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El amor y la vida en la encílica Humanae vitae

EL AMOR Y LA VIDA EN LA ENCÍCLICA HUMANAE VITAE

El amor es la cumbre y la cima de la vocación humana al ser y al ser-así.   Esa experiencia amorosa puede ser presentada en términos de encuentro, de relación y de amistad.

La palabra “amor” nos remite a un amplio abanico de contenidos, unidos entre sí por lazos de analogía. Entre ellos, el “primer analogado” sería precisamente el amor esponsal. Sin embargo, este amor constituye una meta difícil. A ella conduce una senda de gradualidad que recorre diversos estadios de maduración personal y de relación.

La comunión personal con el “tú”, único e irrepetible incluye algunas condiciones imprescindibles. El verdadero amor exige libertad, gratuidad, respeto, cuidado. Y disponibilidad para la unión de los diversos.

Ya en sus primeros escritos, Gabriel Marcel consideraba que “el amor es esencialmente el acto de una libertad que afirma la de otro y que no es libertad más que por esa misma afirmación”. En las raíces mismas del amor se encuentra la creencia en la inagotable riqueza y la imprevisible espontaneidad del ser amado. Por tanto, el amor es un acto libre y no puede por menos de serlo. En realidad es un acto de fe: es la fe.

De hecho, el amor florece en confianza y en fidelidad creadora, en presencia y en disponibilidad, en afirmación de la libertad y en creación de libertad. En realidad, el amor se identifica con la verdad, de tal forma que un amor sin verdad no es más que un delirio[1].

Posteriormente, el sociólogo americano Andrew Greeley estudiaba el amor conyugal a partir de la experiencia de la amistad. Como la amistad, el amor entre los esposos nace de la confianza de la persona en si misma, es paciente, no es competitivo, es sincero, estimulante y respetuoso[2].

  1. LA VOZ DEL CONCILIO

El Concilio Vaticano II refleja estas reflexiones elaboradas por el pensamiento contemporáneo, como se puede ver en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy, en el contexto de su reflexión sobre el matrimonio y la familia (nn. 48-52).

El Concilio recuerda en primer lugar la dignidad ontológica del amor conyugal. Habiendo sido redimido por Cristo (GS 48 b), y siendo eminentemente humano, único y personal (GS 49 b), es protegido e impulsado hasta lograr su perfección humana por la ley divina (GS 50 b).

En un segundo momento se afirma que el amor conyugal supera la inclinación puramente erótica (GS 49 a) y compagina la vocación a la fecundidad con el fomento del amor (GS 51 b). En la conjunción de ambos valores, la moralidad no depende sólo de la intención, sino de criterios objetivos “tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero” (GS 51 c).

El amor conyugal “abarca el bien de toda la persona y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal”. Asociando lo humano y lo divino, ese amor está llamado a crecer y perfeccionarse, en el don libre y mutuo de los esposos, a manifestarse en la ternura y a impregnar su vida toda (GS 49 a).

En consecuencia, los actos propios del amor conyugal, si son ejecutados de forma humana, “significan y favorecen el don recíproco” en gozosa gratitud (GS 49 b) y se orientan a la procreación y educación de la prole (GS 50 a). Los dos verbos -significar y favorecer- evocan la dinámica sacramental. Como se ve, la verdad antropológica del amor conyugal se plenifica en el don de la nueva vida naciente[3].

2. EL AMOR CONYUGAL

Pues bien, en este contexto se sitúa la reflexión de la encíclica Humanae vitae, publicada por Pablo VI el día 25 de julio de 1968. Ante la opinión pública, este escrito estaba dedicado a orientar el comportamiento de los católicos en el problema específico del control de los nacimientos y la anticoncepción. Se olvida con frecuencia que esta encíclica ofrece unas interesantes reflexiones antropológicas sobre el amor conyugal.

Según Pablo VI, el amor tiene por fuente a Dios, que es amor, y puede constituirse en signo sacramental de la gracia al representar la unión de Cristo y de la Iglesia. A esa luz, la encíclica resume en unos pocos trazos las notas y las exigencias características del amor conyugal[4].

Se trata, en efecto, de un amor plenamente humano   y humanizador. No es esta una observación banal. En efecto, el amor conyugal es una experiencia integral. Es sensible y espiritual al mismo tiempo, en cuanto integra y plenifica la dimensión psicosomática de la persona humana.

El amor conyugal es un amor total. Un amor parcelado nunca puede reflejar la grandeza del ideal conyugal. El amor que une a los esposos se caracteriza por el deseo y el compromiso de compartir la existencia. De hecho, constituye una forma peculiar de amistad personal y de entrega sin reservas entre los cónyuges.

