Carta del Obispo Iglesia en España

El amor: volver empezar, por el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes para el 27 domingo (7-10-2012)

Mons. Jesús Sanz Montes

Vino la trampa. Una especie de trama de enorme actualidad y que se nos presenta hoy como un auténtico reclamo provocativo. Este domingo nos presenta una incomodísima página evangélica en la que Jesús se distancia de una verdad que dependa de la manipulable opinión colectiva.

La nuestra es una época montada en el caballo del relativismo subjetivo: las cosas ya no “son”, sino que “a mi me parecen que son”. La verdad reside en lo que la mayoría piensa, en lo que la mayoría decide, en lo que la mayoría rechaza. De modo que la nueva sabiduría se llama “estadística” y su seno partoriente son las “urnas”. Las consecuencias educativas, sociales, políticas y familiares de estos principios son impresionantes.

¿Cuál era la usanza extendidísima entre los judíos respecto del matrimonio? Que tal unión podía ser disuelta, casi siempre en beneficio del varón y, a veces, por razones tan extremadamente pintorescas como el habérsele quemado el cocido a la mujer. El hecho es que unos fariseos se acercan a Jesús, y para ponerlo a prueba le preguntaron: ¿es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?

Como en otras ocasiones a los fariseos no les interesaba mayormente la institución del matrimonio, o los derechos de la mujer, acaso ni siquiera los del hombre en este caso, sino ver cómo respondía Jesús a una pregunta tan hábilmente capciosa. Si respondía que no era lícito, se oponía a importantes escuelas rabínicas, y a una mayoritaria práctica por parte de tantos judíos (empezando por el mismo Herodes que vivía adúlteramente con la mujer de su hermano, cuya denuncia costó la vida al Bautista). Si respondía que era lícito, podían reprocharle que iba contra el Génesis como proyecto originario de Dios.

La respuesta de Jesús fue clara: la verdad es la verdad, independientemente de lo que digan los sondeos de opinión, la praxis mayoritaria o cualquier muestreo estadístico. Lo propuesto por Jesús al respecto no se trata de una piedra al cuello, sino de estar siempre comenzando, es decir, estar siempre alimentando la llama que un día hizo nacer el amor entre dos personas. Ni el amor ni el odio pueden improvisarse: la indiferencia es fruto de una dejadez, de haber apagado lentamente el fuego del amor. El día de la boda es el día en que un hombre y una mujer comienzan a casarse, repitiéndose cada día, en cada circunstancia aquél “sí” que fue solamente el punto de partida. Por lo complejo que tantas veces es ser fiel, perdonarse, acogerse, volver a empezar, Dios no asiste a la boda como espectador, sino como contrayente (¡es un sacramento!): el matrimonio cristiano es cosa de tres, el hombre, la mujer y Dios. Lo que es imposible tantas veces para la pareja humana, Dios –que también forma parte de ese matrimonio– lo hace posible. Algo que en nuestra sociedad no figura entre las posibilidades de perdón y reconciliación ante las dificultades que siempre entraña una convivencia intensa.

 

? Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

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