloma.
La acción de gracias. Cuando salió del arca, Noé brindó a Dios ofrendas de acción de gracias. Tras el diluvio, encontramos a un Noé más humilde y agradecido, más espiritual y sabio.
Tras superar la adversidad, escucha estas palabras de Dios: «Mientras dure la tierra, habrá siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, día y noche» (Gén 8, 22). En esta frase vemos algo así como la sabiduría básica que, con realismo y hondura, nos hace poner los pies en el suelo. ¿Aprenderemos nosotros también esta lección? ¿Transformaremos la triste hora presente en una escuela? ¿Tomaremos nota de nuestros errores? ¿Los olvidaremos con celeridad? ¿Saldremos de esta lacerante crisis del coronavirus más sensatos, menos altaneros, más sencillos, menos egoístas, más espirituales? ¿Viviremos mayormente la fraternidad, en sana y benéfica armonía?
La alianza. El relato del arca de Noé culmina en la alianza que Dios establece —de manera gratuita, libre e incondicional— con la humanidad y con el conjunto de los seres vivos de la tierra. En realidad, todo el relato está orientado a esto. Dice Dios: «Yo hago mi alianza con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron» (Gén 9, 9-10). La señal de este pacto es el arco iris: «Saldrá el arco en las nubes, y al verlo recordaré mi alianza perpetua: pacto de Dios con todos los seres vivos, con todo lo que vive en la tierra» (Gén 9, 16). Es un pacto imborrable.
En la actual coyuntura, es bálsamo consolador traer a la memoria las palabras que el Santo Padre pronunció, el pasado 27 de marzo, en el momento extraordinario de oración, celebrado en la plaza de San Pedro del Vaticano. Como en el arca de Noé, el Papa Francisco recordó que «en esta barca, estamos todos». Y añadió: «Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere». Del mismo modo, la figura de Noé nos abre a la esperanza, porque evoca la Alianza que el Dios de la Vida hizo para siempre con la humanidad y con toda la creación. La Vida vence a la muerte. El Amor la derrota. Un Amor que en Cristo se transforma en roca firme e inamovible sobre la que cimentar y construir nuestra existencia.

Fernando Chica @HolySee_FAO
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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