El amor de los esposos es un amor exclusivo, aunque ciertamente incluyente. Cada uno de los cónyuges puede haber conocido diversas experiencia de amistad a lo largo de su vida. Pero la entrega esponsal implica una forma de exclusividad que integra y supera todas las otras experiencias relacionales.

La unión matrimonial comporta la vivencia de un amor fecundo, al menos en la intención original. El amor conyugal no se agota en la comunión entre los esposos, sino que está llamado a prolongarse en la nueva vida de los hijos (nn. 8.9).

Finalmente, el amor de los esposos es un amor fiel hasta la muerte. Es ya un tópico afirmar que vivimos en el imperio de lo efímero[5]. O en un tiempo marcado por el consumo y el descarte. Pero el amor verdadero ha de incluir la definitividad. Entregar el amor es entregarse, ofreciendo a la persona amada lo mejor que tenemos: el tiempo. El tiempo que es la vida.

Pues bien, esta era la reflexión que Pablo VI deseaba ofrecer no solo a los esposos católicos sino a todos los que entonces y ahora se preguntaban y se preguntan por las características fundamentales del amor esponsal.

3. LA VIDA: DON Y RESPONSABILIDAD

Ahora bien, el amor conyugal incluye el don, la esperanza y la responsabilidad de la fecundidad. Ante los temores a la explosión demográfica y al excesivo control de las autoridades políticas y económicas, ya el Papa Juan XXIII había levantado una voz profética sobre la planificación familiar y el control de lo nacimientos

En este nuevo contexto, el Concilio Vaticano II había de abordar la responsabilidad de las personasre ante la vida familiar. De hecho , se refiere a las actitudes profundas que dificultan la apertura a la vida:

“… El amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación. Por otra parte, la actual situación económica, socio-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la familia. En determinadas regiones del universo, finalmente, se observan con preocupación los problemas nacidos del incremento demográfico. Todo lo cual suscita angustia en las conciencias…” (GS 47).

A continuacion, la constitución pastoral Gaudium et spes recoge la doctrina tradicional sobre la ordenación del amor y de la vida conyugal a la procreación “y educación” de la prole: “Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como su propia corona “(GS 48)[6].

Además, afirma que el acto conyugal “significa y favorece” el don recíproco de los esposos. Como se puede observar, esos términos clásicos sugieren una especie de sacramentalidad antropológico-cristiana aplicable al mismo acto conyugal (GS 49).

Tras definir el matrimonio como “comunidad de vida conyugal y de amor procreador” lo considera como ordenado tanto a la procreación cuanto a la educación integral de los hijos (GS 50).

Por supuesto, valora la facultad procreadora humana por encima de la propiedad reproductiva animal: “La índole sexual del hombre y la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de vida.” (GS 51)[7].

Por lo que se refiere a la dimensión moral del problema, el texto apunta a un posible “conflicto de valores” en la vida matrimonial, entre el valor de la fecundidad y el de la intimidad. Entre las soluciones inmorales, condena el aborto y el infanticidio.

Pero superando la actitud negativa, el Concilio apela a la “responsabilidad de los esposos”. Ésta ha de basarse tanto en la sincera intención y apreciación de los motivos cuanto en “criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero”.

4. TRANSMISIÓN DE LA VIDA

Como se ve, el problema quedaba planteado adecuadamente, pero la respuesta no pudo ser lo suficientemente explícita. Pablo VI decidio retirar el tema de la discusión pública en el aula conciliar con el deseo de que en el debate se dejaran oír otras voces, especialmente las de la comision especial para el estudio de esta cuestión[8].

Recogiendo los estudios de la comisión creada al efecto, Pablo VI publicaría el 25 de julio de 1968 su encíclica Humanae vitae.

 El Papa comienza recordando que “el gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias.

Si este deber ha planteado siempre serios problemas en la conciencia de los cónyuges, los cambios acaecidos en la sociedad han desencadenado nuevas cuestiones que la Iglesia no podía ignorar por referirse y la vida y la felicidad de los hombres (HV 1).

Entre esos cambios, menciona el Papa el rápido desarrollo demográfico, que genera el temor de que la población aumente más rápidamente que las reservas de que dispone. Este temor, especialmente sensibles en las sociedades en vías de desarrollo, incita a los gobiernos a adoptar algunas medidas radicales.

Además, las condiciones de trabajo y de vivienda, el aumento de los gastos en la crianza y en la educación dificultan el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos.

