Opinión

El anciano no es un enemigo, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (18-4-2015)

El anciano no es un enemigo, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (18-4-2015)

Ese podría ser el título de la catequesis que el Papa Francisco pronunció el día 4 de marzo de 2015, siguiendo su plan de reflexiones sobre la familia.

El Papa recuerda que en nuestros días ha disminuido notablemente el número de nacimientos. Vivimos en una sociedad envejecida. Esta observación es más que evidente. La medicina ha alargado la vida humana, pero la sociedad no se ha «abierto» a la vida. “El número de ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado lo suficiente para hacerles espacio, con justo respeto y concreta consideración a su fragilidad y dignidad”.

Este es un mundo que privilegia la juventud. Ellos son los que conocen el uso de las modernas tecnologías. La sociedad piensa que “sólo los jóvenes pueden ser útiles y pueden gozar”. Por su parte, los jóvenes miran la vejez como si fuese una enfermedad que hay que tratar de mantener a distancia.

Una sociedad programada a partir de la eficiencia y la ganancia ignora a los ancianos. Los considera como un estorbo y una carga y no les permite participar en la orientacion de la sociedad. Sin embargo, los ancianos son una riqueza que no se puede ignorar. Los ancianos son la reserva de sabiduría de los pueblos.

Recordando palabras de su antecesor, el Papa Francisco, afirma que “la atención a los ancianos habla de la calidad de una civilización”. Una sociedad en la que no hay sitio para los ancianos o los descarta porque crean problemas, lleva consigo el virus de la muerte.

No solemos admitir que se descarte a los ancianos, pero esa es la dramática y pecaminosa realidad. Nos estamos habituando a descartar a algunas personas, pero de esa forma aumentamos en los ancianos la angustia de ser mal soportados y abandonados.

El Papa citó un consejo tomado del libro bíblico del Eclesiástico: «No desprecies los discursos de los ancianos, que también ellos aprendieron de sus padres; porque de ellos aprenderás inteligencia y a responder cuando sea necesario» (Sir 8, 9).

Fiel a esa tradición, la Iglesia promueve la cercanía a los ancianos y el acompañamiento afectuoso y solidario en esta parte final de la vida. Al denunciar la indiferencia y el desprecio respecto a la vejez, la Iglesia quiere despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio y de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad.

Tras recordar un conocido cuento sobre el niño que aprende de su padre un manifiesto desdén hacia el abuelo, el Papa afirmó que el anciano seremos un día nosotros… y “si no aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros”.

Finalmente, subrayó la importancia de valores éticos como la gratuidad y el afecto.   “Una comunidad cristiana en la que la proximidad y la gratuidad ya no fuesen consideradas indispensables, perdería con ellas su alma. Donde no hay consideración hacia los ancianos, no hay futuro para los jóvenes”.

 José-Román Flecha Andrés

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