Diario de un pastor

El adiós dolorido

La pandemia del coronavirus deja cada día miles de muertos, contagiados, enfermos y un mar de dolores en todos los sentidos. Uno de estos dramas que estamos viviendo es cómo fallecen nuestros seres queridos en la más absoluta soledad, con el añadido de no poder darle un entierro como se requiere entre los seres humanos. No hay un adiós más dolorido que no poder despedir de este mundo a la persona que has amado.

A toda la tragedia que estamos viendo, hay que añadir los heridos en el corazón y en los sentimientos por cómo han padecido el final de los suyos. La sanación de estos ciudadanos, víctimas también del COVID-19, pasa primeramente por un homenaje y reconocimiento social a todos los niveles de aquellos que han fallecidos, ya que no son meras cifras, sino personas que dieron lo mejor de sí por este país. Porque los signos son importantes en la existencia humana y sería una forma de reparar la doble soledad en la que han muerto. Esa llaga en el alma no se cicatriza con el ocultamiento de lo que es palpable, ni con justificaciones legales del momento. Porque a la hora de legislar y actuar en situaciones límites como la que estamos, hay que saber integrar, facilitar y respetar los sentimientos humanos y religiosos hacia los difuntos y familiares.

El segundo paso para curar el alma de las personas golpeadas por esta dura experiencia es el duelo. Periodo vital que debe ser asumido con serenidad y donde pueden acumularse sentimientos encontrados. No es bueno decir: “Hay que olvidarlo, ya pasó todo”, porque es falso. Estos sucesos tardan mucho en olvidarse, hay todo un tiempo para recolocar emocionalmente al fallecido en la historia personal de cada uno. Por tanto: las lágrimas son necesarias por el que se fue, también hablar de él y que nos hablen de lo que hizo o dejó de hacer, recordar los momentos vividos con aquel que se nos ha ido, es importante guardar algún detalle significativo de la persona querida y perpetuar su memoria. Todo esto forma parte del duelo auténtico y sincero.

La clave con que se vive ese “pasadizo” del duelo es muy diferente para los cristianos que para aquellos que todo termina en las esperanzas intramundanas. La fe en Cristo Muerto y Resucitado no es ninguna ensoñación o algo por el estilo, sino que es fuerza que nos sostiene y luz que ilumina esos momentos oscuros. Percibimos que Dios no me ha arrebatado a mi ser querido, que su cuerpo corruptible lo ha revestido de incorruptibilidad y que ha sido llamado a la plenitud de la felicidad que es la vida eterna Esa experiencia produce un consuelo y paz interior inenarrable.

Pero no todo termina ahí, además creemos que “el amor es más fuerte que la muerte” y eso nos lleva a la confianza de que la comunicación no se rompe con aquellos que nos han dejado, sino que mediante la oración por ellos perdura en el tiempo la memoria de nuestros difuntos. Por eso mismo, qué bien resuena entre nosotros los españoles en este tiempo de calamidades, el himno del acto a los caídos en nuestras Fuerzas Armadas:

Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que, aunque morimos no somos,
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.

Cuando la pena nos alcanza
por un hermano perdido,
cuando el adiós dolorido
busca en la Fe su esperanza.

En Tu palabra confiamos
 con la certeza que Tú
ya le has devuelto a la vida
ya le has llevado a la luz.

(C. Gabaráin)

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

 

 

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