Por otra parte, es evidente el cambio en la comprensión del papel de la mujer en la sociedad , en la valoración del amor conyugal y en el aprecio de los actos conyugales en relación con este amor.

Finalmente, el hombre puede gestionar mejor el dominio racional de las fuerzas de la naturaleza con relación al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y aun a las leyes que regulan la transmisión de la vida (HV 2).

En consecuencia, en aquel momento se planteaban nuevas preguntas que podrían resumirse de esta manera:

  • ¿No sería oportuno “revisar las normas éticas hasta ahora vigentes, sobre todo si se considera que las mismas no pueden observarse sin sacrificios, algunas veces heroicos?”
  • Aplicando el “principio de totalidad”, ¿no se podría admitir que la intención de una fecundidad menos exuberante, pero más racional, transformase la intervención materialmente esterilizadora en un control lícito y prudente de los nacimientos?
  • O dicho de otra forma, ¿no se podría admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto de la vida conyugal más bien que a cada uno de los actos?
  • Dado el creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, ¿no habrá llegado el momento de someter la tarea de regular la natalidad más a su razón y a su voluntad que a los ritmos biológicos de su organismo?

 

  1. LA PATERNIDAD RESPONSABLE

Pues bien, tras exponer las características peculiares del amor conyugal, el Papa considera necesario exponer que significa y qué exige la apelación a la paternidad responsable, teniendo en cuenta las diversas referencias que implica.

  • En relación con los procesos biológicos de la procreación, paternidad responsable significa conocer y respetar sus funciones puesto que las leyes biológicas que permiten al ser humano dar la vida forman parte de la persona humana y pueden ser descubiertas por la inteligencia.
  • En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones humanas, la paternidad responsable comporta el dominio necesario de la razón y de la voluntad sobre esas tendencias, para que puedan ser realmente humanas.
  • En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales de los cónyuges, la paternidad responsable implica la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa o bien la decisión de evitar un nuevo nacimiento, siempre que sea tomada con responsabilidad y respeto a las normas morales.
  • En relación el orden moral objetivo, establecido por Dios, la paternidad responsable comporta aceptarlo teniendo en cuenta el juicio de la recta conciencia. Los cónyuges han de reconocer sus deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores.

Es importante recordar la conclusión que adjunta el papa Pablo VI a estos cuatro aspectos de la paternidad responsable:

“Así pues, el concepto de “paternidad responsable” no puede entenderse como si en la misión de transmitir la vida, los esposos quedaran libres para proceder arbitrariamente. Las personas no pueden determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia” (HV 10).

  1. UNIÓN CONYUGAL Y PROCREACIÓN

Después de haber esbozado en rápidas pinceladas las características del amor humano, y de abordar el tema central de la paternidad responsable, el Papa añadió una precisión importante sobre los dos aspectos esenciales de la intimidad conyugal. He aquí uno de los puntos fundamentales, antes de pasar a precisiones más casuísticas sobre los medios de control de la natalidad:

“El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad…” (n. 12 ).

Redactado en términos cronológicos, sobre el antes, el durante y el después de la relación sexual, el texto más debatido parece excluir todo tipo de medios artificiales para el control de nacimientos. (n. 14) Es interesante tener en cuenta que en él se cita un texto del discurso de Pío XII a las comadronas, que en realidad se refería a la esterilización.

Por otra parte, ese mismo n. 14 daría pie a dos preguntas incesantes. Por una parte, se califica la limitación de nacimientos como “intrínsecamente deshonesta”, mientras que en el n. 15 se permite por razones terapéuticas. ¿Qué significa la expresión “intrínsecamente malo”, referida a la anticoncepción? Tal calificación, en efecto, permitía el recurso a algunos medios de anticoncepción, ya fueran los naturales, ya fueran algunos medios artificiales considerados como terapéuticos. Así que la segunda pregunta cuestiona hasta dónde llega y dónde termina la intervención terapéutica.

  1. LA CONFESIÓN PERSONAL DEL PAPA

El miércoles 31 de julio de 1968, el Papa dedicaba su habitual catequesis de los miércoles a exponer las premisas, los motivos y la finalidad de su encíclica Humanae vitae, sobre la regulación de la natalidad.

Afirmaba Pablo VI que su contenido esencial no era solamente “la declaración de una ley moral negativa, es decir, la exclusión de toda acción que se proponga hacer imposible la procreación (n. 14), sino sobre todo la presentación positiva de la moralidad conyugal en orden a su misión de amor y de fecundidad en la visión integral del hombre y de su   vocación, non solo natural y terrena, sino también sobrenatural y eterna” (n. 7).

