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El amor verdadero (A la luz del Papa Francisco)

El amor verdadero (A la luz del Papa Francisco)

El papa Francisco nos ayuda a profundizar en la afectividad realizada en el amor de Cristo, nos presenta, desde las claves que da san Pablo en su himno a la caridad en la carta a los Corintios, las pistas para discernir y aspirar al mejor corazón, al mejor carisma y a la mayor felicidad, al amor más auténtico. No es una obligación, se trata de una sensibilidad integrada e incrustada en nuestras entrañas, de un modo de ser y de sentir con respecto a nosotros mismos, los demás y Dios. Lo tomamos de su comentario al texto paulino en la exhortación “Amoris laetitia” (La alegría del amor). Servimos esta síntesis:

I.- El amor es paciente, su paciencia se afianza en el reconocimiento de que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. Que tu amor sea ejercicio de una profunda compasión que te lleve a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a como a ti te gustaría.

II.- El amor es servicial, se expresa más en las obras que en las palabras, se hace fecundo cuando nos entregamos y nos donamos sin medidas, sin reclamar nada a cambio, cuando lo hacemos por el solo gusto de dar y de servir.

III.- El amor no tiene envidia sino que procura descubrir su propio camino para ser feliz, dejando que los demás encuentren el suyo. Lo que sí hace es rechazar la injusticia y buscar a los que sufren para ser causa de su alegría, con deseos de verdadera equidad.

IV.- El amor es humilde y sabe que para poder comprender, disculpar o servir a los demás de corazón es indispensable sanar el orgullo y cultivar los sentimientos de humildad.

V.- El amor camina por la senda de la amabilidad, genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme. Para ello ejercita la capacidad de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan.

VI.- El amor se hace excelente cuando se desprende de sí mismo y es capaz de ir más allá de la justicia, se desborda en gratuidad total sin esperar nada a cambio, hasta llegar al amor más grande que es dar la vida por los demás.

VII.- El amor no se deja vencer por el mal, reacciona ante la molestia con la bendición del corazón, deseando el bien del otro, orando por su liberación y sanación del espíritu del mal, deseando su bendición.

VIII.- El amor no permite que los malos sentimientos penetren en sus entrañas, no deja que el rencor se adueñe de sus sentimientos, al contrario intenta comprender la debilidad ajena y trata de excusar a las personas como hacía Jesús.

IX.- El amor huye de la venganza que se alegra de la injusticia ajena, sino que se alegra con el bien del otro, cuando se le reconoce la dignidad, cuando se valoran sus capacidades y sus buenas obras. Le hace feliz la felicidad del otro porque no se cierra en si mismo ni en sus propias necesidades.

X.- El amor no se deja vencer por las amenazas, se impone contra toda dificultad o juicio, no exige que el amor del otro sea perfecto para valorarlo. Acepta que el otro ama como es y como puede, con su límites, que su amor es real aunque sea limitado y terreno. Por eso convive con la imperfección, la disculpa y saber guardar silencio ante lo limitado del amado.

XI.- El amor confía, deja en libertad, no domina ni posee. Favorece con su libertad la sinceridad y la trasparencia del otro al donar confianza, le ayuda a mostrarse realmente como es.

XII.- El amor sabe de esperas y de esperanzas, sabe que el otro puede cambiar, que en su interior está el bien, y sobre todo sabe que en el corazón del Padre está llamado a la plenitud del Cielo, por eso le puede mirar con esperanza, en plenitud aunque ahora no sea visible su amor.

XIII.- La persona que ama es fuerte, capaz de romper la cadena del odio y del mal, lo soporta todo y no se deja dominar por el rencor, el desprecio hacia los otros, o de lastimar o cobrarse de algo. El amor lo es a pesar de todo, es más fuerte que la muerte.

Conclusión: “Y si no tengo amor, no soy nada…”

José Moreno Losada. Sacerdote de la archidiócesis de Mérida-Badajoz

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