Iglesia en España

El altar es Cristo: homilía en la eucaristía de consagración del altar de la catedral de Segovia de inauguración de las obras del presbiterio de la capilla mayor

El altar es Cristo: homilía en la eucaristía de consagración del altar de la catedral de Segovia de inauguración de las obras del presbiterio de la capilla mayor

Segovia, 16 de Julio de 2017

La Providencia de Dios ha querido que la consagración del nuevo altar de la catedral coincida con el día de la dedicación del templo en honor de la Asunción de la Virgen y de san Frutos, que tuvo lugar el 16 de Julio de 1768. Hoy se cumplen, por tanto, 249 años de su dedicación. Damos gracias a Dios por esta feliz providencia y nos alegramos por haber cumplido un deseo de mis predecesores en la sede de Segovia, que ya habían considerado la necesidad de dignificar el presbiterio superando el tiempo de los cambios provisionales ocasionados por la reforma conciliar.

Reformar el presbiterio y amueblarlo con sus elementos esenciales para la liturgia no es un asunto de mera estética. Tiene su razón de ser en la necesidad de hacer más comprensible y solemne la liturgia e invitar a participar en el misterio pascual de Cristo, muerto y resucitado por nosotros. No olvidemos que «toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (SC 7).

Bien considerado, el templo recuerda a cada cristiano que somos templo de Dios, morada del Espíritu. La dignidad y belleza del templo hablan de nuestra condición de piedras vivas de la Iglesia, edificada sobre Cristo. Así nos lo ha recordado san Pablo: somos «edificio de Dios», cuyo único cimiento válido es Jesucristo. «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?… El templo de Dios es santo y ese templo sois vosotros» (1Cor 3,16-17). Esta es nuestra dignidad recibida en el bautismo, cuando fuimos ungidos como miembros de Cristo.

La renovación del presbiterio ha puesto de relieve la importancia del altar, que será consagrado dentro de unos momentos. Su centralidad en el espacio sagrado, la contundencia de la piedra que constituye su mesa y su carácter fijo e inamovible nos recuerda los aspectos de la redención de Cristo, que hacemos patente en la liturgia: Cristo es el centro de toda la acción litúrgica. Todo procede de él y todo converge en él. El es la piedra angular de la Iglesia, el lugar donde se realiza el misterio, la promesa de que quienes nos sentamos a su mesa viviremos para siempre por la fuerza salvadora de su cuerpo y de su sangre. El crisma con que ungiremos la mesa del altar evoca la unción que su naturaleza humana recibió en el bautismo para poder, en cuanto hombre, realizar la salvación de la humanidad. El altar es Cristo: el lugar donde se hace patente la acción salvadora de Dios, porque la liturgia es acción de Dios, iniciativa suya, milagro de sus manos. El Espíritu Santo garantiza mediante la unción del altar que cuanto en él se realiza tiene la fecundidad que simbolizan los ritos sagrados.

Participar del altar de Cristo requiere vivir con alma limpia los misterios de la fe. Acercarse al altar exige excluir el pecado de nuestra vida. Su blancura evoca la vestidura blanca del bautismo y la de quienes se han purificado en la sangre del cordero, como dice el Apocalipsis. Blancos eran los vestidos de Cristo en el Tabor y blancos también los del anciano de la visión del profeta Daniel que anuncia al Hijo del Hombre en su venida gloriosa. Comulgar del altar de Cristo exige llevar la vestidura blanca del bautismo para que un día podamos sentarnos en la mesa eterna del Reino de los cielos.

Cuando subimos al altar de Cristo nos comprometemos a vivir como adoradores de Dios en espíritu y verdad. La belleza de la liturgia está unida a la verdad y a la bondad de la fe revelada. Cuando Jesús dice a la samaritana que Dios sólo puede ser adorado en espíritu y en verdad, quiere decir que de nada sirven los ritos externos si no van acompañados de la liturgia del corazón. Por eso Cristo nos invita a la pureza interior para poder participar de su mesa. Nos pide reconciliación con el hermano antes de presentar la ofrenda en el altar y, en la parábola de los invitados a la boda, nos exhorta a ir vestidos con la vestidura digna del banquete en el que participamos.

Para adorar a Dios en espíritu y en verdad necesitamos escuchar y acoger su palabra que se proclamará solemnemente desde este ambón, que sostiene el libro de la verdad y de la vida, la Palabra misma de Dios capaz de convertirnos y purificarnos de nuestras actitudes de hombres viejos. Aquí se leerán las profecías y los escritos apostólicos, se cantarán los salmos y escucharemos la palabra del Evangelio que trasmite la vida eterna. El Concilio Vaticano II y el Magisterio posterior ha puesto de relieve la importancia de la Palabra de Dios en la vida del cristiano: es luz, consuelo, fortaleza, sabiduría. Es el pan cotidiano que alimenta nuestra esperanza de la salvación. Lo que escuchamos aquí debemos convertirlo en comportamiento moral, en virtudes que nos ayuden en la vida personal, familiar y social. Escuchamos una palabra que debe hacerse vida y testimonio para atraer a otros a la fe.

La catedral lleva este nombre porque en ella está la cátedra o sede del obispo que enseña con la autoridad de Cristo como sucesor de los apóstoles. La Iglesia edificada sobre la piedra angular que es Cristo, tiene como fundamento la fe apostólica que se transmite de generación en generación gracias a la sucesión apostólica, que se visibiliza litúrgicamente en la cátedra de la que toma posesión el obispo cuando inicia su ministerio. Es el símbolo de la autoridad entendida al servicio de la verdad y de la comunión eclesial de todos los bautizados. El mandato de Cristo a los apóstoles, antes de marcharse al Padre, fue explícito: enseñar a guardar todo lo que él ha enseñado. El Espíritu Santo, en Pentecostés, bautiza con fuego al colegio apostólico para cumplir la promesa de Cristo: ser sus testigos hasta los confines de la tierra. La sucesión apostólica garantiza nuestra unidad en la fe y en la caridad. Nos permite creer con la certeza de que el Espíritu Santos nos asiste por medio de los testigos cualificados del Señor y nos hace crecer en la comunión de quienes formamos la Iglesia de Cristo que peregrina en Segovia.

Os invito, hermanos, a dar gracias a Dios por haber construido este altar para su gloria y nuestro provecho. Agradecemos también a quienes han llevado adelante el proyecto, al Cabildo de la Catedral, a la junta técnica del Patrimonio, que ha apoyado la iniciativa, al arquitecto Don Antonio Mas-Guindal, a la empresa constructora Barrionuevo, y a cuantos han colaborado de una u otra forma para que en este día de acción de gracias podamos hacer posible lo que Dios nos dice a través del profeta Isaías: «Los traeré a mi monte santo; los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios serán aceptables sobre mi altar; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos» (Is 56, 7). Que la Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo, nos proteja de todo mal con su santo escapulario y nos conduzca hasta el altar del cielo. Amén

+ César Franco
Obispo de Segovia

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