El Papa se refería a estudios recientes[9], pero inmediatamente confesaba los sentimientos y sufrimientos que habían pesado sobre él durante los cuatro años que había durado la elaboración de la encíclica. Exponía los informes y las voces que habían llegado hasta él y el temor que sentía ante el dilema de condescender con las opiniones corrientes en el momento o bien pronunciar una sentencia demasiado pesada para la vida conyugal.

Además afirmaba el Papa que había puesto su conciencia a la escucha de la voz de la verdad, tratando de interpretar la norma divina que brota de la intrínseca exigencia del auténtico amor humano, de la estructura del matrimonio, de la dignidad personal de los esposos, de su misión al servicio de la vida y de la santidad del compromiso cristiano.

Es muy importante ver que el Papa había querido seguir la concepción personalista propia de la doctrina conciliar, sobre la unión conyugal, dando así al amor, que la genera y la alimenta, el puesto preeminente que le corresponde en la valoración subjetiva del matrimonio.

Una vez más se refería el Papa al amor, al afirmar que escribía la encíclica con la esperanza de que los esposos cristianos comprendieran que su palabra quería ser intérprete de la autenticidad del amor conyugal, llamado a transfigurarse a imitación del amor de Cristo hacia su mística esposa, la Iglesia.

Diez años más tarde, y unas pocas semanas antes de su muerte, el papa Pablo VI se refería de nuevo a la encíclica para subrayar el sentido verdadero de aquel documento tan discutido:

“La encíclica Humanae Vitae está inspirada en la intocable doctrina bíblica y evangélica que convalida las normas de la ley natural y los dictados insuprimibles de la conciencia sobre el respeto de la vida, cuya transmisión ha sido confiada a la paternidad y a la maternidad responsables. Aquel documento resulta hoy de nueva y más urgente actualidad por las heridas que las legislaciones públicas han causado a la santidad indisoluble del vínculo matrimonial y a la intangibilidad de la vida humana desde el seno materno. […] Ante los peligros que hemos delineado y frente a dolorosas defecciones de carácter eclesial o social, nos sentimos impulsados, al igual que Pedro, a acudir a El como a una única salvación y a gritar: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68)”[10].

  1. A CINCUENTA AÑOS DE DISTANCIA

Como se sabe, diversas conferencias episcopales trataron en su momento de explicar estos puntos a los fieles, subrayando siempre la necesidad de procurar formar una conciencia recta y verdadera[11].

Algún teólogo cercano confesaba su aceptacion religiosa y leal de la enciclica, sin ocultar las graves e insolubles dificultades con que tropezaba en ese intento[12].

Pasados los años son muchos los que entienden que la encíclica no puede reducirse a una prohibición de los medios “artificiales” de regulacion de la natalidad[13]. Con relación a los conflictos de conciencia que han surgido a propósito de este tema, es oportuno recordar un dato que ha pasado casi inadvertido. Un artículo publicado en L’0sservatore Romano y referido a esta encíclica, afirmaba que “cuando se trata de juzgar el comportamiento moral subjetivo en su imprescindible referencia a la norma que prohibe el desorden intrínseco de la anticoncepción, es del todo legítimo tomar en consideración los diversos factores y aspectos del obrar concreto de la persona; no solo sus intenciones y motivacines, sino tambien las diversas circunstancias de la vida que pueden afectar el conocimiento y la libre voluntad”[14].

Por otra parte, seria interesante analizar las siete referencias a la enciclica Humanae vitae que incluye el papa san Juan Pablo II en su exhortacion apostólica Familiaris consortio. En ellas subraya especialmente la dignidad personal de los esposos, su responsabiidad humana y las virtudes que acompañan a los que han sido llamado por Dios “al” matrimonio y “en el” matrimonio.

Por su parte, en el mensaje dirigido al congreso internacional sobre la Humanae vitae, el papa Benedicto XVI se refería directamente al n. 17 de la encíclica y escribía:

“La posibilidad de procrear una nueva vida humana está incluida en la donación integral de los cónyuges. En efecto, si toda forma de amor tiende a difundir la plenitud de la que vive, el amor conyugal tiene un modo propio de comunicarse:  engendrar hijos. Así, no sólo se asemeja, sino que también participa en el amor de Dios, que quiere comunicarse llamando a la vida a las personas humanas. Excluir esta dimensión comunicativa mediante una acción que tienda a impedir la procreación significa negar la verdad íntima del amor esponsal, con el que se comunica el don divino”[15]

También en su encíclica Caritas in veritate, el mismo papa Benedicto XVI se refería a aquella encíclica de Pablo VI: “La encíclica Humanae vitae subraya el sentido unitivo y procreador a la vez de la sexualidad, poniendo así como fundamento de la sociedad la pareja de los esposos, hombre y mujer, que se acogen recíprocamente en la distinción y en la complementariedad; una pareja, pues, abierta a la vida”[16].

Finalmente, en su exhortación apostólica Amoris laetitia, el papa Francisco ha introducido una referencia explícita a la encíclica Humanae vitae, en la que el beato Pablo VI, siguiendo las huellas del Concilio Vaticano II, profundizó la doctrina sobre el matrimonio y la familia y puso de relieve el vínculo íntimo entre amor conyugal y procreación (AL 68).

A los cincuenta años de la publicación, este puede ser un momento para reflexionar hasta qué punto la doctrina sobre el amor y sobre la vida humana, expuesta por Pablo VI en la encíclica Humanae vitae ha anticipado estas observaciones sobre la intimidad conyugal.

Personalmente en el seno del Instituto Pablo VI, de Brescia, he insistido en varias ocasiones en la necesidad de dedicar un mayor esfuerzo para promover el estudio de las circunstancias que llevaron a la publicación de la encíclica. Es de desear que lo antes posible se liberen los archivos que pueden contribuir a esclarecer algunas de las graves dificultades encontradas tanto en su redacción como en su recepción.

José-Román Flecha Andrés
flecha@upsa.es

[1] Las referencias a las obras de G. Marcel, pueden encontrarse en S. PLOURDE, Vocabulaire Philosophique de Gabriel Marcel, Montreal-Paris 1985, 46-56.

[2] A. GREELEY, A Future to Hope in, Garden City, NY 1969, 24-54; cf. J. R. FLECHA, El camino del amor, Madrid 2017, 45-48.

[3] Véase el rico estudio de F. GIL HELLÍN, El matrimonio y la vida conyugal, Valencia 1995, 129-162.

[4] Cf. G. MARTELET, Amor conyugal y renovación conciliar, Bilbao 1968; ID., La existencia humana y el amor. Para comprender mejor la encíclica “Humanae Vitae”, Bilbao 1970.

[5] Cf. G. LIPOVETSKY, El imperio de lo efímero, Barcelona 1993.

[6]“El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole” (GS 50: ver todo el número 50 a la luz de lo dicho sobre el amor en el n. 49).

[7] F. GIL HELLÍN, Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes Synopsis Historica. De dignitate Matrimonii et Familiae fovenda, Valencia 1982.

[8] Cf. F. KNITTEL, “La préparation de l’encyclique Humanae vitae: la commission pontificale pour l’étude de la population de la famille et de la natalité (1963-1966), en Revue de Droit Canonique 66 (2016) 83-98).

[9] De hecho, el Papa mencionaba la obra citada de G. MARTELET, Amor conyugal y renovación conciliar, Bilbao 1968.

[10] PABLO VI, Homilía, 29 de junio de 1978.

[11] Cf. La obra de E. PASCUAL VIDAL (ed.), Repercusión mundial de la “Humanae vitae”, San Cugat del Vallés 1969.

[12] O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, “El teólogo ante la Humanae vitae”, en Meditación teológica desde España, Ed. Sígueme, Salamanca 1972, 333.

[13] Cf. D. MIETH, “Cuarenta años de la Humanae vitae. Una ocasión para reflexiones que superen la controversia acerca de la regulación de la natalidad”, en Concilium n. 324 (2008) 145-151.

[14] “La norma morale di Humanae vitae e il compito pastorale”, en L’Osservatore Romano (16.2.1989) 1.

[15] BENEDICTO XVI, Mensaje a un congreso internacional con ocasión 
del 40° aniversario de la “Humanae vitae” (2.10.2008).

[16] BENEDICTO XVI, Encíclica Caritas in veritate, 15.

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

1 comentario

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  • Me agradó mucho este estudio. Considero pertinente referir el extraordinario aporte de San Juan Pablo II con sus catequesis que suelen designarse “Teología del cuerpo” y la sexualidad. Y que por su esquema general estuvieron finamente orientadas a ser un soporte no sólo antropológico sino bíblico y hasta pastoral a la Humanæ Vitæ. Además resulta conmovedor que por temor a enfrentar y debatir frente a las mentalidades mundanas y hedonistas, la pastoral de la Iglesia en muchas partes ha callado y escondido este tesoro del magisterio pontificio.

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